Grageas evocativas de veranos invencibles
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La Argentina se ha visto azotada durante varios días por temperaturas extremas rozando o superando los 40 grados.
Arden las piedras y el cemento. Ni las sombras tocan el suelo. El cuerpo rezuma sudor. A medida que la hora avanza, el sopor crece en el aire.
Pequeñas descripciones que se ajustan al panorama que se vive desde los últimos días del año anterior, cuando la región central de la Argentina se ha visto azotada por temperaturas extremas. Varios días rozando o superando los 40 grados centígrados obligaron al uso de la tecnología que permite aliviar la sensación térmica y poder atravesar la ola de calor sin mayores padecimientos. Salvo, claro está, que los cortes de energía efectivamente hagan presumir que todas las mañanas veraniegas parezcan las últimas.
Pese al cambio climático, desde siempre se registraron temperaturas similares a las que se vivieron, en especial, durante la última semana. La pregunta, entonces, surge inmediata: ¿qué problemas debieron afrontarse en los tiempos pretéritos cuando el calor apretaba como lo hizo esta semana?
Algunas píldoras de archivo nos pueden ayudar a comprenderlo.
Calor y sequía
La campaña agrícola 1951-1952 padeció una de las peores sequías de su historia, lo que agregó, lógicamente, serios problemas a la economía nacional. Enero de 1952 tuvo parecidas características al actual.
Con el título "Bochorno", un exiguo recuadro en la edición del 4 de enero daba cuenta de la temperatura registrada: 40.4°. Una semana después, el termómetro marcó 42.2. Mientras tanto, "el vecindario se mostraba afligido por la falta de agua a ciertas horas".
La costanera no existía. Por allí pasaban los trenes. La "fresca" ni siquiera asomaba debajo de los árboles. Las plazas y otros espacios verdes podían ofrecer algún tipo de alivio para quienes no encontraban sitios para refrescarse en sus viviendas. El bar podía ser una alternativa, pero para pocos. Y las piletas, solo para algunos sectores acomodados...
Mesa en la vereda, una costumbre que no
se pierde en las noches calurosas sanfrancisqueñas.
En esos veranos en los que la lluvia no aparecía, la preocupación de los vecinos de la ciudad y de los colonos en los campos crecía a la par de los problemas que originaba la sequía. Tanto fue así que en 1962 se publicó en este diario el poema "Palabras pidiendo un día de lluvia", escritas por el escritor mendocino Alfredo Bufano, como un aporte a la plegaria generalizada para que la precipitación se hiciese presente y apagase el fuego de las altísimas temperaturas:
¿Qué se han hecho las nubes? Los vientos, ¿qué se han hecho?
Señor: que llueva un poco; que se oscurezca un poco el ancho cielo; que se abran los caminos invisibles al goce musical de un aguacero.
Que haga un poco de frío, como para cerrar nuestro aposento y quedarnos detrás de las ventanas viendo llover y leyendo algún libro. ¡Que no es dable leer sino lloviendo!
Señor, que llueva un poco. Que se haga trizas el cristal del cielo. No es porque tenga tierras labrantías, no es porque tenga campos o viñedos o trigales unánimes o ganado sediento.
Yo no tengo nada, a no ser esta flor de mi soledad y mi silencio que se me está secando entre las manos, entre mis flacas manos de labriego.
¡Señor, que llueva un poco!
El agua, siempre un problema
Las reiteradas advertencias actuales que reclaman el uso racional del agua permiten remontarnos a épocas en los que era un bien más que escaso. Hasta entrada la década de los años 80, la postal veraniega de muchos barrios mostraba a los vecinos cargando baldes y bidones, haciendo cola incluso en las esquinas para abastecerse de agua potable en las canillas que allí habían sido emplazadas.
La escasez de agua fue una preocupación de la comunidad de San Francisco a lo largo de toda su historia. La situación sanitaria derivada de estas carencias fue agravándose rápidamente y generó numerosas epidemias. Las distintas administraciones municipales nunca cejaron en su esfuerzo por asegurar el abastecimiento. Sin embargo, algunas soluciones que se intentaron, rozaron el disparate. Botón de muestra es el siguiente párrafo relatado por el recordado periodista José Alberto Navarro: "En 1916, un ingeniero llamado F.G. Garland Ford, le aseguró al intendente Tristán Paz Casas que estaba en condiciones de localizar "agua buena y en abundancia", mediante el uso de una máquina magnética de su invención, el bathidroscopio. Después de varios días de confuso trajinar, Garland Ford logró extraer en la zona de Frontera dos damajuanas".
Ya en 1924 se había acordado como la posibilidad más factible traer agua desde Villa María. Pero todo se dilató. Recién en 1948 se inauguró el primer acueducto. Y mucho tiempo debió pasar para que la ciudad gozara de una extensa red domiciliaria.
Los veranos extremos siempre fueron duros, pero sin agua...
Suspensión de clases
No solo en enero el calor aprieta. En diciembre de 1962 se interrumpió abruptamente el dictado de clases en el Colegio San Martín. La combinación de calor intenso y falta de agua determinó que el inspector de Sanidad Escolar, el doctor Emilio Fantín, enviara la siguiente comunicación al rector, profesor Luis Antonio Scocco: "En contestación a su atento requerimiento, esta inspección, ante la falta absoluta de agua que se presenta en el establecimiento desde hace cuatro días y el estado precario y ruinoso en el que se encuentran los baños y artefactos sanitarios de los mismos, y las altas temperaturas (40 grados a la sombra) y previa consulta a Obras Sanitarias (distrito local), que manifiesta la imposibilidad de la normalización del servicio, esta inspección aconseja, con el fin de evitar posibles epidemias por la falta de higiene, la suspensión de las clases en los días que restan para cumplimentar el calendario".
"Añoradas" barras de hielo
En cada familia había un encargado de "picarlas" y depositar sus restos en el lugar propicio. En tiempos sin energía eléctrica, su albergue eran las heladeras. En las fiestas de fin año, también los fuentones se convertían en anfitriones de su fría dureza. Con el pasar del tiempo, la barra de hielo se hizo famosa por aquel personaje de Titanes en el Ring.
En el pasado sanfrancisqueño fueron varias las fábricas, pero el apellido Cartier quedó asociado a su fabricación.
Algunas perlas del archivo de LA VOZ DE SAN JUSTO dan cuenta de la importancia del aporte esencial de la barra de hielo para aliviar el calor infernal del verano para nuestra comunidad. Tanto es así que era motivo de intervención de las autoridades municipales.
El 4 de enero de 1956 se reclamó por la falta de hielo en las tres fábricas que "hay en San Francisco, que están trabajando normalmente". Se informó que los vecinos deambulan de una a otra sin conseguir el hielo para sus heladeras. Se comentó que "el hielo que falta sale de la ciudad y si sale, se especula con el mismo a expensas de nuestro vecindario".
Un año después, en octubre de 1957, el Frigorífico Felmar SRL, comunicó a revendedores y clientes que, por razones ajenas a su voluntad, no podría fabricar hielo en el próximo verano. También agradeció a todas las personas que han contribuido con su esfuerzo para hacer posible el máximo rendimiento de las instalaciones en funcionamiento continuado. El día 3, LA VOZ DE SAN JUSTO comentó que la Municipalidad debería intervenir para procurar una solución al problema que decidió a los empresarios a no producir hielo. Se indicó que en el verano 1956/57, tres fábricas de barras no dieron abasto a la ciudad de 35.000 habitantes, por lo que el panorama para el próximo verano sería peor por la falta de hielo, considerado de primera necesidad. Además, en los domicilios particulares, quienes poseían heladeras eléctricas, sufrían continuos cortes en el servicio por lo que su producción familiar, también se resentía.
Días más tarde, ya en noviembre, la Dirección General de Comercio y Abastecimiento de la provincia, fijó los precios para la venta de hielo cristal en San Francisco para todo el verano, desde el 1 de diciembre. En fábrica, al mayor, por barra $ 5,90; al menor, $ 6 y en fracciones menores $ 6,10. Venta en reparto: una barra de 25 kilos, al minorista $ 7 y al público $ 7,50; media barra, 12,500 kilos, $ 3,50 y $ 3,75; tres cuartos de barra, 6,150 kilos, $ 1,75 y $ 1,90 y un octavo de barra, 3 kilos, al público $ 0,95. Los fabricantes debían comunicar a la municipalidad su producción y venta y sus existencias en cámara a última hora de los sábados. Tanto los fabricantes como los vendedores, debían estar inscriptos y autorizados por el municipio para ejercer su comercio.
"Todas las mañanas de verano parecen las primeras del mundo. Todos los crepúsculos parece que van a ser los últimos: agonías solemnes anunciadas a la caída del sol por una última luz que carga todos los tintes", escribió Albert Camus. En esa estación, el escritor nacido en la Argelia francesa "volvía a encontrar la antigua belleza" y ponderaba su suerte, comprendiendo que "el recuerdo de este cielo no me había abandonado nunca".
¡Qué calor! Expresión que nunca nos abandona en estos meses. Y que recordaremos cuando la oleada sofocante haya pasado y el cielo se oscurezca preanunciando la tan esperada lluvia. Tanto que, tomando prestada la frase de Camus, en mitad del invierno aprenderemos por fin que había en nosotros un verano invencible.
