Tiro práctico
José Venturuzzi y el desafío de competir mientras se recupera un club histórico
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Volvió al deporte después de una década, se metió de lleno en la competencia nacional y terminó asumiendo un rol clave en la recuperación del club donde entrena. Un recorrido por el tiro práctico, la gestión deportiva, los costos del alto rendimiento y las reglas que ordenan una disciplina tan exigente como poco conocida.
Arrancó en 2009, se alejó durante una década y volvió hace cinco años con una idea fija: competir. En el medio, el tiro práctico dejó de ser apenas un deporte para transformarse en una rutina, un espacio de pertenencia y también un desafío de gestión. Porque además de viajar a torneos nacionales y selectivos, este tirador se metió de lleno en la recuperación del polígono donde entrena, una institución que —según describe— estaba al borde de cerrar y con observaciones del organismo que controla la actividad.
“Empecé más o menos en 2009. Después dejé diez años, y volví hace cinco. Y ahí arranqué y no paré más”, resume. El vínculo con el deporte, en su caso, no nació de una moda: viene de chico y ligado a un entorno familiar donde las armas estaban presentes. “Siempre me gustaron las armas. Mi viejo tiene armas. Yo siempre estuve con temas de las armas y todo eso”, cuenta. Conoció la modalidad del tiro práctico cerca de 2008 o 2010, probó, le gustó y se enganchó.
En aquellos años, la formación no fue a través de una estructura formal. “Entrenador acá no había”, explica. Su aprendizaje fue, al principio, de lo más artesanal: un tirador más grande, con experiencia, lo ayudó a entender la disciplina y a ordenar la técnica. “Había otro tirador que tiraba hacía muchos años, me explicaba todo y entrenábamos con él en aquella época”. Después, cuando ese referente dejó, se cortó también el ritmo de ambos. El regreso llegó más tarde, con otra mentalidad: ya no era ir a probar, sino volver para competir.
Y cuando volvió, no lo hizo “tranqui”. “A mí me gusta competir. Yo soy muy competitivo, y cuando volví me metí a full. Me puse a entrenar de vuelta y a medida que me empecé a meter a los torneos, a los nacionales, todo… enseguida me quise meter al equipo nacional”, relata.
El proceso para integrar un seleccionado no es por invitación ni por nombre: es por resultados. “Tenés los torneos selectivos. Vos te anotás, primero se completa una planilla diciendo que querés participar en el proceso selectivo y hay más o menos seis fechas anuales que son selectivas. En base a los resultados, arman los equipos”, explica. Esos equipos, detalla, son de cuatro integrantes. Y aunque hay categorías y premiaciones diferenciadas, la regla principal es clara: “No es mixto o solamente por varones: es por rendimiento”.
El calendario es más intenso de lo que suele creerse desde afuera. Además de los selectivos, existen rankings regionales: región centro (con sedes como Córdoba, Río Tercero, Río Cuarto), región litoral (Santa Fe, Rosario, Rafaela, Esperanza, Paraná, Misiones), y también la zona central o Buenos Aires, entre otras. “Si querés, tenés cuatro torneos por fin de semana en distintas zonas”, grafica. En su caso, elige priorizar los eventos grandes: “Yo más que todo tiro los nacionales y los selectivos”.
A nivel nacional hay dos competencias que marcan el año: el Open, que funciona como apertura y suele disputarse en marzo, y el Nacional, que tradicionalmente se hace en octubre. “Son los dos más grandes”, dice, y aclara que por lo general también son selectivos, por lo que concentran a muchos de los mejores tiradores del país. En el último Nacional, disputado en Buenos Aires, terminó quinto. “Venía para estar tercero o segundo, pero se me rompió el arma en una etapa, así que me fui un poco para abajo”, cuenta. El deporte, ahí, muestra una cara menos romántica: la técnica, la cabeza y el entrenamiento importan, pero el equipo también juega su partido.
En tiro práctico hay reglamento, pero también divisiones. Una de las más masivas es “Producción”, donde las armas están más cerca de “como salen de la caja”. “Son las que más tiran”, dice. Pero la categoría que él elige es otra: la más libre. “La que tiro yo es la más libre de todas. Podés poner lo que quieras al arma. Le dicen la Fórmula 1 del tiro práctico. Lo único que te limita es el largo del cargador; de ahí en adelante, hacés lo que quieras”, describe.
Las modificaciones no son decoración: buscan rendimiento. “La mía tiene mira de punto, compensadores, cargadores de 29 disparos, embudo… podés modificar dentro del largo permitido”, enumera. Hay especialistas que se dedican a este tipo de trabajo: “Dos o tres en Buenos Aires, uno en Bariloche”. Y también hay un criterio técnico detrás del armado: “La corredera, que es lo que se mueve, querés que sea lo más liviana posible, pero tiene que ser acero porque si no se rompe. Y la parte de abajo necesita ser pesada, por eso le ponen embudos, bronce, todo para tener más peso abajo que arriba”.
El tiro práctico exige precisión, velocidad, y además un control completo del cuerpo y el plan de etapa. “En una etapa te dicen: tantos disparos, tantos blancos. Por ejemplo, quince blancos: dos tiros a cada uno. Vos ya sabés dónde están; tenés unos minutos para pensar la etapa antes. Arrancás cuando suena el timer y te vas moviendo. Y cada etapa es distinta, porque la podés resolver como vos quieras”, explica.
No es solo pistola: también compite con rifle. Y, en su caso, esa modalidad lo sorprendió. “Fue el primer torneo de rifle al que fui porque me invitaron y me gustó. La sensación es diferente, es más rápido”, dice. Incluso desliza una posibilidad para el año próximo: “No sé si el año que viene compito más que todo con rifle”.
El lugar donde entrena es el polígono de Tiro y Gimnasia, y ahí aparece la otra dimensión de su historia: la institucional. Cuando llegó, vio un club abandonado. “Cuando entré, lo vi abandonado”. dice. Y describe un panorama difícil: observaciones del organismo de control, infraestructura en mal estado y riesgo de cierre. “A nosotros nos controla ANMaC, que regula todo: medidas de seguridad del club, todo. Estaba haciendo observaciones por todos lados. El club estaba venido abajo”, cuenta.
Hoy el panorama es otro. Habla de mejoras constantes, de trabajo sostenido, de un espacio que pasó de estar “horrible” a poder mostrarse. “Ahora está todo perfecto y seguimos agregando. Pintábamos, arreglábamos… lo fuimos mejorando”, relata. La cantidad de socios también creció: “Ahora los socios son más o menos 150. Cuando yo agarré, habrán sido unos 100”.
Sostener un club, sin embargo, no es solo pintar paredes. También es sostener la economía. “Las cuotas ayudan”, reconoce, pero no alcanzan. El club tiene ingresos por alquileres y espacios anexos. Pero aun así, la cuenta no cierra fácil. “Básicamente somos seis o siete socios que ponemos del bolsillo”, resume.
En paralelo, el club también se adaptó para que pueda ser usado por personas con discapacidad. “Adaptamos todo para el acceso con sillas de ruedas, para que pueda usarlo cualquier persona”, explica, y plantea esa línea como parte del crecimiento institucional.
Sobre el costo del deporte, evita simplificaciones. “Depende con qué lo comparás. Si lo comparás con pádel, sí es caro. Si lo comparás con rally o motocross, no es caro. Una vez que comprás el arma, te dura casi para siempre; después lo que gastás es en balas y depende cuánto entrenes”, señala. En su caso, admite que no es fan del entrenamiento de repetición. “Yo tiro poco porque me embola entrenar. Yo voy a los torneos para competir. Entreno en los torneos”, dice, aunque reconoce que hay quienes llevan el entrenamiento al extremo: “En el club hay gente tirando mil tiros por día”.
Finalmente, también se mete en un punto sensible: cómo se accede legalmente a un arma y qué cambió en los trámites. “Para conseguir un arma, cualquier persona tiene que hacer el carnet de legítimo usuario. Primero tenés que tener un medio de vida lícito: monotributo, recibo de sueldo. Después vas a un médico y a un psicólogo, y te piden antecedentes penales. Y también tenés que ir a un club habilitado con un instructor de tiro, que te toma la prueba y te enseña leyes y manejo”, enumera. Y remarca el cambio de los últimos tiempos: “Antes tardabas cuatro o cinco meses; ahora en el día lo tenés, todo digital. Si ya está habilitado, vas, pagás y en cinco minutos ya tenés el arma a tu nombre”.
Con ese combo de competencia, reglas, gestión y vida cotidiana, su historia termina explicando mucho más que un deporte. Es el retrato de una disciplina que se sostiene con pasión, de un club que intenta volver a ponerse de pie, y de una realidad que, lejos de los extremos del debate, se mueve en el terreno de la práctica, la regulación y la responsabilidad.
