Historias del agro
José María Barrale y la historia que salvó del olvido a las “Reinas Mecánicas”
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Con una vida atravesada por el trabajo rural y una pasión inquebrantable por las máquinas, José María Barrale presentará este miércoles 22, a las 19.45, en la UTN Facultad Regional San Francisco su tercer libro, Reinas Mecánicas II. La obra completa años de investigación y rescata testimonios clave de protagonistas que ya no están, consolidando un valioso aporte a la memoria de la industria nacional.
Por Laura Ferrero
Hay historias que no nacen con la intención de ser contadas, pero que con el tiempo encuentran una forma de permanecer. La de José María Barrale fue una de ellas. Sin formación académica en escritura, pero con una vida marcada por el trabajo rural, logró convertir recuerdos, documentos y voces en un registro que hoy tiene valor histórico.
Nacido en Colonia Castelar, contó que su infancia transcurrió en el campo, en una casa típica de la pampa gringa donde convivían varias generaciones. Recordó aquellas mesas largas donde no había diferencias entre la familia y los trabajadores. “Éramos muchos, y comíamos todos juntos”, afirmó, al evocar un modo de vida en el que el trabajo y la convivencia eran parte de una misma lógica.
El campo, describió, era un espacio en constante movimiento: tambos, hacienda, tractores, tareas que no se detenían y una gran cantidad de personas trabajando. Creció en ese entorno, observando, escuchando y aprendiendo sin darse cuenta. “Había muchísima gente”, recordó, y en ese mundo dinámico encontró sus primeras referencias.
También evocó los juegos de la infancia, estrechamente ligados a ese universo: armar corrales en el patio, recrear tareas rurales, jugar con tractores de juguete. Sin embargo, incluso en esos momentos, ya aparecía algo más que un juego.
Desde muy chico, afirmó que su vínculo con las máquinas fue natural. “Desde la hora cero”, expresó. Y lo ilustró con una imagen que aún conserva intacta: “Me quedaba en el patio llorando cuando la máquina salía a trillar y no me llevaban”. Aquella escena, repetida más de una vez, marcó el inicio de una pasión que no se interrumpiría.
Pasión por los fierros
Barrale relató que su interés se consolidó en la infancia, cuando comenzó a asistir a exposiciones rurales junto a su tío Juan, a quien definió como una figura determinante en su vida. Mientras los adultos recorrían los corrales, él se quedaba entre las máquinas: las observaba, se subía, las analizaba en silencio.
En ese contexto, comenzó a coleccionar folletos técnicos, aunque admitió que al principio le costaba acercarse a pedirlos. “Me daba vergüenza, tenía miedo al no’”, contó. Aun así, insistió. Y sin saberlo, empezó a construir un archivo que décadas más tarde sería fundamental.
La muerte de su tío, afirmó, marcó profundamente a la familia y significó un antes y un después. Sin embargo, aquella pérdida no interrumpió el camino iniciado, sino que dejó una huella persistente.
Durante la adolescencia, sostuvo que la fascinación se transformó en trabajo. “Se terminó el juego, había que poner el lomo”, recordó. Lo que antes era simulación pasó a ser responsabilidad concreta.
En esa etapa, aprendió oficios que hoy considera prácticamente desaparecidos. Explicó que tareas como el manejo del arado requerían precisión, conocimiento y experiencia. “Era todo un arte”, afirmó, al describir prácticas como la marcación de melgas y el trabajo sobre el terreno.
Una decisión que marcó su camino
Uno de los episodios que definieron su carácter ocurrió a los 16 años. Barrale contó que, en desacuerdo con la compra de una cosechadora por parte de su familia, decidió intervenir por su cuenta.
Relató que envió una carta a otra empresa el 5 de mayo de 1983. Seis días después recibió un telegrama y, en menos de un mes, la operación cambió de rumbo. “Ellos no sabían que el comprador era un pibe”, afirmó.
Finalmente, su familia adquirió la máquina que él impulsaba. Reconoció que la decisión generó tensiones, especialmente con sus padres, y que en ese contexto dejó los estudios secundarios. “Fue una desilusión para ellos”, sostuvo, aunque aclaró: “Yo no hice nada malo, compré una herramienta de trabajo”.
Aquel corte en su formación formal quedó durante años como una cuenta pendiente. Con el tiempo, decidió retomarla y, en paralelo a su desarrollo laboral y a su camino como autor, volvió a estudiar. Actualmente cursa su último año en el Cesma Dr. Francisco Ravetti, en San Francisco. “Estoy muy contento”, afirmó, al referirse a esta etapa que definió como una deuda consigo mismo.
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El giro hacia la escritura
Tras retirarse de la actividad rural en el año 2000, Barrale inició una etapa vinculada a la venta de maquinaria agrícola. Sin embargo, sostuvo que el verdadero punto de inflexión surgió cuando comenzó a revisar el material que había reunido desde su juventud.
“Me puse a pensar por qué no rendir un homenaje a los fabricantes”, contó. A partir de esa idea, inició un trabajo de investigación que incluyó entrevistas, viajes, recopilación de archivos y reconstrucción de historias.
Reconoció que al comienzo dudó de su capacidad. “No sabía si estaba preparado”, afirmó. Pero avanzó igual, golpeó puertas y buscó orientación.
Detalló que entrevistó a fabricantes, familiares y trabajadores. En muchos casos, dijo, se encontró con relatos atravesados por la emoción. “Había gente que lloraba al recordar”, señaló.
Explicó que su metodología fue rigurosa: contrastó versiones, verificó datos y buscó múltiples testimonios por cada caso. “Trataba de hablar con dos o tres personas de cada fábrica para confirmar la información”, sostuvo.
Un aporte clave a la memoria
El primer libro, Reinas Mecánicas, reunió la historia de 30 fabricantes. Con el paso del tiempo, Barrale tomó dimensión de lo realizado: la mayoría de los entrevistados ya había fallecido.
“Si yo no lo hubiera hecho, esto se perdía”, afirmó. Su trabajo se convirtió así en un registro único de una etapa fundamental de la industria nacional.
Luego publicó Reyes del Surco, centrado en los cabezales maiceros, y continuó ampliando su investigación.
En Reinas Mecánicas II, explicó, profundizó el enfoque: incorporó nuevas fábricas, sumó fotografías de los distintos modelos y detalló aspectos técnicos que no habían sido incluidos anteriormente.
Además, decidió reconocer a los trabajadores. “Quise nombrarlos porque se lo merecen”, afirmó, al señalar que fueron parte esencial de esa historia.
Agradecimientos y apoyos
Barrale subrayó que el proyecto no hubiera sido posible sin el acompañamiento de distintas personas.
Agradeció especialmente a Albert Kühnstetter, investigador alemán con quien estableció un vínculo a partir del intercambio de información.
Contó que fue él quien lo impulsó a concretar la publicación e incluso ofreció apoyo económico. “Fue el empujón que necesitaba”, afirmó.
También destacó el aporte de Eduardo Cerino, Gabriel Gioino y José Luis Pasquetta, presidente de Bernardin, empresa pionera en la fabricación de cosechadoras en Sudamérica.
En el plano personal, remarcó el rol de su familia. Señaló que sus libros están dedicados a sus hijos —Santiago, Úrsula y Perla— y valoró el acompañamiento de su esposa, Sonia. “Sin el apoyo de la familia es muy difícil”, aseguró.
Trasciende generaciones
Barrale afirmó que la industria de la maquinaria agrícola tuvo un papel central en el desarrollo del país. “Argentina marcó un rumbo”, sostuvo, al destacar el valor de las innovaciones locales.
También señaló que sus libros generan una fuerte identificación en los lectores. “La gente se emociona porque se reencuentra con su historia”, expresó.
Este miércoles 22, en la UTN Facultad Regional San Francisco, presentará Reinas Mecánicas II. No será solo un libro más: será la continuidad de una historia personal que nació en el campo, entre máquinas y trabajo, y que terminó convirtiéndose en memoria colectiva.
