Historias de Liga
Fernando “Batato” Caminos, una vida siguiendo la pelota
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Empezó a jugar a los 4 años en Belgrano, pasó por El Tala, vivió una etapa “profesional” en Devoto y recorrió clubes de toda la región. A los 46, entre la docencia y los viajes, sostiene la misma idea: entrenar para poder jugar y disfrutar hasta el final.
Por Leonela Zapata
Fernando “Batato” Caminos se ríe cuando lo apuran con precisión. No se acuerda exactamente qué dijo hace un rato, menos todavía la edad exacta en la que empezó. Pero en esa risa aparece algo que lo define: la memoria del fútbol no está hecha de fechas frías, sino de escenas, de trayectos cortos y de canchas que se vuelven casa.
“El baby lo empecé a los cuatro años ya estaba en el club Belgrano”, dice. Después lo corrige, o lo duda: “Creo que a los tres me parece que fui. Pero por lo menos a los cuatro años ya estaba”. Lo que no cambia es el cuadro: cruzar desde la casa de los padres y meterse en el club como quien cruza a la vereda de enfrente para encontrar su lugar. En ese hogar estaban Máximo (“Pipi”) y Raquel, sus viejos, los que sostuvieron ese ritual cotidiano sin saber que estaban acompañando el inicio de una vida entera ligada al fútbol.
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Hizo todo en Belgrano. No como frase hecha: literalmente. Y cuando enumera compañeros, los nombres salen con naturalidad de barrio: Federico Pomba, Juan Pablo Reinero, Rubén Lamberti, Alejandro Balkenende, Gerardo Casalis, Eduardo Roca. “La mayoría eran del barrio”, remarca. Algunos venían de las 800, “del barrio de al lado”, y había chicos de Arroyito, pero el núcleo era ese: pibes que crecían con una camiseta como extensión del cuerpo.
La cancha también era un punto fijo. “La cancha está donde está ahora. Siempre estuvo ahí”. Entraban por el mismo lugar de siempre, como si el tiempo no pudiera mover esa referencia. Belgrano tuvo otros espacios, algún predio por avenida Caseros, pero para Batato el fútbol era ese rectángulo del barrio, ese acceso grabado en la memoria.
El salto de Belgrano a El Tala se dio como tantas cosas en el fútbol del interior: por vínculos. Lo llevó el popular “Pichina”, fanático de Belgrano, que iba todos los sábados y trabajaba en El Tala. “Como él estaba en El Tala, nos llevó a la mayoría de los chicos… la mayoría de mis amigos del barrio iban a jugar ahí. Entonces me fui al Tala”.
Ahí aparece uno de los nombres importantes de su formación: Roberto Rivoira. “En ese momento estaba el profesor Roberto Rivoira… y la verdad que nos enseñó un montón”. Y en ese club llegó el primer llamado fuerte, el que te cambia la cabeza siendo pibe: “A los 14 o 15… hubo una serie de lesiones y me llama Roberto, que tenía que ir a concentrar para jugar el domingo en Primera”. El Tala jugaba la zona centro de la Liga Regional y él, todavía chico, empezaba a convivir con el vestuario de grandes.
Cuando habla de aquellos años, le queda una mezcla de orgullo y sorpresa. “Yo era chico”, repite, mientras suelta apellidos conocidos del pago: Marcelo Frócil, el Peta Bernarte, Fernando Bay, Gustavo Boca. Ese tipo de aprendizaje no se enseña en una pizarra: se vive.
Aprender entre clubes y vestuarios
Después vino Córdoba, el estudio y una decisión que no fue fácil. “Cuando terminé la secundaria me fui a estudiar a Córdoba, el profesorado de Educación Física”. Y lo dice como quien marca un cruce de caminos. “Nunca decidí dejar de estudiar”, cuenta. Seguía entrenando, seguía jugando, viajaba los fines de semana. La carrera avanzaba al ritmo del fútbol y el fútbol se sostenía al ritmo de la vida.
Con los años, Batato suma capítulos como quien suma camisetas dobladas en un placard: títulos, vueltas, partidos decisivos. Recuerda con claridad una etapa muy especial en El Tala con Daniel Primo. “Armamos un lindo equipo, salimos campeones. Le ganamos al 9 de Morteros, que tenía un muy buen equipo, y nosotros también habíamos armado uno fuerte”. Nombra a Mario Conti, Pini Luque, el Pez López, Bruno Martelotto, y deja una frase que retrata la época: “En ese momento ganarle al 9 era como lo máximo”.
La final de la zona se jugó en casa: “Con Centro… en cancha del Tala, y salimos campeones”. Y cuando habla de esa cancha, la ubica con precisión geográfica y sentimental: “Atrás de la bancaria. Hoy hay un loteo ahí”. Había “una casona vieja” que funcionaba como cantina y un cuidador que era parte del paisaje: “Julio, el que mantenía toda la cancha”.
Pero si hay un tramo donde su relato se agranda, es Devoto. Llegó cuando lo fueron a buscar Carlos Mazzola y Javier Troxler. “Me lleva él junto con Javier… y en ese momento el ‘Mingo’ Benso me compra el pase”. Y ahí se quedó muchísimos años, nueve o diez, con varios torneos absolutos y una dinámica poco habitual en la liga: “Nosotros concentrábamos todos los sábados”.
Sociedad Sportiva Devoto también le dejó un gesto que todavía hoy lo emociona, porque en el fútbol del interior el pase no es un detalle: es la llave de tu destino. “Si él no me compraba el pase, no podía llegar a Devoto”. Y cuando se fue, ocurrió algo poco común: “El día que decido irme de Devoto, él me regala el pase”.
Desde ahí, la travesía se volvió carretera: Porteña, Balnearia, Freyre, Centro Social de Brinkmann, Unión de Alicia, La Francia, Suardi. A veces ida, a veces vuelta. “Después me quedo en La Francia dos años”, dice, y recuerda lo que significó ese título: “Salimos campeones… hacía muchos años que La Francia no salía campeón”.
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Jugar mientras tenga sentido
A los 46, el cuerpo marca otra conversación. Ya no es correr por correr: es sostenerse. “Si no entreno, no puedo jugar más”, admite. “Trato siempre de entrenarme, cuidarme”. Por eso también busca bajar el desgaste de los viajes: “Viajé toda la vida, tres o cuatro veces por semana”.
Hoy está en una etapa de cierre abierto, sin dramatismo pero con conciencia. “Creo que va a ser el último año”, suelta, y enseguida se cubre: “Y no se sabe. Mientras tengas ganas”. Después lo dice con claridad: “Ya son 46 años y también hay que darle lugar a los chicos que vienen más atrás”.
Cuando le preguntan dónde siente que está “su casa”, no se pone romántico. Es honesto: “Por los años, Devoto fue uno de los lugares donde me sentí más cómodo”. Pero enseguida abre el mapa: “En los clubes donde voy me abren las puertas y me hice un montón de amigos”.
También está su otra vida: la docencia. “Siempre trabajé de profe, nunca dejé la profesión”. Habla de escuela, de Educación Física, de proyectos, campamentos y viajes, de “sacar a los chicos” para que “conozcan otras cosas”. Ese Batato no es el del vestuario: es el de todos los días.
Y hay un momento que funciona como cierre emocional del recorrido: entrar a una cancha con su hija. “Mi sueño siempre fue entrar con mi hijo a la cancha, y lo pude hacer. Entré con Cayetana”. La escena tiene ternura y orgullo: “La hice de Boca como yo… quiero llevarla a la Bombonera”. Sabe que con dos años quizá no se acuerde.
El fútbol, en su vida, no fue una línea recta. Fue una trama: barrio, clubes, sacrificios, rutas interminables y vínculos que quedaron para siempre. Batato no habla de retirarse: habla de seguir mientras tenga sentido. De entrenar para poder jugar. De jugar para disfrutar. Y cuando llegue el día de colgar los botines, no será una despedida, sino apenas otra forma de seguir entrando a la cancha.
