Educación
IPET 264: donde las tapitas se transforman en futuro
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A través de un innovador proyecto de reciclaje, estudiantes transforman tapitas plásticas en nuevos productos mientras aprenden procesos industriales, desarrollan conciencia ambiental y se preparan para el mundo laboral.
Por María Laura Ferrero | LVSJ
Hay lugares donde el conocimiento se explica. Y hay otros donde se respira.
El Laboratorio Agustín Tosco del Ipet Nº 264 "Teodoro Asteggiano" pertenece claramente al segundo grupo.
La escena sorprendía apenas se cruzaba la puerta. Mientras algunos estudiantes consultaban apuntes y trabajaban con computadoras, otros operaban máquinas, controlaban temperaturas, clasificaban materiales o seguían atentamente los distintos procesos de producción. No había alumnos esperando que sonara el timbre. Había jóvenes ocupados, concentrados y entusiasmados.
En un rincón se acumulaban tapitas plásticas clasificadas por colores. En otro, una trituradora las convertía en pequeños fragmentos. Más adelante, una inyectora transformaba ese material reciclado en nuevos objetos.
Lo llamativo no era solamente la tecnología. Era el clima de trabajo.
Entre explicaciones técnicas, mates compartidos y consultas permanentes entre docentes y estudiantes, el laboratorio parecía demostrar que aprender también puede ser una experiencia apasionante.
Y quizás allí estaba la verdadera enseñanza.
El comienzo
El profesor José Castro, responsable del espacio de Operación y Mantenimiento de Equipos Electromecánicos, explicó que la iniciativa no nació directamente en la escuela técnica de la tarde.
Según relató, el proyecto había comenzado en el Cenma, donde un grupo de docentes trabajaba en el desarrollo de una inyectora destinada al reciclaje de plásticos.
"Ellos tenían una máquina de pistón y nosotros estábamos desarrollando otra a tornillo. Los dos grupos veníamos trabajando con el plástico y el reciclado, así que terminamos uniendo esfuerzos", explicó.
Cuando el proyecto original no pudo continuar en el ámbito nocturno, las máquinas fueron cedidas al IPET 264 y allí comenzó una nueva etapa.
Los estudiantes que hoy cursan sexto año recibieron gran parte del trabajo realizado por promociones anteriores, aunque también debieron continuar desarrollándolo.
Castro recordó que algunos años atrás un grupo de alumnos había ganado un concurso local gracias al diseño de una canillera fabricada con plástico reciclado.
Aquella experiencia fue la semilla de todo lo que vino después.
"Esos mismos estudiantes fueron impulsando la construcción de la inyectora y empezaron a armar todo el sistema. Después seguimos incorporando mejoras y nuevas herramientas", señaló.
Con el tiempo se sumaron otras máquinas, nuevas matrices y diferentes procesos productivos.
El resultado fue la creación de una pequeña planta de reciclado educativa dentro de la escuela.
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De una tapita al producto terminado
El recorrido que realiza una simple tapita de gaseosa parece sencillo.
Pero detrás existe un proceso completo que los estudiantes aprenden paso a paso.
Katia Melano, alumna de sexto año, explicó que gran parte del material se recolecta dentro de la propia institución.
"Las tapitas se juntan en la escuela, se separan por colores y después pasan por la trituradora", contó.
Una vez trituradas, las partículas plásticas son almacenadas y clasificadas para ingresar posteriormente a la inyectora.
Allí comienza la etapa más técnica. Los alumnos deben controlar temperaturas, verificar sensores, monitorear el funcionamiento de los sistemas eléctricos y preparar las matrices donde se moldearán las piezas.
Cuando el plástico alcanza la temperatura adecuada se derrite y es inyectado dentro del molde.
Minutos después aparece el producto terminado.
Canilleras, macetas, trompos, tapones para sillas y piezas de diferentes usos forman parte de la producción actual.
Algunos de esos objetos ya fueron comercializados en exposiciones escolares y ferias educativas.
Las macetas, por ejemplo, se vendieron acompañadas por plantas y despertaron gran interés entre los visitantes.
Pero más allá de las ventas, el objetivo principal es que los estudiantes comprendan cada etapa del proceso industrial.
Desde la recolección de la materia prima hasta el producto final.
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Del discurso a la acción
En tiempos donde abundan las campañas de concientización ambiental, los alumnos destacaron que este proyecto les permitió pasar de las palabras a los hechos.
Melano aseguró que uno de los aspectos que más la motivó fue precisamente el impacto concreto que genera el trabajo.
"Cuando me enteré del proyecto me gustó mucho porque aplica realmente el reciclaje", afirmó.
Mario Bacer coincidió y sostuvo que la experiencia les permitió comprender la importancia de la economía circular desde una perspectiva práctica.
"Hay muchas campañas sobre contaminación, pero no siempre se ven acciones concretas. Acá nosotros podemos ver el resultado final de lo que hacemos", señaló.
El proyecto también les permitió comprender que los residuos pueden convertirse en recursos. Cada tapita recuperada deja de ser un desecho para transformarse en materia prima.
Y cada objeto fabricado demuestra que el reciclaje puede generar valor.
Por ahora, el trabajo se concentra exclusivamente en tapitas plásticas debido a cuestiones de espacio y almacenamiento. Sin embargo, los docentes no descartan ampliar la experiencia en el futuro.
Aprender haciendo
Uno de los aspectos más interesantes del proyecto es la metodología de enseñanza.
Castro explicó que decidieron invertir el esquema tradicional de aprendizaje. En lugar de comenzar con largos desarrollos teóricos, los estudiantes se acercan primero a la prácticaLa teoría aparece después, cuando surge la necesidad de comprender lo que están observando.
"Tratamos de que aprendan desde la práctica hacia la teoría", afirmó.
"Cuando ellos tienen una inquietud sobre algo que están haciendo, ahí vamos a buscar la explicación técnica", agregó.
Por eso resulta habitual observar alumnos trabajando simultáneamente con máquinas, manuales, computadoras y tableros eléctricos.
La práctica genera preguntas. a teoría aporta respuestas.
Y ambas dimensiones terminan complementándose.
La propia Katia reconoció que ese sistema resultó fundamental para su aprendizaje.
"Siempre me gustaron más los prácticos. La teoría sola por ahí me cuesta más. Pero cuando lo hacés y después entendés cómo funciona, aprendés muchísimo", expresó.
La estudiante también valoró el acompañamiento docente.
"Tenemos profesores que están siempre enseñando y acompañando en todo el proceso", destacó.
Una puerta hacia el empleo
La experiencia acumulada en el laboratorio ya comenzó a reflejarse fuera de la escuela.
El Ipet 264 mantiene vínculos con distintas empresas de la región a través de pasantías y prácticas profesionalizantes. Entre ellas se encuentran firmas como Macoser, Porta, Acción y otras industrias locales.
Según explicó Castro, varios empresarios ya observaron diferencias entre los estudiantes que participan del proyecto y otros jóvenes que ingresan por primera vez al sector.
"Las máquinas industriales son mucho más avanzadas que las nuestras, pero el proceso es exactamente el mismo. Los chicos entienden cada paso y eso se nota", aseguró.
Particularmente en el área de transformación de plásticos, las empresas valoran que los alumnos comprendan el ciclo completo de producción.
Desde la materia prima hasta el producto final.
Esa formación integral constituye una ventaja importante al momento de insertarse en el mercado laboral.
Los estudiantes coinciden. Después de seis años de formación técnica sienten que poseen herramientas que difícilmente podrían adquirir en otros ámbitos educativos.
Abierto a la comunidad
Además de su función educativa, el proyecto busca fortalecer el vínculo entre la escuela y la comunidad.
Por eso los docentes lanzaron una invitación a emprendedores, empresas e instituciones de la ciudad y la región.
Aquellas personas que necesiten fabricar piezas plásticas o desarrollar prototipos pueden acercarse al establecimiento para analizar la posibilidad de trabajar conjuntamente.
"Muchas veces nos cuesta encontrar nuevos productos para fabricar. Si alguien tiene una necesidad concreta, podemos evaluarla y trabajarla con los estudiantes", explicó Castro.
La propuesta no sólo permitiría ampliar la producción.
También generaría nuevos desafíos de aprendizaje para los jóvenes.
Cada necesidad externa puede transformarse en una experiencia educativa real.
Y cada proyecto puede convertirse en una oportunidad para aplicar conocimientos técnicos en situaciones concretas.
Donde habita la esperanza
Quizás los números, las máquinas y los productos expliquen una parte de la historia.
Pero no toda. Porque lo que realmente llamó la atención durante la recorrida fue otra cosa.
Fue ver a adolescentes interesados por aprender.
Fue observar cómo discutían soluciones técnicas.
Fue escucharlos hablar sobre reciclaje, automatización, programación y procesos industriales con naturalidad.
Fue descubrir que detrás de cada máquina funcionando había docentes convencidos de que enseñar sigue siendo una forma de transformar realidades.
En el Laboratorio Agustín Tosco se respiraban conocimientos, saberes y experiencias.
Pero también algo menos tangible.
Algo que no aparece en los programas de estudio ni en los manuales técnicos.
Esperanza.
La esperanza de que esos jóvenes encuentren mejores oportunidades.
La esperanza de que comprendan la importancia de cuidar el ambiente.
La esperanza de que la educación siga siendo una herramienta capaz de abrir puertas.
Y la certeza de que, a veces, una simple tapita puede convertirse en mucho más que un objeto reciclado.
Puede convertirse en futuro.
