San Francisco
José María Barrale, custodio de la historia de las máquinas agrícolas
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A los 59, sigue mirando las máquinas con los mismos ojos curiosos de aquel chico que, a los seis, se perdía entre los stands de una exposición rural. Lo que empezó como una fascinación infantil se transformó con el tiempo en una tarea silenciosa y persistente: rescatar folletos, catálogos, testimonios y máquinas que conservan la información técnica y humana de una industria agrícola argentina que, en gran parte, ya no existe.
Por María Laura Ferrero | LVSJ
El 7 de enero, Día del Coleccionista, encuentra pleno sentido en la historia de José María Barrale. A los 59 años, reunió más de 14.000 folletos de maquinaria agrícola, catálogos centenarios, fotografías, maquetas y cosechadoras antiguas. Lo que empezó como un juego de infancia se transformó en una tarea paciente y silenciosa: rescatar información que las propias fábricas no conservaron y que hoy convierte a Barrale en una voz autorizada sobre la historia de la industria agrícola argentina.
Todo empezó en 1972, cuando tenía seis años y viajó a San Vicente para la Fiesta Nacional de la Cosechadora. Ese día guardó su primer folleto y, sin saberlo, abrió una puerta que nunca más se cerró. “Lo recuerdo como si fuera ayer”, dijo. A partir de ahí, cada exposición fue una cacería feliz: mientras los adultos miraban animales, él se perdía entre máquinas y se animaba a pedir folletería con una timidez que le daba vergüenza, pero también orgullo.
En la cocina del campo, entre deberes escolares y papas peladas, su tía Sabina le cambió el destino con una idea sencilla: escribir cartas a las fábricas para que le enviaran folletos. Ella dictó, él copió con su letra desprolija y el correo empezó a traer sobres cargados, respuestas con membretes, saludos formales y tarjetas de contacto. “Te trataban como si fueras grande”, recordó, y contrastó con el presente: “Hoy eso no sucede más”.
Una frase que marcó el camino
La pasión también llegó a la escuela. José María llevaba folletos en la cartera, los miraba en clase y más de una vez fue reprendido. En primer año, una docente se los quitó y, al devolvérselos, le dijo algo que quedó grabado para siempre: que no dejara nunca de ir detrás de lo que le gustaba. “Ahí me hizo un clic en la cabeza”, reconoció. Ese gesto simple terminó siendo una validación temprana de lo que muchos veían como una rareza.
La adolescencia trajo otros intereses y el coleccionismo quedó en pausa durante años. Recién en el 2000 retomó la actividad, aunque con una herida: gran parte de los folletos de su infancia se habían perdido. “Fue como empezar de cero”, admitió. Lejos de desanimarse, ese vacío lo empujó a reconstruir con más fuerza y compromiso.
Cuando la pasión se volvió oficio
El verdadero punto de inflexión llegó en 2003, cuando comenzó a escribir su primer libro. Al entrevistar fabricantes y recorrer plantas, entendió que su archivo debía ordenarse y cuidarse con criterio histórico. Desde entonces, cada folleto fue clasificado, protegido y archivado. Hoy, encontrar una pieza dentro de las más de 14.000 no le lleva más de cinco minutos. Ese orden no es obsesión: es conciencia de valor.
Para Barrale, un folleto no es publicidad: es documento técnico. En esas hojas están los motores, las capacidades, los rendimientos, los materiales, los procesos productivos. “Ahí está toda la información”, afirmó. Esa acumulación de datos le permitió convertirse en una palabra autorizada cuando se habla de maquinaria agrícola. En discusiones técnicas, el folleto fue siempre “el juez de la causa”. Donde la memoria falla, el papel responde.
Tadeo Buratovich, el maestro
En ese camino apareció una figura clave: Tadeo Buratovich, historiador y exdirector del Museo de Arequito. Barrale lo definió como la persona que más sabía de maquinaria agrícola en Argentina. Fueron más de veinte años de charlas, aprendizajes y colaboración. Tadeo participó en sus libros y fue una referencia constante. Tras su fallecimiento, la familia le confió su folletería y maquetas. “Sabía que el material iba a estar en buenas manos”, sostuvo Barrale, con gratitud y emoción.
Con el crecimiento de la colección llegaron los repetidos y, con ellos, otros apasionados. Barrale empezó a contactar gente de La Pampa, Buenos Aires, Entre Ríos, Santa Fe. Se intercambiaban paquetes como figuritas. Así nació la idea de formar un grupo, un círculo. El nombre fue un homenaje: Mariano Blangetti, joven coleccionista de Brinkmann y amigo entrañable, cuya familia donó su colección tras su muerte. Con autorización de la madre, el círculo tomó su nombre y se convirtió en una red nacional de preservación.
Regalar para preservar
Barrale no acumuló por egoísmo. De los folletos repetidos armó tandas y las distribuyó entre otros apasionados. “Regalé 9.000 folletos”, contó, casi como quien enumera un gesto natural. Lo hizo como una forma de devolver lo recibido y, sobre todo, de garantizar que ese material sobreviviera. “La mayoría iba a terminar en el fuego”, advirtió.
Esa lógica solidaria no sólo fortaleció archivos personales en distintos puntos del país, sino que también despertó interés fuera de la Argentina. Muchos de esos folletos comenzaron a circular entre coleccionistas de Alemania, Francia, Italia y otros países europeos, donde el material argentino es valorado como documento técnico e histórico. Gracias a ese intercambio, piezas que estaban destinadas al descarte hoy integran colecciones internacionales y siguen contando la historia de una industria que supo tener prestigio y desarrollo propio.
Más allá del papel
Aunque siempre aclaró que su fuerte fue el folleto, la colección de José María Barrale fue creciendo de manera natural hacia otros formatos. Así llegaron las maquetas de maquinaria agrícola, muchas de ellas recibidas como regalo, incluidas varias que pertenecieron a Tadeo Buratovich. Nunca las miró como objetos de lujo: para él fueron y son piezas pedagógicas, capaces de explicar escalas, diseños, soluciones técnicas y modos de producción de cada época.
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A partir de 2005, su pasión dio un paso más y se volvió todavía más concreta. Empezó a rescatar cosechadoras antiguas reales, máquinas que estaban destinadas al desguace y que logró salvar casi contrarreloj. La primera llegó de la mano de una anécdota que aún recuerda con emoción: la de “los nonos”, una familia conocida a la que fue a llevarles uno de sus libros y que le ofreció una vieja cosechadora guardada en un galpón. No tenía dinero para comprarla, pero se la fiaron. Esa máquina fue el punto de partida. La desarmó por completo y la restauró pieza por pieza, hasta devolverle su funcionamiento original.
Con el tiempo, esa seriedad y ese respeto por el trabajo despertaron confianza. “José, yo me muero y esto termina como chatarra; vos la querés”, empezó a escuchar cada vez más seguido. Así llegaron donaciones de máquinas que la gente no quería ver cortadas ni vendidas por kilo. Hoy son doce cosechadoras restauradas, cada una con su historia, que demandaron años de trabajo, inversión y una dedicación casi artesanal. “Una cosechadora no es un auto”, explicó. “No la cargás en una plancha y listo”. Cada rescate implicó traslados complejos, trámites, restauración minuciosa y un compromiso total.
Desde siempre, la idea fue clara: crear un museo que rindiera homenaje a los pioneros de la maquinaria agrícola argentina, un país que supo fabricar la primera cosechadora automotriz del mundo. Ese proyecto no pudo concretarse ni en San Francisco ni en San Vicente, pero encontró destino en la Sociedad Rural de María Grande, donde hoy las máquinas se exhiben bajo un sistema de comodato. Allí, el presidente Ángel Deangelis, conocido como “Nincho”, comprendió desde el inicio la importancia del trabajo realizado por Barrale y abrió las puertas para que ese patrimonio pudiera preservarse.
Hoy, las cosechadoras están cuidadas, restauradas y abiertas al público. No son piezas inmóviles: son testimonio de una industria que marcó al país y de una pasión personal que logró transformarse en memoria colectiva.
Los libros como rescate de voces
El recorrido de José María Barrale por el coleccionismo derivó, casi de manera natural, en la escritura. Con el tiempo entendió que no alcanzaba con guardar folletos: también era necesario registrar las voces de quienes habían sido protagonistas de una época industrial irrepetible.
Así nació Reinas Mecánicas I, un trabajo que comenzó en 2003 y se publicó tras visitar y entrevistar a alrededor de 30 fabricantes de cosechadoras argentinas. El proceso se extendió hasta 2007 y dejó un registro único. “Hoy no queda nadie vivo de los que entrevisté”, afirmó con crudeza. Ese dato convirtió al libro en un documento irrepetible, imposible de volver a realizar.
Luego llegó un segundo libro, también ya editado y agotado, dedicado a otra faceta clave de la maquinaria agrícola nacional: el desarrollo de las plataformas y cabezales de maíz, un trabajo que amplió la investigación, incorporó el aporte histórico de Tadeo Buratovich y le abrió a Barrale puertas internacionales.
Actualmente, José María se encuentra en la etapa final de edición de Reinas Mecánicas II, que pronto saldrá a la venta. Esta nueva obra retoma y amplía el trabajo inicial: recupera la información de la primera edición e incorpora nuevas empresas, fábricas y testimonios que fueron apareciendo con el paso del tiempo, muchas veces a partir de lectores que golpearon su puerta con fotos, recuerdos y datos olvidados.
Para Barrale, escribir nunca fue un ejercicio académico. Fue, y sigue siendo, una forma de devolverle identidad y memoria a una industria que, en muchos casos, desapareció sin dejar archivos propios.
Parte de la historia
En sus carpetas no hay sólo publicidad: hay memoria. Entre sus tesoros, Barrale conservó una enorme cantidad de folletos y fotografías en blanco y negro, de los inicios de fábricas y empresas que, en muchos casos, ni siquiera guardaron sus propios registros. Lo que para algunos era descarte, para estos coleccionistas fue documento. Y gracias a esa obstinación paciente —la de José María, la de Tadeo, la del círculo que se formó con el tiempo— hoy una parte de la historia industrial argentina sigue existiendo: intacta, clasificada, a salvo del olvido y del fuego.
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