Historias de Liga
Juan Cruz y La Milka: cuando el fútbol abre la puerta justa
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Tras intentos fallidos en otros clubes, halló en La Milka un espacio donde entrenar, aprender y disfrutar del juego sin condicionamientos. Hoy el arco es su lugar y el barrio, su respaldo.
Juan Cruz Espina tiene 12 años, convive con síndrome de Asperger dentro del espectro autista y encontró en los tres palos de La Milka un lugar donde sentirse pleno, seguro y feliz. No fue un camino directo ni sencillo. Pero es una historia que comenzó con una decisión propia y terminó abrazada por todo un barrio.
Juan empezó a jugar al fútbol en 2023 y cuando cuenta su historia lo hace con la naturalidad de quien siente que está donde debe estar. “Juego en La Milka, soy arquero, soy hincha de La Milka y de River”, dice sin dudar. Su mamá, Valeria Bruno, acompaña con orgullo cada palabra, cada gesto y, sobre todo, cada avance.
Antes de llegar al club quintero, hubo puertas que no se abrieron. Buscaron otros clubes: “Nos dijeron que no, que no había gente capacitada para él”, recuerda Valeria. “Juan tiene síndrome de Asperger, dentro del espectro autista. Pero nunca fue su condición la que complicó el acceso. Fue la falta de comprensión, de información y de predisposición de los adultos”, sostuvo Valeria. Aun así, la historia dio un giro inesperado cuando un día Juan volvió a su casa y dijo: “Mamá, me anoté en La Milka”. Su mamá lo tomó como una ocurrencia pasajera, pero cuando confirmó que la inscripción era real, corrió a comprar botines y a acompañar esa iniciativa que él había tomado solo, sin esconder quién era ni lo que necesitaba.
En el club empezó como defensor y no tardó en sentir que no era su lugar. “Yo quiero atajar”, repetía. Su mamá trató de advertirle que el arco conlleva presión, críticas y riesgos. Pero la convicción de Juan pudo más. Con el acompañamiento de los profes y la ayuda de Leo Corzo, un entrenador especializado, aprendió técnica, cómo tirarse, cómo caer sin lastimarse y, sobre todo, cómo confiar en sí mismo. “Antes dolía, ahora ya no”, dice él con una sonrisa tímida. Ese pequeño aprendizaje abrió un universo nuevo. Cada entrenamiento, aunque exigente, empezó a ser una oportunidad y no un obstáculo.
La confirmación de la participación de La Milka en el Nacional de Baby fue un huracán emocional para la familia. Los entrenamientos se volvieron diarios y Juan comenzó a tener miedo al dolor. Se golpeaba, sentía que no podía y dejó de entrenar durante una semana. Hubo consultas médicas, charlas con entrenadores, contención emocional y hasta estrategias caseras. “Le daba un mejoral como placebo para que fuera tranquilo. Menos mal que no hay doping”, dice Valeria entre risas, traduciendo en humor lo que también fue angustia real. Finalmente llegó el torneo. Juan jugó minutos importantes, tapó pelotas difíciles, se ganó la ovación de los suyos y vivió lo que para muchos es una simple competencia, pero para él fue un salto de vida. “Me pongo nervioso antes de entrar, pero cuando estoy en el arco ya se me pasa”, cuenta. Y agrega, con esa mezcla de inocencia y madurez que lo caracteriza: “Siento mucha confianza”.
La inclusión en La Milka no fue un discurso, fue un hecho. Pero también es parte de un rumbo institucional. Desde el año pasado, el club trabaja con un Departamento Social conformado por un equipo interdisciplinario y referentes barriales e institucionales. Una de sus principales líneas de acción es la inclusión, la igualdad y la diversidad, bajo un lema que ya se volvió identidad: “Cuando jugamos juntos, todos y todas siempre ganamos”. Allí, la presencia de Juan y de tantos otros chicos y chicas encuentra acompañamiento y puertas abiertas. Nadie lo recibió con cartelitos ni etiquetas: los profes lo trataron como un jugador más, los compañeros lo abrazaron sin preguntar y el club recién supo de su condición cuando fue necesario para ficharlo. “Ellos primero vieron a la persona”, dice Valeria, todavía con la emoción fresca. Eso convirtió al club no en un espacio deportivo sino en un hogar.
La familia vive hace 23 años en el barrio y lo siente así: gente humilde, solidaria, capaz de organizar ventas y rifas con tal de que ningún chico se quede afuera. “La Milka es casa, es familia, es comunidad”, resume su mamá.
El presente de Juan también se construye fuera de la cancha. Va al colegio San Martín y cursa sin maestra integradora. Desde los cuatro años trabajó con un equipo interdisciplinario —psicopedagoga, psicóloga, fonoaudióloga y la red de Cumehue—, y todo eso ayudó a que hoy esté parado en una cancha, rodeado de ruido, celebrando atajadas y siendo parte de un plantel. Valeria recuerda que años atrás su hijo no toleraba el bullicio, comía solo en la habitación, necesitaba rutinas estrictas. “Ahora lo veo ahí adentro y no lo puedo creer”, confiesa.
El proceso también impactó en lo familiar. Hubo diagnósticos, miedos, momentos de incertidumbre y otras tantas pequeñas batallas invisibles. Parte de la familia tardó más en comprender que no se trataba de una enfermedad, sino de una condición que requiere acompañamiento. Hoy todos empujan para el mismo lado.
Juan tiene una particular sensibilidad: detecta cambios en el tono de voz, interpreta miradas, distingue la burla de la broma, es sincero al extremo y justiciero por impulso. No miente, no disimula y no tolera las injusticias ajenas. Ese rasgo, que en otros ámbitos podría ponerlo en riesgo, en el grupo se volvió un puente. Sus compañeros lo abrazaron tal como es. Los padres también. Para la familia, el Nacional no sólo fue un torneo. Fue una fiesta de egreso. El cierre de una etapa, la demostración tangible de que nada de lo que se temió al inicio determinó su destino. Cada noche de campeonato termina tarde, con la adrenalina todavía en la piel y la emoción a flor de superficie, como si cada ingreso de Juan al arco fuera una conquista colectiva.
Lo que se generó alrededor de Juan se expande más allá del grupo. Hay orgullo, hay contagio de esperanza y hay visibilidad sin exposición forzada. Nadie en La Milka usó su historia como bandera ni como trofeo. No hubo campaña, no hubo slogan de inclusión. Lo aceptaron, lo hicieron jugar, lo acompañaron y listo. Ese es el acto más poderoso de todos. Valeria lo sintetiza así: “Esto muestra que se puede, que no hay que bajar los brazos, que no es el diagnóstico lo que te define. Es una persona que viene con un paquete, como venimos todos”.
Cuando el Nacional termine, nadie sabe si Juan Cruz seguirá en el arco o elegirá otro camino. Puede que continúe en La Milka, que pruebe en otro club o que un día decida cambiar los guantes por otra pasión. Pero lo que ya está escrito es más importante que cualquier medalla: un chico que un día decidió inscribirse solo en el club del barrio, que peleó contra sus propios miedos, que encontró amigos y que se ganó un lugar sin pedir permiso. Su mamá lo mira, orgullosa y conmovida, y dice lo mismo que tal vez piensan cientos de vecinos: “No hay nada más lindo que verlo feliz”.
Y en La Milka, Juan Cruz ya encontró su lugar. Como jugador, como compañero y, sobre todo, como parte de una gran familia que, sin proponérselo, terminó dando una lección silenciosa de empatía, respeto y amor por el fútbol y por las personas.
