Fútbol, crisis y dirigentes barrabravas
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El presidente de la Nación afirmó en conferencia de prensa que el fútbol argentino vive una crisis muy profunda y ratificó su decisión de terminar con el engendro del Fútbol para Todos que terminó por fundir a la AFA y a los clubes.
Inmediatamente, un dirigente de peso y conocido por su frontalidad, tuvo un exabrupto en forma de insulto hacia el primer mandatario, lo que revela no sólo la desesperación de alguna dirigencia que pierde posiciones y privilegios, sino también una conducta más propia de barrabravas que de alguien que debe conducir los destinos de una institución.
Podrá argumentarse que el gobierno prometió en campaña electoral que se seguiría con las transmisiones de fútbol pagadas por el Estado. Podrá incluso señalarse que el presidente conoce como nadie el mundillo de este deporte por haber sido presidente de Boca Juniors. Y podrá enfatizarse en que el Estado no puede desentenderse sin más de una cuestión que él mismo generó, aun cuando haya sido otro gobierno el que la impulsó. Sin embargo, la intolerancia mostrada por el presidente de Vélez Sársfield, Raúl Gámez, lejos está de poder ser justificada de algún modo. Constituye una demostración de la debacle institucional del país que tiene en el fútbol a una de sus mejores vidrieras.
El caos que vive la Asociación del Fútbol Argentino es el producto de desmanejos financieros y autoritarios que se cometieron durante décadas. Escudriñar apenas la superficie de ese pasado no tan remoto permite tomar nota enseguida de las peores conductas, los egoísmos perennes, el sectarismo y la falta de escrúpulos que terminaron convirtiendo al ente madre del fútbol en una entidad cuyo accionar está desde hace tiempo reñida con los principios más elementales de la ética y la moral.
La dirigencia del más popular de los deportes en el país sólo atina a protestar contra las medidas adoptadas por el gobierno. Y apuesta a que sea el Estado el que destrabe la situación entregándole fondos frescos que posibiliten seguir manteniendo estructuras corruptas. Presiona para ello con la suspensión del comienzo de los campeonatos, entendiendo que la población hará oír su reclamo porque la pelota no rueda. Es muy posible que esta posición se enmarque en un voluntarismo perverso. Es que el gatopardismo -cambiar algo para que nada cambie- está en la génesis de ciertos dirigentes que luchan por sobrevivir y mantener sus prebendas.
El fútbol es un hecho cultural sin parangón en la Argentina. Sin embargo, también es un negocio para pocos en el que el Estado nunca debió intervenir. Lo hizo por decisión de un gobierno que, abiertamente, se dedicó a señalar que el Fútbol para Todos era una más de las estrategias de propaganda y manipulación del discurso que llevó adelante durante más de una década. El despropósito que significó su participación en las transmisiones televisivas terminó como tenía que terminar: con los clubes fundidos, los dirigentes convirtiéndose en barrabravas y generándose una agonía de la que será muy difícil salir a flote.
El Estado no debe financiar a las mafias futboleras. La promoción del deporte en el país -una función indelegable de cualquier gobierno- tiene que enfocarse en el desarrollo del deporte amateur, en el apoyo a los deportistas más destacados de todas las áreas y procurando que la población comprenda los beneficios sociales de practicar cualquier disciplina. El fútbol profesional no ingresa en estos rubros. Tendrá que arreglárselas solo. Aunque con la dirigencia que tiene, los presagios no son muy halagüeños.
