Análisis
Fútbol: de escándalo en escándalo
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Los escándalos frecuentes en las canchas y fuera de ellas destrozan la confianza, agigantan la violencia y merman el interés por el deporte más popular. Salen a la luz las miserias de un sistema en el que a nadie le asombra que se hable con total naturalidad de arreglo de partidos o de árbitros “comprados”.
La lista es larga. Pero es importante la enumeración. Una liga de fútbol en el país del seleccionado campeón del mundo que no es una liga: son dos torneos cortos en los que no se compite contra todos los demás. Un deporte en el que la inflación de equipos solo complace a algunos dirigentes. Competencias de ascenso de similar condición. Cambios de reglas a mitad de camino. Otorgamiento de título de campeón de un certamen que no existió. Falta de respeto a las instituciones del interior en beneficio de las asentadas en el Amba.
Hay más. Un sistema de descensos que no se aplica en ningún otro país. Un calendario caótico, invención de copas con objetivos solo económicos, partidos sin público visitante pese a los anuncios que se hicieron a principios de este año, habilitación de estadios totalmente inadecuados para el fútbol profesional, declaraciones que reniegan de modelos exitosos de las principales ligas del mundo con argumentaciones obsoletas, afirmaciones que promueven el juego limpio financiero que no se cumple en casi ningún caso. Y, como si todo esto fuese poco, barras que siguen impunes, un presidente de la AFA arrogante e impresentable, un obsecuente y violento secretario de la misma entidad que actúa como si fuera un barrabrava y el silencio que aturde de la dirigencia ante las crecientes sospechas sobre beneficios para algunos clubes cercanos al poder a través de arbitrajes directamente escandalosos.
Esta es la realidad del fútbol argentino. Del deporte que es pasión en el país. Que tiene deportistas de élite. Con un seleccionado que siempre ha estado entre los más poderosos. Pero que convive dramáticamente con un estado de desorganización, deterioro y sospecha que devalúa los logros y destroza la ilusión de miles de aficionados.
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En un ambiente dominado también por las casas de apuestas deportivas que pueblan el frente de las más prestigiosas camisetas, los aficionados al fútbol encontraron otro divertimento: predicen cómo un árbitro beneficiará a alguno de los equipos que pertenecen a la órbita de los principales capitostes del ente rector del fútbol argentino. Un claro ejemplo fue el encuentro entre Huracán y Barracas Central -en el que hasta su estadio lleva el nombre del titular de AFA-, donde estaba en juego la clasificación a los octavos de final y la eventual posibilidad de acceder a los certámenes internacionales. Los “desaciertos” del árbitro de ese encuentro son tan evidentes como lamentables: dos penales inexistentes, varios fallos sesgados y hasta una amenaza contra el freyrense Frank Kudelka, director técnico del “Globo”.
El escándalo de ese cotejo se repite, con menos dimensión mediática, en numerosos otros partidos de las categorías del ascenso. En todos los casos salen a la luz las miserias de un sistema en el que a nadie le asombra que se hable con total naturalidad de arreglo de partidos o de árbitros “comprados”. Demostración de que solo cabe resignarse frente a la crisis moral que nos envuelve en muchos ámbitos, incluido el fútbol.
La frutilla fue el otorgamiento de un campeonato a un equipo que tuvo una buena temporada, pero que no compitió nunca por ese certamen. Es lógico: el torneo no existió hasta que se les ocurrió a los personajes que gobiernan el fútbol. Un despropósito más que se complejizó con el “espaldazo” y el escándalo que promete más capítulos por esta acción de jugadores de Estudiantes de La Plata
Decía el gran periodista deportivo cordobés Víctor Brizuela: “El fútbol es la cosa más importante de las cosas menos importantes”. En la Argentina, la frase tiene vigencia por la pasión con la que se vive este deporte. Pero esa simple escala axiológica está derrumbándose: los escándalos frecuentes en las canchas y fuera de ellas destrozan la confianza, agigantan la violencia y merman el interés por el deporte más popular.
