Jimena y Jackeline, dos mujeres que reinventaron el oficio de coser
:format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/Imagenes/Imagec47209eed6d24c4d9e1b28fe0d3102bc.jpg)
En la actualidad, el ser costurera se convirtió en un trabajo con el que las personas pueden salir adelante ya que les permite poner el pan en la mesa, vivir con dignidad, hacer amistades e insertarse en una sociedad que a veces margina.
Coser es una de las tareas que las mujeres hacen desde antaño. Tradicionalmente era una actividad más para aprender si se nacía nena y salvo por necesidad se desempeñaba - siendo adulta - como oficio.
Los saberes se convirtieron en una tradición y la práctica se extendió de generación en generación. La tecnología hizo lo suyo también, puesto que surgieron las máquinas de coser y con ello las salas de costura en las casas.
En la actualidad, el ser costurera se convirtió en un trabajo con el que las personas pueden salir adelante ya que les permite poner el pan en la mesa, vivir con dignidad, hacer amistades e insertarse en una sociedad que a veces margina.
Fue la costura la que le permitió a Jackeline Ríos dar vuelta la página cuando las oportunidades de trabajo se limitaron, y a Jimena Argüello - que aprendió de su madre - confeccionar su ropa, pero también vivir con dignidad y encontrar su cable a tierra.
Jacki va a domicilio
La historia me llevó a conocer a Jackeline, de 24 años, quien vive en Frontera. Al igual que su madre, ambas saben de costura. El conocimiento fue transmitido no sólo en la sangre sino también en la propia práctica cotidiana.
Tiene una máquina eléctrica y se gana la vida cosiendo desde hace dos años. No tenía trabajo y fue esa carencia la que la obligó a rebuscárselas para aportar dinero en su casa.
"A mí me enseñó mi mamá, como estoy desocupada y no conseguía trabajo me tuve que dedicar a esto. Yo terminé el secundario y tengo un título terciario de técnica Superior en Automotores, pero ni así encontré", expresó Jackeline a LA VOZ DE SAN JUSTO.
Cuando le pregunté para qué le servía el dinero obtenido de la costura fue contundente su respuesta: "Para comer y comprar las cosas de la casa".
Jacke no sólo aprendió el oficio a través de su madre, sino que también heredó la máquina de ella.
"Antes era ella la que cosía pero como ahora es remisera me lo dejó a mí. Me encantaría tener un emprendimiento propio porque me gusta mucho coser", aseguró.
Su clientela está en el barrio donde vive, pero tiene el plus de "ir a domicilio" porque sino - confesó - "no tendría trabajo".
¿Su fuerte? Los cambios de cierre y los remiendos, como también achicar pantalones. El cobro del trabajo - sostuvo - es "lo justo" y es monetizado en función del arreglo que tenga que hacer.

Jackeline Ríos es técnica en Automotores pero ante la falta de trabajo optó por coser para terceros en función de los conocimientos que adquirió de su mamá.
Aprender de mamá
Los hilos y la costura me llevaron hasta Jimena, una chica trans de 35 años. Un oficio que lleva en su sangre y una característica que siempre es motivo de charla, consulta y colaboración con su madre Mercedes.
Antes de dedicarse a coser fue repostera pero desde hace cuatro años vive entre telas e hilos trabajando para terceros y para ella misma también, porque en su guardarropa hay verdaderos modelos exclusivos.
"Toda la vida vi a mi mamá cosiendo, esto viene de ella. Siempre pedía cosas complicadas que no podía y me invitó a estudiar. Por eso me anoté en la Casa del Pueblo y tuve de profesora a Zulma González", recordó y siguió: "Cuando surgió el taller de la municipalidad me anoté y fue una experiencia muy linda donde aprendí sobre la gente y el oficio".
En un inicio, Jimena lo hizo porque quería aprender "para hacerse ropa" y después como una salida laboral. Su clientela le permitió hacerse conocida a través de las recomendaciones.
La historia de Jimena se repite porque su madre también "cosía para ella misma". Le contó que cuidaba chicos y hasta se hizo su propio vestido de 15 años. "A veces recurro a ella, y también, si tengo mucho trabajo le pido una mano, es súper compañera".
Jimena y Jackeline son dos nombres entre cientos otros que a diario están sentadas frente a una máquina o que buscan en el costurero el color exacto, la aguja indicada y así entre puntada y puntada le dan otro sentido a un viejo oficio.
