Femicidios de ayer, hoy y siempre: el caso de las hermanas Linares en La Milka
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Uno de los crímenes más antiguos, el anteriormente llamado "pasional", que se cuenta casi sin modificaciones desde la década del cuarenta -fecha del presente episodio- a la actualidad. Dos mujeres que dan la vida para proteger a su hermana de la expareja. Podría ser "La bestia humana, segunda parte", pero es otro capítulo en la larga lista de crímenes contra mujeres en San Francisco.
Las mujeres como propiedad. Si no sos mía no sos de nadie.
Palabras más, palabras menos, se puede encontrar cantado en todas las épocas y estilos, en todos los idiomas. Porque está instalado en el imaginario popular machista. Es uno de los dogmas básicos del culto, uno de los más antiguos.
Esta crónica, segunda parte de "Femicidios de ayer, hoy y siempre", también podría ser continuidad de otro capítulo anterior, "La bestia humana", porque no le caben muchos otros apelativos a su protagonista.
Domingos a la siesta. Sinónimos de tranquilidad en San Francisco desde siempre. Doble tranquilidad en barrio La Milka, barrio ferroviario por su cercanía con la Estación Santa Fe, en el extremo sureste de la urbe. Los disparos y los muertos se veían muy lejanos en los titulares, del otro lado del Atlántico, en una Europa otra vez en guerra.
Arsenio Ñáñez, jornalero de 36 años. Domiciliado en dicho sector, donde alquilaba una pieza, se dirigió esa tarde hacia la casa de la familia de María Mónica Linares, a unos cien metros, para ver el hijo que ambos tenían en común, un niño de tres meses de edad.
Ñáñez había estado casado previamente y tenía otros hijos. La crónica periodista asegura que los había abandonado a su suerte. Luego había entablado relación con María Mónica, de 20 años. Pero la mujer había terminado la relación a pocas semanas de nacer el niño y había vuelto a vivir a la casa de su padre, José María, y sus hermanas. Desde entonces, en la finca a pocos metros de los portones de la estación ferroviaria, en una calle por entonces sin nombre que desembocaba sobre Av. 9 de Septiembre, esperaban una reacción violenta de Ñáñez.
Esa tarde, alrededor de las 14, el hombre estuvo un rato junto a su hijo y la madre. Aparentemente, le exigió que retomaran la relación y la mujer se negó. Él se retiró a su pensión. Aprovechando que José María no estaba en casa con sus hijas, buscó una escopeta calibre 16 de dos caños. Siendo las 15.30 volvió de los Linares. Esa era la reacción violenta.

Tiros y culatazos en medio de la calle. La tranquilidad única de un domingo a la siesta en San Francisco, en la década del cuarenta, se rompió en barrio La Milka con un doble homicidio brutal. (Archivo LVSJ)
A sangre fría
María Mónica lo vio venir. Junto a sus hermanas María Nélida (23) y María Concepción (24) intentaron impedirle la entrada. Adentro no solo estaba el hijo de Arsenio, también los pequeños niños de las otras dos mujeres. Pero poco pudieron hacer entre las tres frente al físico y el ímpetu del hombre.
María Concepción intentó huir por una ventana. Arsenio le descerrajó un escopetazo por la espalda, a menos de un metro de distancia. La mujer cayó gravemente herida sobre una cama cercana.
El segundo disparo no se supo para quién era, porque se trabó en el caño de la escopeta. Las dos hermanas lo advirtieron y se fueron encima de Arsenio. Con un palo de escoba y una tranca, empezaron a golpearlo, mientras él usaba la escopeta de escudo. María Mónica, extenuada, huyó finalmente hacia un almacén situado en las cercanías.
María Nélida, al verse sola, intentó imitar a la hermana. Tomó en brazos a su hijo de dos años y corrió hacia la calle. Pero Arsenio salió detrás de ella y la alcanzó antes de que llegara a la esquina. Usando la escopeta como maza, le descargó un golpe en la cabeza. La mujer cayó al suelo y soltó al niño, que se quebró un brazo. Ella logró ponerse de pie e intentó una nueva huida. En medio de la calle, el hombre le dio un segundo golpe en la espalda con la escopeta. María Nélida volvió a caer y ya no se levantó. Arsenio siguió pegándole hasta partir el arma. La mujer ya no mostraba signos de vida.
María Mónica, la mujer a la que el asesino había ido a buscar en primer término, no estaba al alcance de su vista. Decidió volver tranquilamente a su pensión a cambiarse la ropa, lavarse y salir hacia el centro.
Un asesino no tan despreocupado
Juan Panero, de la división de investigaciones de la policía, logró interceptarlo en la esquina de los bulevares Sáenz Peña e Yrigoyen. Arsenio acató la orden de detención sin resistencia, diciendo que se dirigía justamente a entregarse.
Sus dos víctimas y el niño quebrado fueron trasladados al Hospital Iturraspe. María Concepción dejó de existir a las 23.30 del mismo día y su hermana tres horas después.
Ñáñez fue alojado en dependencias policiales. Quienes trataron con él informaron que se mostró sereno en todo momento, manifestando "cínica despreocupación" y satisfacción por lo hecho. Probablemente exageraron, porque para ser justos con él, no es que estaba del todo tranquilo: una y otra vez demandó la presencia de las autoridades policiales para plantearles preguntas sobre el resultado de los partidos de fútbol del domingo a la tarde. Luego sí, cumplió su condena en la cárcel.
