Fiestas, violencia, costumbres y cultura
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Lo acontecido en barrio La Milka deja en evidencia que estamos muy lejos de terminar con la anomia que nos aqueja. No es un fenómeno típicamente de nuestra comunidad, pasa en el mundo, pero denota que la pérdida de valores, el deterioro del nivel de vida y la crisis de representatividad son elementos cotidianos.
La declaración del secretario de Gobierno de la municipalidad graficó con elocuencia lo que se vivió en el procedimiento que desbarató la realización de una fiesta multitudinaria en una vivienda de barrio La Milka, donde se habían congregado alrededor de 300 jóvenes que hicieron caso omiso a las disposiciones referidas al distanciamiento social y a las limitaciones en las reuniones sociales.
El funcionario dijo que "fue una locura lo que vivimos". Hizo referencia a lo que encontraron y también a la reacción de numerosas personas presentes que atacaron al personal municipal y a los efectivos de la policía que llegaron al lugar. Es que cuando advirtieron la presencia de las autoridades, muchos escaparon por donde pudieron y varios otros las agredieron lanzando piedras, botellas y otros objetos contundentes.
Se admitió desde el municipio que había un trabajo previo de inteligencia por el que se conoció la preparación de esta reunión que en la que iba a celebrarse Halloween, una festividad absolutamente ajena a nuestra cultura, pero que se ha universalizado aun cuando la mayoría ni siquiera conoce sus orígenes ni su significado. Más allá de esto, la duda es si esa labor anticipatoria podría haber evitado la aglomeración de la gente en el lugar del hecho. De todos modos, lo acontecido también deja en evidencia que estamos muy lejos de terminar con la anomia que nos aqueja.
Por cierto, no es un fenómeno típicamente de nuestra comunidad. En el mundo entero se están expresando manifestaciones de rebeldía frente a las restricciones y prohibiciones que se disponen por la pandemia del Covid 19. Es cierto que muchas de ellas surgen como consecuencia de disposiciones que muchas veces se alejaron del sentido común y ponen el acento solamente en una responsabilidad individual que no existe debido a que el discurso dominante durante mucho tiempo la despreció. Pero no es menos verdadero que la situación actual exige que el distanciamiento social sea uno de los mecanismos imprescindibles para evitar la expansión de los contagios.
Esto último supone que el cuidado social y la educación jueguen un rol central para preservar la salud. Pero solo apelar a la toma de conciencia a veces no es suficiente. Y entonces asoman situaciones lamentables como las que originaron este comentario editorial en las que quedan en evidencia la falta de patrones sociales de convivencia que deberían surgir de una trama educativa sólida forjada entre las instituciones escolares, la familia y los distintos niveles del Estado.
Así, episodios como el relatado se suceden con asiduidad y presentando características cada vez más violentas. La pandemia y la cuarentena han determinado un necesario cambio de costumbres por algunos no asumido, por otros vinculado principalmente a la búsqueda de más poder político y dominación. Asimismo por muy pocos comprendido. Quienes estudian la cultura de los pueblos conocen sobradamente que estas modificaciones no se producen de un día para el otro. Mucho menos en un país en el que la pérdida de valores, el deterioro del nivel de vida y la crisis de representatividad son elementos cotidianos.
