Historias de Liga
Juan José Carreras: “En River viví lo más lindo de mi infancia”
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River le dio minutos, le dio amigos y le dio un campeonato eterno. Dos décadas después, Juanchi Carreras revive el torneo que sigue vibrando como si fuera hoy.
Por Leonela Zapata
Hay recuerdos que se quedan para siempre en el cuerpo. En las piernas, en el olor a pasto seco de enero, en un grito de gol que todavía suena aunque nadie lo pronuncie. Para Juanchi Carreras, el Nacional 2006 es ese fragmento del tiempo que no se mueve, por más que la ciudad cambie, los clubes construyan canchas nuevas y los amigos se anden perdiendo por las esquinas de la vida adulta.
Lo curioso es que Juanchi no nació futbolísticamente en C.D. River. Empezó en Los Andes, a los cuatro años, más por arrastre familiar que por vocación propia. Su hermano jugaba ahí y él cayó con las medias caídas y la pelota que era más grande que su pierna. “Arranqué porque ellos estaban ahí. Mis viejos me llevaban todos los días y yo jugaba con los más chiquitos”, recuerda. Pasó dos años compitiendo por los puntos, todavía cuando Los Andes jugaba en la vieja cancha, con el alambre flojo, la tierra volando en cada barrida y el murmullo de barrio que hacía sonar las tardes.
Pero había un problema: no jugaba mucho. Así de simple, así de duro. Y cuando uno es chico, el fútbol no admite grises. O jugás, o te vas a buscar otro lugar. “No me acuerdo bien porqué me fui, pero era porque no jugaba demasiado. Entonces surgió River. Alguien habló con el “Bocha” Gramajo, que era el técnico, y me aceptaron”, dice. Se encontró con un plantel que ya venía armado y aceitado, con una base consolidada y resultados en la mochila. “Yo llegué muy por detrás del nivel que tenían ellos. Pero el Bocha me enseñó todo. Aprendí lo que era entrenar, competir, mejorar. Me ayudó muchísimo”.
Ese vínculo con el técnico atraviesa toda su historia, como un padre futbolero que aparece en el momento justo. “Todo lo que aprendí de fútbol lo aprendí ahí. Pero además, lo pasábamos bien. Era lindo ir a entrenar, y eso después se notaba en los partidos”.
River ya era fuerte por entonces. Habían salido campeones del Clausura antes de la llegada de Juanchi, repitieron en el Apertura siguiente, y después vinieron tres finales perdidas contra Cabrera, como una espina clavada. A la par, Estrella también empujaba fuerte. “Entre ellos y Cabrera estaban los rivales más duros. Y nos tocaba perder siempre las finales. Teníamos esa bronca adentro, ese ‘ya nos toca a nosotros’”, recuerda.
Cuando llegó el Nacional 2006, ya cargaban con peso en la espalda: eran candidatos sin haber levantado el trofeo grande. La sede inicial fue en la propia cancha, el río humano de padres entrando por la puerta chica, la cantina abierta hasta tarde y los chicos corriendo detrás de la pelota con hambre de revancha. “Pasamos de ronda ahí. Ganamos y perdimos un partido, pero alcanzó. En la segunda ronda también jugamos de local. Y otra vez Cabrera. Ellos nos habían ganado todas las finales ese año. Y sabíamos que si perdíamos quedábamos afuera”. Esta vez fue distinto. River les ganó y ese triunfo valió más que los puntos. Fue la sensación de que la historia podía cambiar.
A partir de ahí, el equipo caminó recto hacia el título: La Salud en octavos en la cancha de Sebastián, un partido apretado que cerraron 2-1; Estrella en cuartos, justo en la cancha de Estrella, el terreno más hostil posible; Litoral de Rosario en semis, que terminó en penales; y la final ante J.J. Urquiza, donde la pelota parecía encontrar su camino sola. “Empezamos ganando 1-0, y en el segundo tiempo entré yo. Hice dos goles, el segundo y el cuarto. Ganamos 4-1. Cuando metí el último ya estaba liquidado”.
Ese día, Juanchi se ganó un lugar en la historia de River y en su propia memoria. Jugaba de volante, aunque en uno de los últimos torneos internos había sido defensor. En el Nacional volvió al medio, donde más cómodo se sentía. Ese fue su momento, su noche perfecta.
Pero el fútbol, como tantas veces en el Baby, no tiene capítulo dos para todos. Después jugó en Crecer, pasó a Liga Juvenil, siguió con amigos en torneos locales y, de repente, la pelota dejó de exigirle tanto. A los 17 dejó la escuela, empezó a trabajar gracias a la mano de un tío y el fútbol pasó a ser recreo, respiro, excusa para juntarse. “No seguí profesionalmente. Había muy buenos jugadores en ese momento, muchos más que yo. Yo me dediqué al laburo”.
Las amistades se enfriaron suavemente, como pasa con todos los grupos que comparten infancia intensa y después la vida reparte direcciones. Mantienen contacto con algunos, sobre todo cuando se cruzan en la calle. Hubo un reencuentro a los diez años del título en la casa del Bocha. Este año se cumplen veinte, pero nadie tiene claro si habrá juntada.
Cuando pasa por el predio y mira donde estaba la cancha, no ve un vacío: ve fantasmas felices. “Para mí River es lo más lindo que viví de chico. Todo lo mejor me pasó acá. Entrenar, competir, aprender a compartir, a ser parte de un equipo. Eso no se olvida más”.
Sigue yendo a los Nacionales cada tanto, no tanto al Baby regular. Va a ver a River si coincide, o al hijo de algún amigo, o a cualquiera que juegue lindo. Se sienta en la tribuna sin camiseta, aunque en el fondo la roja y blanca nunca dejó de ser suya.
Al final de la entrevista baja del auto la camiseta que trajo especialmente, todavía con el escudo cosido como en 2006. La estira, la mira, sonríe. No hace falta que diga nada más.
Ese pedazo de tela con los colores intactos lo explica todo.
