El triunfo del sentido común
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El fútbol nos une. Y nos separa. Nos enrosca en discusiones sin sentido. Y nos reúne cuando exhibe valores en los que podemos reconocernos. La misión estaba cumplida. Por eso celebramos como lo hicimos. Ojalá podamos, algún día no tan lejano, mirarnos como pueblo y repetir "ya está"
El fútbol mundial se rindió a los pies de Lionel Messi y de la selección argentina que se consagró campeona del mundo en Qatar. La alegría desbordó las calles de todas las poblaciones del país. Ávidos de celebrar, los argentinos nos entregamos a un ritual que parecía perdido: congregarse en los sitios más emblemáticos de cada lugar para compartir el regocijo por la conquista deportiva.
También lo hicimos en reconocimiento a la tarea de un grupo de jóvenes, liderados por un cuerpo técnico también joven. Más allá de algunos gestos no correctos o de palabras inadecuadas que pueden ser atribuidos a la descarga de la tensión que supone una competencia deportiva del más alto nivel, la selección expuso virtudes que lejos estuvieron del estereotipo del argentino que supimos pergeñar para que otros critiquen, a veces con fundamento.
Es dable esperar, por otra parte, que se terminen las discusiones y comparaciones en torno a figuras que, siempre, aun en las derrotas, dejaron bien alto el prestigio del deporte argentino y que, felizmente, sintieron siempre el orgullo de representar a su país. Un país con suerte de haber acunado y formado a deportistas de elite. La sentencia del escritor Martín Caparrós es elocuente para graficar esta circunstancia: "La Argentina podría haber producido jockeys pluscuamperfectos, handballistas excelsos, inigualables pelotaris, golfistas infalibles: nada, en principio, lo impedía. Y podía haber dado futbolistas de nivel canadiense, keniata, ruso, boliviano. No digo siquiera malos jugadores: buenos, correctos, interesantes. Era perfectamente posible: nada en la lógica de nuestra historia -de ninguna historia- nos predestinaba particularmente para el fútbol. Y, sin embargo, casi desde el principio la Argentina se convirtió en uno de los centros del mundo futbolero". Es que "más de 190 países que saben que no pueden esperar el triunfo más esperado. Nosotros, argentinos, sí. Debe ser una compensación por vaya a saber qué".
El fútbol nos une. Y nos separa. Nos enrosca en discusiones sin sentido. Y nos reúne cuando exhibe valores en los que podemos reconocernos. En este marco, la tapa de papel de este diario de la edición del lunes 19 de diciembre es el símbolo de unidad que grafica lo mejor de nuestra comunidad. Aun cuando pudieron observarse imágenes de desmesura, toca fibras sensibles que miles de sanfrancisqueños hayan compartido el espacio más céntrico de la ciudad, para celebrar, en unidad, el ejemplo de hidalguía y de fiereza bien entendida con la que nuestros futbolistas en Qatar se levantaron de un golpe durísimo e hilvanaron una campaña excepcional.
Porque, independientemente de las cuestiones opacas que nublan el panorama del fútbol en el país y en el mundo, los hoy campeones mundiales quizás hayan comenzado a recorrer el mismo camino que trazaron los integrantes de la denominada generación dorada del básquetbol. Profesionales que se brindan por entero para representar a su país y que, por su capacidad, talento y sentido grupal, demuestran la capacidad de alcanzar los mejores logros, cuando se privilegia el sentido común que ubica las cosas en su justo término, en detrimento de la desmesura, la polémica estéril y la mal entendida viveza.
"El único medio de acceder al denominado sentido común, que debiera ser el objetivo principal de nuestros esfuerzos, es perseguir cada cosa hasta el último extremo, de suerte que no quede la menor idea oscura, intentando descubrir las deficiencias, mejorarlas o indicar, a este propósito, algo aún más perfecto". La frase pertenece a Georg Christoph Lichtenberg, un escritor y científico alemán que vivió en el siglo XVIII. Así, la consagración en Qatar refleja con claridad que los logros, en cualquier ámbito de la vida, son producto de la resiliencia, la perseverancia y la insistencia que, sin caer en la obcecación que obstaculiza, procuran alcanzar objetivos y mejorar la realidad.
Messi, al dirigir la mirada a su familia para dedicarle la victoria, pronunció dos palabras que coronan su brillante trayectoria deportiva: "Ya está", dijo. La misión estaba cumplida. Por eso celebramos como lo hicimos el pasado domingo. Ojalá podamos, algún día no tan lejano, mirarnos como pueblo y repetir ese "ya está". Quizás, volviendo a Lichtenberg, será preciso internalizar que "sin sentido común no hay virtud".
