Henchida de frutos
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Mientras El Ceibo se prepara para disputar el partido más importante de su historia, es necesario reconocer el camino recorrido en estos 83 años de la "flor nacional".
Por Fernando Quaglia | LVSJ
Asociación El Ceibo disputará este miércoles el partido que puede sellar su ascenso a la Liga Argentina de Básquetbol, el segundo escalón nacional de este deporte.
Es, quizás, el encuentro más importante de 83 años de una trayectoria jalonada por numerosos pergaminos que enaltecieron al deporte sanfrancisqueño y que pusieron a los colores azulgranas en lo más alto del básquet cordobés.
Un club de barrio, cercano al centro de la ciudad, pero con identidad propia. Una institución siempre protagonista de los torneos locales, semillero de notables figuras del básquet de la ciudad, muchas de las cuales trascendieron las fronteras lugareñas para encaramarse en la escena nacional.
Vio la luz el 25 de julio de 1943. Un grupo de jóvenes decidió dar el paso para que, con el tiempo, El Ceibo se convierta en una marca registrada del deporte local. Fueron los impulsores de una identidad que persiste y se recrea a través de las generaciones. Es la historia de padres que legaron el amor por esos colores a hijos y nietos. De dirigentes que no dudaron en poner manos a la obra y engrandecer en cada período a su club. Y de enormes figuras del básquetbol sanfrancisqueño, verdaderas raíces de las que se nutre la actual plantilla de la “flor nacional” que buscará dar el gran salto.
Es verdad, no se puede recordar a todos. Pero apellidos ilustres del deporte de San Francisco marcaron la trayectoria de un club señero: Raúl Pidoux, José Godoy, Ángel Cena, César Martínez, el “Patón” Cassetai, Alberto “Pancho” Vega, Ángel “Pero” González, Ricardo Marlatto, Néstor Rivoira, Juan Peiretti, Néstor Possetto, Heriberto Sánchez, Samuel Madrea, el “Flaco” Cambursano, la “Bruja” Martina, Alejandro González, Aldo Manzotti y sus hijos Martín y Gabriel, Matías Tomatis, Germán Fassetta, el “Zurdo” Rosa, los hermanos Nicolini, Martin Muller, Ignacio Revellino y Tiago Tomatis, entre muchos otros, son los estandartes de ese pasado que forjó el actual presente.
Aquí vale una referencia personal. El Ceibo cumplía 60 años. Mis hijos jugaban en las divisiones menores del club. En ese momento, escribí un texto en el que expresaba el sentimiento de un padre agradecido. Un padre que, por herencia familiar está encariñado con otros colores azulgranas del básquet de la ciudad, pero que tenía “la paz interior de saber que nuestros hijos están en buenas manos”.
Porque palpábamos “su alegría desbordante manifestada en cada ocasión en la que colocan la “rojiazul”. Porque veíamos “su satisfacción por vestir esos colores, por sentirse hinchas” y dábamos gracias por “la posibilidad que ellos tienen para forjar y fortalecer amistades que duran toda la vida”.
Ese maestro de periodistas que fue Juan Carlos Brook escribió que “El Ceibo tiene alma”. Es ese espíritu el que cimenta el agradecimiento de tantas familias y la expectativa de una ciudad que aguarda que el éxito en Misiones se transforme en el más notable logro de la “flor nacional”. Esa misma que, gracias a su rica historia, está henchida de frutos.
