Ítalo Menegón, con la fuerza del viento
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De oficio, molinero. Este hombre de 81 años es un gigante también, un marinero de tierra adentro, que se le ilumina la cara cuando las aspas de esa margarita de chapa empiezan a girar. Se declara inquieto y aunque afirma que los molinos rurales todavía tienen su encanto, no son tantos como antes, porque hay menos tambos. Su vida es una lección de resiliencia.
Por Cecilia Castagno | LVSJ
Instala y arregla molinos de viento para extracción de agua, tiene 81 años y le hace honor a la palabra resiliencia.
Ítalo Pedro Francisco Menegón se "recibió" de molinero hace unos 40 años, luego de que cerrara la fundición de la empresa Corradi en la que trabajaba, y actualmente continúa en la actividad. Empezó de cero, desde abajo, y es uno de los últimos exponentes de un oficio que, según él mismo dice, sobrevive en pocas manos; se estima que son apenas cinco en esta zona.
Si bien en algunos campos los molinos fueron reemplazados por bombas que funcionan con energía solar, la mayoría los conservan por el poco mantenimiento que insumen.
Ítalo siente gran pasión por este rubro tan particular. Podría estar jubilado pero todavía sube a los molinos o baja más de treinta metros, para arreglarlos. "Hasta que el cuerpo aguante, seguiré", afirma.
Para hacer este trabajo se necesita "inteligencia, paciencia, responsabilidad, fuerza e ímpetu" -enumera- para superar las dificultades que se presentan, al igual que en la vida personal, en la que afrontó una cantidad de infortunios que tuvo que sobrellevar.
En esta pandemia, todos supimos sobre la muerte. Para Ítalo sin embargo, no hizo falta una pandemia, estuvo cara a cara con ella cuando le tocó enterrar a tres de sus hijos y después, a su esposa.
Hijo de un herrero y carpintero y de una maestra de canto y teatro, creció en Colonia Marina y hasta tiene un costado cholulo, es tío de una famosa, la reconocida actriz Mercedes Funes.

Ítalo explica la noble función de estas máquinas que extraen el agua de las profundidades. | Fotos: Marcelo Suppo | LVSJ
Un oficio nacido del campo
Cuando la fundición cerró, Ítalo tenía otras posibilidades, pero optó emprender y se largó por su cuenta junto a un compañero de trabajo, Eduardo Serena. "Le dije, 'vamos a Luxardo y arreglemos molinos'. Él se dedicaba a salir a los campos y yo, me quedaba en el galpón a reparar herramientas del agro", recuerda sobre los inicios.
Al tiempo, su socio ingresó como técnico mecánico en una empresa local. "Dividimos todo y empecé yo a ir a los molinos. Llamé a mi hermano que trabajaba en Vialidad Nacional, en Entre Ríos, dejó todo, vendió la casa y se mudó" y así abordó una nueva etapa pero esta vez, en Plaza San Francisco, donde tiene su taller hasta el día de hoy. "Emprendimos con nuevas ilusiones y esperanzas".
"Tanques, bebederos, máquinas, cilindros, cambiar los cueros, arreglo todo lo relacionado al agua; todo lo que se trate de agua hay que arreglar y de eso vivo", se jacta de haber elegido ser molinero.
"Lo más difícil es estar ahí muchas horas, porque a veces se complica y hay que darse maña y 'traficar' para saber qué problema tiene el molino. Esto se hace a fuerza de experiencia", cuenta.

Ítalo en acción. Es riesgosa la tarea del molinero. Hay que resistir al vértigo.
"Antes era un trabajo sin horario, porque las urgencias eran por los tambos o por la hacienda, mientras que hoy el agua se usa para fumigación, entonces se puede programar el trabajo".
Sigue girando
Las aspas empujan el viento, los molinos se resisten a dejar de ser parte del paisaje de la llanura pampeana, aunque rompan su armonía.
Ítalo es un testigo directo de las transformaciones rurales de las últimas décadas, del ascenso del agronegocio, del achicamiento de la actividad lechera y del uso de energías sustentables.
"Acudí a un campo en el que el productor colocó una pantalla solar para impulsar el molino y reemplazar la red eléctrica. Antes el agua se usaba para el tambo, pero fueron desapareciendo y hoy se usa, principalmente, para fumigar con agroquímicos", comenta.
"Es muy triste ver tantas taperas (casas abandonadas, algunas en ruinas). Antes cada 500 metros tenías un vecino que te daba una mano si tenías una emergencia. Hoy se ven taperas y camionetas 4x4 que van y vienen", describe.
Sin embargo, "todavía no hay algo que reemplace al molino, porque es el agua más barata que hay. Si se instala una bomba, hay que llevar la luz y no todos quieren gastar". Lo más caro es la instalación, después solamente hay que mantenerlo.
"Los molinos ahora no se rompen con frecuencia. Antes se rompían más seguido porque se los necesitaba más, hoy su uso se reduce a la fumigación", reitera Ítalo y tiene una teoría de por qué puede fallar la maquinaria: "El excremento de los caranchos puede ser nocivo para el hierro, oxidarlo".

Ítalo, uno de los últimos
molineros.
El trabajo del molinero también siente el impacto de la deforestación. "Con la tecnología vieja el molino quedaba abierto, mientras que las maquinas nuevas por lo general se cierran solas para protegerlas del viento. Antes se rompían las aspas, pero eso ¡me daba de comer!", expresa bromista, siempre haciendo gala de su buen humor.
"Ahora no es necesario que el molino sea tan alto, pero a los chacareros le gusta que se vea la flor", esa margarita de chapa incrustada en la torre. En 40 años, él subió muy alto, a veces tanto que apenas el aire era respirable. Hoy lo hace en etapas, "me detengo, respiro y retomo fuerzas". Le tiene mucho respeto a la cima de esa figura esbelta, porque "si viene un golpe de viento, te movés para todos lados. Arriba hay que cuidarse. Hay que trabajar con una mano y con otra, sostenerse. Es un trabajo de riesgo que requiere de arneses y otros cuidados".
Lo dice con conocimiento de causa. En una oportunidad, se cayó y quebró la cadera y en otra, sufrió un paro cardíaco cuando estaba arriba. Sobre este último episodio, relata que "se me nubló todo, quise agarrarme de las partes de la torre pero no alcancé y me desmayé. Aparecí del otro lado, colgado, no me caí. Me desperté, bajé solo, me fui a casa, me bañé y fui a ver al médico" que confirmó la patología y rápidamente lo operó para colocarle un marcapasos.
"¡Menos mal que sos adepto a Don Orione!", le dijo el cura del barrio asombrado porque estuviera vivo después de lo que le había contado. Ítalo se define como "muy creyente, un hombre de fe".

Quedan muchos molinos tradicionales, pero los capacitados para repararlos escasean, pese a que es una labor bien retribuida.
En otro accidente laboral, se quebró el cuello del fémur y ni con muletas dejó de ir a trabajar a pesar de la insistencia de su familia para que se quedara en casa. "No se puede dejar de ir, el campo nos necesita", sigue sosteniendo, por responsabilidad y un poco por porfiado.
También nota los cambios en el uso de la tierra. "El suelo es un condicionante a la hora de instalar o arreglar un molino, de éste dependerá la profundidad del pozo. Hace unos 20 años la napa estaba baja, entonces había que hacer pozos de 16 o 18 metros, los hacíamos a mano, pero con el tiempo las napas subieron, hasta llegar el agua incluso a tres metros".
Dejar un legado
El agua y el aire unen fuerzas para alimentar la tierra.
Aunque Ítalo trabaja mucho en soledad-y no reniega de eso-, en algunas ocasiones su nieto de 16 años lo acompaña a los campos. Así como el molino, su trabajo necesita más que la fuerza para funcionar. El conocimiento es clave y sabe que "se adquiere con la experiencia" y también, que en equipo, todo resulta más sencillo.
Así como la seguridad de los elementos con que se trabaja es fundamental, también lo es el compañero que asiste desde la superficie.
"Me preocupa quién hará esto cuando ya no estemos los pocos que seguimos en el oficio", dice quien forjó el trabajo de molinero en su familia, sin embargo piensa que las cosas cambiaron: "Hoy los jóvenes quieren hacer otra cosa".
"Mi nieto a veces me ayuda y siempre le digo que para esto hay que conocer los caminos, darse maña y tener mucha paciencia, y no le convence mucho". El legado del ejemplo, el joven ya lo tiene.
"Terminás con el traje todo empapado -por sacar el agua debajo de la tierra-. Podés llegar a hacer pozos de hasta 150 metros de profundidad", grafica este apasionado del oficio, que maneja la técnica como nadie, aunque admite que ser molinero tiene mucho de autodidacta, "se aprende mirando".
"A mí, este trabajo me llevó hasta lugares muy lejanos como a un campo entre Los Juríes y Añatuya, en Santiago del Estero. Nos metimos 30 kilómetros adentro para buscar agua en un campo de un productor de Freyre", recuerda.
Otras pasiones
El molino empieza a bombear agua desde las entrañas de la tierra a la velocidad del viento. La energía del viento hace lo suyo y el molino echa a andar sus brazos.
¿Qué lo motiva a seguir trabajando a los 81 años? "Primero, la amistad que tengo con la gente de campo; segundo, ¿qué hago en casa todo el día sentado mirando televisión?", lanza Ítalo.
Pese a que el trabajo siempre le demandó muchas horas, como buen inquieto, supo cultivar otros hobbies. Su esposa tuvo una carrera política, pero a él la política nunca lo atrapó, lo suyo era el fútbol, el canto y trabajar con el metal fundido y los molinos.
"Siempre le quité algo de tiempo a la familia, porque son muchas horas afuera de casa, pero puedo decir que es un trabajo redituable, del que se pude vivir y te permite darte gustos", confiesa el molinero. Le gusta viajar, visitó en varias oportunidades la tierra de sus padres que llegaron de Italia provenientes de la comuna de Montebelluna, situada en la provincia de Treviso, a unos 50 kilómetros de Venecia. "Una región hermosa", a la que volvió siete veces.
Su primer acercamiento a la música fue de pequeño, cuando su mamá le enseñó a cantar la misa en latín. Hoy, y desde hace varios años, dirige el coro en la parroquia San Carlos Borromeo, del Pequeño Cottolengo Don Orione. Antes de la pandemia, los ensayos eran de guitarreada los miércoles en su casa; de a poco los van retomando.
En el deporte, dirigió un campeonato nacional de Baby y su equipo salió tercero, "porque se lesionó un jugador", aclara. En esa liga empezó su camino de amor incondicional con el fútbol.
Fue técnico del goleador Juan Manuel Aróstegui en sus épocas en Don Orione. También fue jugador, desde los 11 años hasta los 45, en los que pasó por campeonatos Evita, amateur, las filas de Sportivo Belgrano, Club Atlético Ferrocarril de Rafaela y cuadros de Morteros y de San Bartolomé.
Estaba acostumbrado a redoblar esfuerzos. Trabajaba ocho horas en la fundición, regresaba y seguía construyendo su casa -literalmente, porque él mimo fabricó los ladrillos para levantarla- y los fines de semana, hacía de futbolista y director del coro de la iglesia. Un incansable, enérgico como el viento.
La única "tecnología" con la que se lleva muy bien es con "el martillo, cortafierros y la llave para caños", confiesa entre risas sobre esas herramientas esenciales para todo molinero.
Seguir, a pesar de todo
El viento sacude la flor, y aunque parece que la va a doblegar, se aferra a la torre que la sostiene.
Ítalo sufrió cuatro golpes en la vida que lo marcaron: primero, la muerte de un hijo a los 11 años en una accidente con la moto; su segundo hijo murió en el parto, por asfixia; luego, en 2010 perdió a otro hijo, Mariano (29), de muerte súbita, y al año siguiente, a su esposa Elba Carignano, llevaban casados 48 años.
Es de los que siempre ve el vaso medio lleno, aún en la situación más triste. "Mariano venía de recorrer un camino rural en su camioneta junto a su hijo de cinco años -también era padre de otro de pocos meses-, llegó a la casa, se sentó a tomar mates y le dio un infarto. "¿Mirá si le pasaba antes?, manejando, ¡y en el medio del campo!" se preguntó Ítalo que aún desarmado del dolor encuentra que "todo tiene un por qué".
Tras el fallecimiento del bebé por nacer, a su mujer debieron operarla y ya no iba a poder tener más hijos. Se inscribieron como familia de tránsito y así pasaron por su casa varios niños judicializados o en proceso de adopción.
Después decidieron ellos adoptar. Recuerda como si no hubiesen pasado 40 años cuando a bordo de un Renault 4 viajaron hasta Federal (Entre Ríos) en busca de una niña recién nacida.
Regresaron con la beba y la llevaron al pediatra. Guarda como una foto mental la expresión y las palabras de aquel médico. La niña tenía un angioma en la frente, una alteración de la piel que podía ser un signo de algún trastorno neurológico, les mencionó síndrome de Down. "Nos dijo: 'devuélvanla!", como si fuera un trámite, como si pudieran olvidar ese enamoramiento que había empezado 600 kilómetros atrás cuando apenas emprendieron el regreso a San Francisco, o como si una condición de salud pudiera ganarle al amor más puro.
Ítalo acepta que lo que les dijo el médico los descolocó, pero no los hizo retroceder en su decisión de volver a ser padres, y padres de esa niña a la que llamaron Cristina. Finalmente, el pronóstico del doctor no se cumplió.
A los ocho meses, le avisaron que un bebé de tres días había sido abandonado en una iglesia de Itatí, en Corrientes, y otra vez, allá fueron, en el auto viajaron tres y volvieron cuatro. Más felicidad no cabía en esa renoleta.
"Mi mujer renegó, puso el cuerpo y se quedó sin nada, ¿cómo no iba a acompañarla en la elección de seguir intentado ser madre, como sea, y fue con el corazón", expresa.
Así como el molino logra domar el viento, Ítalo aprendió a sobrellevar el duelo de la muerte inesperada y su historia es un ejemplo de cómo la resiliencia nos mantiene a flote a pesar de las adversidades.
