Histórico traspaso de mando
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Lamentablemente, este hecho trascendental que se vivirá hoy no viene acompañado de actitudes dirigenciales tendientes a cerrar la grieta existente en nuestra sociedad. Aunque el abrazo del domingo en Luján entre los presidentes saliente y entrante hace entrever que una nueva cultura política es posible.
El traspaso del mando presidencial que se producirá hoy en la Argentina tiene un significado muy especial para las instituciones democráticas. Es la primera vez desde que irrumpió el peronismo en la vida política del país, que un gobernante de otro signo ideológico puede terminar su mandato tal como lo establece la Constitución.
No se trata de un dato anecdótico. Es un símbolo central de lo que la ciudadanía argentina aspiró a vivir y experimentar desde el retorno a la vigencia de las instituciones luego de aquellas largas y lamentables interrupciones de los procesos democráticos que marcaron la historia reciente.
Lamentablemente, este hecho trascendental que se vivirá hoy no viene acompañado de actitudes dirigenciales tendientes a cerrar la grieta existente en nuestra sociedad. Aunque el abrazo del domingo en Luján entre los presidentes saliente y entrante hace entrever que una nueva cultura política es posible.
En este marco, es preciso señalar que la alternancia en el poder es uno de los pilares de cualquier régimen democrático. Es el basamento sobre el cual se construye la convivencia en un pueblo que apuesta a solucionar sus problemas de manera civilizada, sin agresiones, sin violencia -ni verbal ni de la otra-, discutiendo con altura, dialogando y buscando siempre la mejor alternativa, enterrando los egoísmos y la superficialidad y aspirando siempre a lograr el Bien Común.
Además, el traspaso presidencial se produce en un momento en el que la democracia está cuestionada en muchos sitios del planeta. La erosión a los principios centrales de este sistema de gobierno es una realidad que horada la idea de la vigencia de la institucionalidad. Si bien es verdad que cada vez hay más regímenes considerados democráticos, también es cierto que la calidad de los mismos no hace albergar mayores esperanzas para las libertades en el futuro cercano. Un reciente informe publicado en Europa por el Instituto Internacional para la Democracia y Asistencia Electoral -organismo multilateral que difunde los valores de este sistema- señala que más de la mitad de la población mundial vive actualmente en alguna forma de democracia comparado con el 36% de 1975. Pero también constata que la mitad de ellas han sufrido dificultades serias y que el porcentaje de democracias de alta calidad se ha reducido más de la mitad, de un 48% en 1980 hasta sólo el 22% en el 2018.
La ubicación que se le adjudique a la democracia argentina en esta clasificación dependerá de la óptica con la que se analice la realidad. Es muy posible que integre el amplio espectro de democracias de baja calidad. Puede remarcarse, sin embargo, que en los últimos cuatro años se ha fortalecido la idea republicana. Es más que positivo el hecho de que el fracaso económico del gobierno nacional que se va no haya derivado en situaciones ya conocidas de interrupción de procesos mediante la violencia o a través de la finalización abrupta de los mandatos, con la consiguiente zozobra que estas situaciones han generado en la población.
El traspaso del poder en la Nación -así como en la provincia y en los municipios- asume hoy características históricas, como se ha señalado. Ojalá que los dirigentes políticos de todos los signos ideológicos coincidan al menos en este punto. No es menor que un gobierno no peronista haya terminado su mandato por primera vez en más de medio siglo. Es una circunstancia trascendente, histórica y positiva, aun en medio de todas las turbulencias y padecimientos de una realidad angustiante en lo social, lo económico y lo cultural.
