Vóley
Helena Cugno y el aprendizaje de competir arriba
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Con apenas 16 años, la jugadora formada en Devoto atraviesa su primera experiencia en la Liga Argentina de Vóley Femenino con San Isidro, sumando minutos, aprendizaje y roce en un año decisivo de su carrera.
El calor aprieta y el entrenamiento no afloja. Arriba, casi a la altura de la tribuna, San Isidro armó dos gimnasios chicos que se vuelven parte del día a día del plantel. “Sí, es insoportable”, se ríe Helena cuando le preguntan cómo se vive esa rutina en pleno verano. Gimnasio por la mañana, pelotas después, y por la tarde otra vez. Doble turno, exigencia, repetición. Todo lo que parece invisible cuando llega el fin de semana y la cancha se llena de luces.
Hele tiene 16, nació en 2009 y cumple 17 en abril. Pero habla como si llevara varias temporadas arriba: frases cortas, ideas claras y una tranquilidad que no suele abundar a su edad. Está en una etapa bisagra: todavía se forma, todavía aprende, pero ya compite en la Liga Argentina de Vóley Femenino, un escenario donde los errores se pagan y el rendimiento se mide sin contemplaciones.
Su historia es simple y, a la vez, contundente. Empezó a jugar a los 5 años. “Arranqué en el mini, en Sociedad Sportiva de Devoto”, cuenta. Y el motivo no es menor: la empujó la familia, la empujó el ejemplo. “Empecé con mi hermana Bianca. Ella me lleva seis años. Empezamos las dos juntas y no dejé nunca. Siempre me gustó mucho”. Desde entonces, el vóley se volvió costumbre, idioma, casa.
En Devoto se quedó hasta el año pasado. Más de una década en el mismo club, el mismo entorno, el mismo lugar. Pero llegó un punto en el que la realidad obligó a cambiar. “El club ya no tenía más jugadoras, había caído un poco el nivel. Yo tenía que pasar a otro club donde pueda entrenar. Me vine a mitad de año a la ciudad”, explica sobre su llegada a San Isidro. No fue un salto caprichoso: fue una decisión de crecimiento.
En San Francisco encontró otra dimensión. Más entrenamientos, más competencia, más estructura y, sobre todo, un plantel que se propuso plantarse de igual a igual ante cualquiera. Ele lo siente desde adentro: “Las chicas me hacen sentir parte, y eso es muy importante. Me siento re confiada dentro de la cancha con las compañeras”. Para una jugadora joven, integrarse sin miedo es tan valioso como cualquier gesto técnico.
Su presente, además, tiene una doble vía: club y Selección. Hace más de dos años que forma parte del proceso nacional y en 2025 vivió uno de esos hitos que te cambian la cabeza: el Mundial U19. El torneo se disputó en Serbia y Croacia, con una gira previa en Polonia, y Argentina terminó en el décimo puesto. “Fue hermosa la experiencia. Un Mundial… representar a Argentina es lo mejor que me puede pasar en la vida”, dice, sin vueltas.
El resultado, incluso, se explica con la lógica de las potencias. “El objetivo de Argentina cuando va a un Mundial es quedar dentro de los ocho. Pero tuvimos un cruce con Italia, que siempre es candidata”. En esa frase hay una mezcla de orgullo y ambición: la sensación de haber estado cerca, pero también la convicción de que se puede dar un paso más.
El salto a la Liga Argentina aparece como otra estación grande. San Isidro arrancó fuerte: giras, rivales pesados y un calendario que te obliga a estar listo desde el primer día. “Los equipos este año son bastante parejos en cuanto al nivel. Nosotras arrancamos con todo y nos vamos planteando objetivos cada fin de semana”, cuenta. Esa idea de “objetivos por weekend” se repite en el plantel y describe bien la mentalidad del grupo: mirar corto, competir largo.
La victoria frente a San Lorenzo marcó un golpe sobre la mesa. “Era un equipo muy duro. Lo pudimos lograr, ganarle 3-0. Fue un logro muy grande para el equipo”, afirma. Y cuando le preguntan si la sorprendió el nivel alcanzado, lo atribuye al trabajo: “Entrenamos muchísimo en la semana. Se ve en el fin de semana todo lo que entrenamos. El entrenamiento que nos puede dar Mauro es clave”.
Si tiene que elegir una característica del equipo, Hele no duda: “Somos un equipo muy aguerrido, que atacamos mucho. En contraataque solemos hacer bastantes puntos. Yo creo que más que nada en el ataque”. Y suma un dato que, para este deporte, pesa: altura y equilibrio. “Somos un equipo bastante alto y parejo. Cada uno en su puesto cumple la función que tiene que cumplir. Funcionamos muy bien”.
En lo personal, siempre jugó en la misma posición. La comodidad no le quita curiosidad: “Con los años vas encontrando cosas nuevas y vas aprendiendo. A mí me gusta mucho”. Esa frase retrata su momento: todavía tiene margen enorme de crecimiento, pero ya entiende que el progreso es una construcción diaria.
También hay un contexto que empuja: el vóley femenino en San Francisco vive un auge que se nota en las tribunas, en los torneos y en la conversación deportiva de la ciudad. “Me encanta que se le dé importancia al vóley. No solo acá: en toda Argentina. Es muy lindo porque es un deporte hermoso”, asegura. En San Isidro, además, el proyecto no se limita a la Liga: copas, buenos resultados y experiencias internacionales completan el panorama. “Durante el año pasado jugamos copas y nos fue bastante bien. En una salimos campeonas y en otra subcampeonas. También jugamos el Sudamericano de clubes. El club apoya mucho y eso está muy bueno”.
Elena sabe que este es un año de decisiones. Termina el colegio y el futuro empieza a apurar. Su sueño es claro: seguir jugando y estudiar. Ya eligió qué: Kinesiología. “Es mi sueño poder seguir con el vóley y a la vez hacer una carrera”, dice. Y mira más allá: “Mi idea es irme a jugar a algún club de Buenos Aires cuando termine el secundario. Allá hay otro nivel, se juega mucho más”.
Mientras tanto, hoy su realidad es San Francisco. Vive en un departamento con Sofi Baldo, metida de lleno en la Liga. El vóley no es un hobby ni un pasatiempo: es identidad. “Significa todo. Desde que lo hago de muy chica es algo que siempre me gustó. En mi familia se vive mucho. Tener a mi hermana al lado me inspira muchísimo. Y tengo una familia que siempre me apoya”.
¿En qué momento sintió que esto podía ser “en serio”? Lo explica como lo explican las que lo viven: no por una epifanía, sino por una acumulación de señales. “Te vas convenciendo cada vez que te pasan cosas lindas: te llaman a concentraciones, te tienen en cuenta, te empiezan a llamar de equipos. Eso hace que digas ‘me estoy ganando un lugar’”, cuenta. Y ahí vuelve la figura de su hermana, sin sombra ni presión, como un sostén. “Es un apoyo siempre. Cuando tengo dudas o un día malo, hablar con ella me ayuda. Somos bastante compañeras”.
Entre el gimnasio que sofoca, las pelotas que vuelan y los fines de semana que exigen, Elena Cugno sigue haciendo lo que hace desde los cinco: jugar. Pero ahora lo hace en un escenario grande, con objetivos grandes y una convicción que no se negocia. La historia recién empieza, pero ya tiene un hilo conductor firme: constancia, familia y una pelota que, por ahora, no piensa soltar.
