Historias de Liga
Gustavo Hidalgo: el recorrido de un goleador
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Desde Brinkmann hasta San Francisco, del baby fútbol a la Primera y de la ilusión al vestuario. La historia de Gustavo Hidalgo se explica mejor desde la Liga Regional: el lugar donde se formó, compitió, volvió siempre y construyó una identidad.
Por Leonela Zapata
La historia de Gustavo Hidalgo no se puede contar sin hablar de la Liga. No como un paso previo ni como un simple escalón, sino como el escenario central de su vida futbolera. La Liga Regional (y las ligas del interior) fueron su escuela y el lugar al que siempre volvió. Ahí se formó como jugador y como persona, ahí aprendió a competir y ahí dejó una huella que todavía se recuerda.
Nacido en Brinkmann, Gustavo dio sus primeros pasos en el baby fútbol y realizó todas las divisiones inferiores en el Centro Social y Deportivo. Allí debutó en Primera y empezó a destacarse como goleador en la Zona Norte, en una época en la que cada domingo era una prueba distinta. Canchas duras, partidos cerrados y rivales que no regalaban nada. “La Liga te curte”, resume, convencido de que ese aprendizaje no se consigue en ningún otro lado.
En esos primeros años se construye el futbolista del interior: aprender a jugar con poco, adaptarse a canchas diferentes y convivir con la presión del resultado. Gustavo lo dice sin vueltas: en la Liga se aprende a ganar, a perder y a bancarse la crítica. “El domingo te juzga”, sintetiza. En ese ritmo semanal empezó a marcar una característica que lo acompañó siempre: la voracidad por el gol y la disciplina para sostenerse.
Ese rendimiento lo llevó, con apenas 18 años, a Sportivo Belgrano. Llegó cuando el club comenzaba a asomarse a los torneos de AFA, pero su formación seguía siendo bien liguera. “Yo venía de Brinkmann y no me conocía nadie. Fueron los mismos jugadores de la Liga los que hablaron bien de mí y me dieron una mano”, recuerda. Ese boca en boca fue clave para abrirle puertas.
En Sportivo encontró un plantel competitivo y un cuerpo técnico que dejó marca. Bajo la conducción de Raúl “Indio” Navarro, Hidalgo fue parte de un equipo que mezclaba talento, experiencia y pertenencia regional. En 1986 convirtió el primer gol de Sportivo Belgrano en un torneo de AFA, pero su recuerdo más fuerte está ligado a la Liga Cordobesa. La temporada 1986/87 fue histórica: el club volvió a salir campeón después de 25 años. La final ante Juniors, con gol de Agustín Dutto, quedó grabada como uno de los grandes hitos. “Era una liga durísima, ganar ahí tenía un valor enorme”, asegura.
Ese Sportivo estaba lleno de nombres que hoy forman parte de la memoria regional: Bussato, Bianchotti, Bringas, Daniel Primo, Marcelo Tórtolo, “Lola Hernández”, Fabián Valle, Mauro Passarelli y tantos otros. “Cualquiera podía ser titular y eso elevaba el nivel”, recuerda. No era solo fútbol: era vestuario, competencia interna y sentido de pertenencia. En el interior, nadie llega por casualidad; llega porque se lo gana jugando.
Ese recorrido también fue el que llamó la atención desde afuera. En 1992, cuando terminó de jugar en Estudiantes de Río Cuarto, volvió a Sportivo. Tras un partido le avisaron que alguien quería verlo en la secretaría. Al entrar, se encontró cara a cara con José Luis “el Tata” Brown, campeón del mundo en 1986. Brown había ido a verlo jugar y quedó interesado en su rendimiento. “Se me aflojaron las piernas”, recuerda. Para un futbolista nacido en Brinkmann y moldeado en la Liga, ese encuentro fue como tocar el cielo con las manos.
Poco después fue llevado a Estudiantes de La Plata. El técnico era el Tata, con Romero como ayudante. Hidalgo hizo la pretemporada completa, jugó amistosos y empezó a integrarse a un plantel con nombres importantes. Todo estaba dado para que firmara contrato y arrancara el campeonato. La historia parecía abrirse hacia el “gran fútbol”, sostenida por lo mismo de siempre: constancia, sacrificio y una mentalidad que no negocia.
A un paso del sueño (subtítulo)
Pero el fútbol le tenía preparada una prueba durísima. En un amistoso previo al inicio del torneo sufrió una grave lesión de rodilla, con rotura de ligamentos, apenas días antes de firmar. Quedó marginado de las canchas durante más de un año. “Todos los médicos me decían que no jugaba más”, recuerda. Fueron meses de rehabilitación, frustración e impotencia, mirando los partidos desde afuera, con la sensación de que el tren pasaba y él quedaba en el andén.
Ahí apareció el jugador que había sido forjado en el interior: el que no acepta el final. Volvió con trabajo, gimnasio y una determinación que se repite en su relato. Hubo un tiempo en el que iba a la cancha y no podía jugar, y la impotencia lo quebraba. Pero se prometió algo: no lo iba a sacar una sentencia médica; lo iban a sacar cuando el cuerpo ya no respondiera. Volvió, y volvió de verdad.
Y como suele pasar en estas historias, el camino volvió a cruzarse con la Liga. Regresó a Sportivo Belgrano, retomó la competencia regional y siguió su carrera en Antártida Argentina, donde disputó un Provincial inolvidable y perdió una final por penales ante Central de Río Segundo. “Si ganábamos, entrábamos en la historia”, dice todavía. En el interior, la gloria y la tristeza conviven a un tiro desde los doce pasos.
Después llegaron Racing de Córdoba y otros destinos, pero siempre con el mismo patrón: equipos protagonistas y ligas exigentes. Jugó en 9 de Morteros, Juniors, Tiro Federal, Chipión, Americano, Atlético San Jorge, Libertad de Sunchales y varios clubes más. Pasó por la Liga San Martín, la Rafaelina y volvió una y otra vez a la Regional de San Francisco.
En todos lados se sintió respetado. No lo atribuye a una magia especial, sino a una forma de vivir el fútbol: tomárselo como un trabajo, cuidarse, prepararse y no fallarle al club que lo contrataba. “Mi viejo me decía: no importa si sos bueno o malo como jugador, lo importante es ser buena persona. Si sos buena persona, te abren las puertas”, repite. En su caso, esa frase se transformó en un modo de estar dentro y fuera de la cancha.
El final de su carrera también fue en clave de Liga. Gustavo Hidalgo se retiró jugando en Chipión, en la Liga Regional, el mismo territorio que lo había formado. Llegó llevado por el padre de Nicolás y Guillermo Burdisso, con quien había compartido vestuarios desde joven, y decidió que ese fuera el cierre a los 38 años. Sin estridencias ni vueltas olímpicas ajenas: fútbol de interior, compañeros conocidos y la sensación de haber cumplido. Donde empezó a aprender, eligió terminar.
También su posición fue cambiando. Empezó como arquero en el baby, pasó por el mediocampo y terminó consolidándose como delantero. Aunque era derecho, muchas veces jugó por izquierda, llegando al área y convirtiendo goles. “Un técnico me dijo que no era cinco, que era delantero. Tenía razón”, sonríe. Adaptarse fue siempre parte del juego.
Para cerrar, Hidalgo no se guarda nada: el fútbol fue todo. Fue su cable a tierra y su familia ampliada. “Me dio amigos, me dio experiencia, me dio vida”, dice. Y aunque su recorrido tuvo momentos de jerarquía y experiencias fuertes, vuelve siempre al mismo lugar. A las canchas del interior, donde cada domingo se aprende a jugar de verdad.
