Hockey
José Ottino; la cultura del detalle
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Empezó tarde y casi a escondidas, pero convirtió la corrección técnica en un sistema escrito. José Ottino llega a Antártida Argentina como coordinador técnico con una idea clara: ordenar hábitos, elevar el nivel formativo y construir un puente para que las jugadoras que estudian en Córdoba no tengan que dejar su club.
José Ottino no empezó el hockey por vocación temprana ni por tradición familiar. Empezó, primero, por sus hermanas. Y después, por una mezcla rara de incomodidad, prejuicio y una decisión que lo acomodó en el lugar correcto. “Mis hermanas se anotaron en el hockey… yo me anoté en el fútbol… en el Club Universitario de Córdoba. Tengo el primer carnet de socio cuando era chiquito”, cuenta. Pero el fútbol no le cerraba. “Claramente, en el fútbol no tenía muchas herramientas para desenvolverme”.
El quiebre fue directo, casi cinematográfico: “Un día subí corriendo a buscar a mi papá en la cancha de hockey, que no quería jugar más al fútbol, no me sentía bien”. En realidad, el hockey ya estaba en su cuerpo, aunque él lo negara: “Yo jugaba mucho el hockey en los entretiempos, con mis hermanas en el patio… pero me había escondido por una cuestión de prejuicio, ¿viste? El hockey no era mucho para caballeros, teóricamente”.
Ese “esconderse” duró hasta que lo empujaron —con una picardía— a meterse. “Me hicieron una mentira, me dijeron: ‘Si vas el domingo y firmás planilla para tus amigos de hockey, ellos no quedan afuera’”. José ya era parte del grupo incluso antes de jugar: “Yo me había hecho amigo de todos los chicos de hockey… porque cuando jugaban las chicas, nosotros jugábamos al fútbol con los varones de hockey”. El primer partido fue un salto al vacío: “Me fui en taxi, me acuerdo, y me prestó el palo mi hermana… yo quedé chico porque era toda mujer”.
Y sin embargo, pasó lo que tenía que pasar para que se quedara. “Entré, hice un gol… y me hicieron fiesta, todo lo que había que hacer para enganchar al caballerito. ¿Viste lo difícil que es con los varones? Hasta el día de hoy es muy difícil hacer que juegue varón en hockey”. Ahí arrancó todo: partido, entrenamiento y, enseguida, un desafío enorme. “Dieron la lista del Seleccionado de Córdoba para citar jugadores… y me llevaron. Encima llevaban por llevar, no porque yo tenía condiciones: se hacía un mes que jugaba”. Pero él lo transformó en obsesión. “Me le puse mucho huevo porque me re emocionó… y terminé quedando en el Seleccionado Sub-15 en 2005. Yo empecé a jugar de grande: a los 14”.
Con el tiempo llegó la etapa de club, competencia y formación. Mientras estudiaba ingeniería, buscaba trabajo y encontró en el hockey una puerta inesperada: “Lo más fácil era mi amigo que tenía el club… me dieron trabajo… me daban una escuelita y unos palitos chicos y daba clase”. Y ahí aparece un rasgo que lo define: el entrenador que no suelta. “Ya ahí era medio loco… me gustaba, corregía hasta ver resultados, ya era como muy fanático”.
La ingeniería quedó atrás: “Dejé ingeniería porque claramente tenía muy buenas cualidades como entrenador. Empecé el profesorado de Educación Física y me recibí… buen promedio, era muy fanático”. La U le dio años de gloria, pero también lo que él considera su verdadera escuela: perder. “Tuvimos buenos años… ganamos muchas cosas. Después tocó perder mucho también. Y ahí me di cuenta lo lindo que es entrenador: la parte de la derrota y cómo me construí en la derrota. Porque cuando ganaba, no era tan bueno como cuando perdía”.
Lo explica sin maquillaje: “Cuando ganaba, no corregía tanto al jugador. O no tenía que encontrar métodos. No tenía que encontrar métodos para ganar”. En cambio, cuando le tocaron equipos menos “resueltos”, tuvo que escribir, ordenar, construir. “Cuando empecé a agarrar equipos de la línea B… desde lo técnico tuve que sentarme a escribir sistemas y métodos que construyan al jugador normal y dejar de ponerle el foco al jugador habilidoso”. Ahí nace el germen de lo que después sería su sello.
Ottino cuenta que durante años entrenó a jugadoras gratis, casi como una misión personal. “Siempre llevaba a las jugadoras medias flojas o las que querían mejorar a entrenar gratis… y me di cuenta que tenía un don para decirle lo que le estaba pasando sobre lo que no le salía”. Y remarca el punto: no es “coaching” general. Es detalle. “No era una corrección banal… era una recompensa de manera individual”.
La pandemia lo llevó a mutar, probar formatos, sostenerse como pudiera. “Me empezó a escribir gente: ‘Hacemos un plan, conectémonos y hacete ejercicios’… y yo estaba sin plata, sin nada”. Armó vivos, grupos, plazas, canchas “por la izquierda”, mezcla de físico y técnica. Pero después vino otro giro más profundo: reconocerse en el extremo competitivo y correrse de ahí. “Yo competía tanto que trataba mal a los rivales… estaba enfermo por ganar, estuve muchos años en esa vereda. No me arrepiento porque me hizo entender los extremos. Hoy estoy más en el formemos y si ganamos, ganamos”.
La academia, tal como la entiende, no es una canchita con conos: es un sistema escrito. “La academia no es ir a dar clases nada más en una cancha: está sistematizado. He escrito… errores comunes, qué decir, la permeabilidad del jugador, si está permeable o no, si tiene ganas o no. Hay momentos para decir las cosas”.
Y de esa identidad salió el nombre definitivo. Un padre le cambió la cabeza: “Me dijo: ‘Poné tu nombre’. Yo tenía miedo con mi nombre… prefería esconderme”. Pero lo escuchó. “Llegué acá porque te recomendaron con tu nombre… y ahí dije: bueno, vamos a hacerle caso. Academia José Ottino”. Incluso defiende la palabra “academia” como declaración de principios: “Que se llame Academia no cualquiera… me enorgulleció, porque siempre me representé con lo académico, lo estoico, lo filosófico, con Platón”.
El puente con San Francisco se armó con jugadoras que viajaban a Córdoba, vínculos con familias y entrenamientos puntuales donde él sintió que podía aportar algo concreto. “En diez minutos prendió un flick… yo tengo todo escrito en los métodos”, recuerda, y ahí aparece el llamado que lo trae al presente: Antártida Argentina.
La propuesta le pegó por donde más le importa: proyecto y pertenencia. “Las jugadoras de San Francisco, cuando tienen 18, se van a estudiar a Córdoba… pero no hay un lugar donde se reciba con calidez y tenga un espacio para entrenar, mantenga su club, los valores, y no tenga que irse a jugar a otro club por comodidad”. La idea es simple y fuerte: “Darle la comodidad en Córdoba, darle la calidad de entrenamiento que amerita”.
Como coordinador técnico, su misión es bajar detalle. “Mi misión es bajar la parte técnica, ese detalle… ayudar al club a decir las cosas de otra forma. Estoy seguro de que no digo nada diferente, nada más que sí sé que las digo de otra forma por la cantidad de tiempo y experiencia”. Y lo completa con una filosofía que repite como mantra: “Lo aburrido y lo básico te hace diferente: leer, ir al gimnasio, no comer lo que todos comen, meditar, no agarrar el celular antes de dormir ni al levantarte”.
Ottino proyecta presencia, observación y video: “Hay mucha diferencia entre el diagnóstico mirando entrenamiento y mirando partido… mi idea es estar ahí filmando, analizando”. Y abre otra bandera: reclutar, sostener, no perder jugadoras por falta de estructura. “La jugadora que esté en duda… cualquier jugador que no tenga dónde entrenar, quiera venir, lo pueda hacer con nosotros y Antártida va a soportar todo eso”.
En definitiva, llega a Antártida con un mensaje claro: método, cultura y continuidad. Porque, como él mismo lo dice sin vueltas, el hockey no se cambia con una charla motivacional: se cambia cuando el detalle deja de ser ocasional y pasa a ser rutina.
