Historias de Liga
El “Toro” Acuña y un camino bien del interior
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Arrancó en Morteros, se curtió lejos de casa, pasó por el fútbol grande y hoy dirige en la elite. Pero su historia no se explica desde los resultados: se entiende desde el camino.
Por Leonela Zapata.
Hay historias que no empiezan en una cancha grande ni en una pensión de AFA. Empiezan en una plaza, en un club de barrio, en un lugar donde nadie mira pero todo se construye. La de Gerardo “Toro” Acuña es una de esas. Porque antes de dirigir en Primera División, antes de enfrentarse a River o Racing, hubo un pibe que entrenaba solo, sin estructura, sin más herramientas que la voluntad. “En ese momento me entrenaba solo, en la plaza o donde encontraba lugar”, recuerda, y en esa frase hay más que una anécdota: hay una forma de entender el fútbol.
Su historia arranca en Morteros, como tantas otras, con una pelota y un club. Primero en Tiro Federal, después en 9 de Julio, donde rápidamente empezó a marcar una diferencia que no tenía tanto que ver con el talento como con la cabeza. “Arranqué a los 6 años y a los 15 ya estaba debutando en Primera”, cuenta. No era habitual, pero tampoco fue casual, porque desde muy chico entendió que el camino iba a exigir algo más. Mientras otros transitaban el fútbol como un juego, él ya empezaba a construirlo como una profesión. “Siempre me preparé para ser lo más profesional posible”, dice, y en ese contexto eso significaba decisiones concretas: no fumar, no tomar, entrenarse incluso fuera de horario, sostener hábitos que en ese momento no eran comunes.
Ese proceso estuvo acompañado por otra decisión clave: irse de su casa siendo muy joven. San Francisco, la “escuela de trabajo”, una vida distinta. “Eso me ayudó a madurar mucho más chico”, explica, recordando un tiempo sin celulares ni redes sociales, donde la distancia se sentía de verdad. “Hablaba con mi familia cada 15 días”, agrega, aunque lejos de afectarlo, ese desarraigo lo fortaleció. Lo preparó para lo que venía después, que no era menor.
La prueba en Boca Juniors fue el primer gran salto. Cientos de chicos buscando un lugar, una oportunidad. “Habían como 500 jugadores y en ese grupo quedé yo solo”, recuerda. Ahí el fútbol dejó de ser local. Se volvió exigente, competitivo, real. Entrenamientos cerca de jugadores de Primera, nombres que hoy parecen lejanos pero que en ese momento eran parte del día a día. Y sin embargo, hay una frase que explica cómo atravesó ese momento: “Uno cuando es chico no toma dimensión de dónde está”. Y en su caso, eso fue una ventaja. No se mareó, no se deslumbró, siguió siendo el mismo.
El apodo “Toro” también tiene su historia y nació en su paso por inferiores de Boca. “El sobrenombre viene de Inferiores de Boca, cuando yo llego en el año 96… había estado Roberto Acuña, un paraguayo, al que le decían de la misma manera, y quedó muy rápido”, recuerda. Desde entonces, el nombre lo acompañó en toda su carrera, al punto de que muchos lo identifican más por el sobrenombre que por su propio nombre: el fútbol le dio una nueva identidad.
Después vinieron Unión de Santa Fe, Atlético Rafaela y la experiencia en la B Nacional, donde compartió planteles con jugadores importantes y vivió el profesionalismo desde adentro. Pero su historia no se acomodó en ese circuito ni tomó el camino más visible. Volvió al interior, a ese fútbol que no siempre tiene cámaras pero sí una intensidad que no se negocia. “Después anduve por todos los federales”, resume, y en esa frase hay años de recorrido, de viajes, de adaptaciones constantes.
En ese recorrido también hubo nombres que marcaron etapa y contexto, compañeros que ayudaron a dimensionar el nivel en el que estaba. En su paso por el fútbol profesional compartió plantel con jugadores que luego hicieron carrera, como Marcelo Barovero, Ezequiel Medrán, Gonzalo Del Bono o Iván Juárez, además de otros como Mauro Gerk o el paraguayo Bonet. “En ese momento uno convivía con todo eso y no tomaba dimensión, pero con el tiempo te das cuenta del nivel que había”, recuerda. También, en sus primeros tiempos en Boca, tuvo la posibilidad de entrenar cerca de figuras como Diego Maradona, Claudio Caniggia, Juan Sebastián Verón o el Kily González, experiencias que, aunque en su momento parecían naturales, terminaron siendo parte de una formación única.
Pasó por Sportivo Belgrano, por Atenas de Río Cuarto, por General Cabrera y por otros tantos clubes, siempre encontrando la forma de seguir. Empezó como volante ofensivo, con llegada al gol, y con el tiempo se fue acomodando como delantero. “Siempre tuve gol y eso me llevó a jugar de nueve”, explica, dejando en claro que su evolución tuvo que ver con entender el juego y adaptarse a lo que cada equipo necesitaba.
Pero si hay un camino que lo define es el del fútbol de la región, donde construyó su nombre más allá de los resultados. En Sportivo Belgrano le tocó compartir plantel con nombres como Diego Garay y convivir en un contexto competitivo del Argentino B, mientras que en la Liga fue armando equipos y dejando su marca tanto en 9 de Julio como en otros clubes de la zona. “Es un fútbol muy competitivo, donde hay buenos jugadores y técnicos muy preparados”, señala. Ese paso por el interior no solo le dio experiencia, sino también una mirada distinta del juego, más cercana al día a día del jugador, a la realidad de los clubes y al esfuerzo que implica sostenerse.
En esa etapa hay un dato que lo pinta completo: jugó en los dos clubes más importantes de Morteros y también los dirigió. “Soy el único jugador y técnico en los dos clubes”, dice, sin énfasis, como si fuera un detalle más, aunque en realidad habla de alguien que trascendió la rivalidad y se transformó en una referencia del fútbol de la ciudad.
Pero el verdadero quiebre llegó a los 31 años, cuando una lesión de ligamentos cruzados lo obligó a parar. “Fue la única lesión grave que tuve”, recuerda, aunque su impacto fue mucho mayor que lo físico. La recuperación fue tan exigente como su carrera: volvió a jugar en apenas cinco meses, algo que incluso hoy sorprende. “A la noche me iba solo al consultorio del kinesiólogo a hacer rehabilitación”, cuenta, reflejando una vez más esa forma obsesiva de encarar el fútbol. Pero mientras el cuerpo volvía, la cabeza ya estaba en otra etapa.
Porque la idea de ser entrenador no apareció de golpe, venía gestándose desde mucho antes. “Siempre me interesó ser técnico, desde muy chico me llamó la atención todo lo que tiene que ver con el rol del entrenador. Tuve gente que me ayudó y me fue guiando en ese camino. Incluso quise hacer el curso antes, pero me frenaron porque era muy joven. Carlos Stobbia me decía que si empezaba a prepararme iba a acelerar los tiempos… y la verdad es que fue así”, cuenta. Incluso antes de retirarse, ya trabajaba con compañeros, armaba entrenamientos y empezaba a meterse de lleno en ese rol.
Su primera etapa fuerte como técnico fue en 9 de Julio, donde logró resultados importantes. “Ganamos cuatro de seis títulos”, recuerda, aunque rápidamente lleva la conversación a otro lugar: el del grupo, el del proceso. “Siempre traté de llegarle al jugador desde la motivación, desde el deseo de superarse”, explica, dejando en claro que su enfoque no se limita a lo táctico.
Ese recorrido lo llevó a Estudiantes de Río Cuarto. Primero como entrenador de reserva, en un rol formativo, pero en poco tiempo el contexto lo empujó a dar un salto inesperado. La salida del técnico del primer equipo le abrió una puerta que no estaba en los planes inmediatos. “El cambio fue muy rápido”, admite. Y lo fue: en cuestión de semanas pasó del fútbol regional a dirigir en la Primera División.
Sin embargo, no lo vivió como un salto al vacío. “No me costó el cambio”, dice, apoyado en algo clave: conocía el club, conocía a los dirigentes y a varios jugadores. Eso le permitió pararse con naturalidad en un contexto completamente distinto, donde la exigencia es constante y los márgenes son mínimos. “En el fútbol argentino te obligan a ganar todo el tiempo”, explica, describiendo una lógica que atraviesa todas las categorías.
Dirigir en ese nivel implica mucho más que lo que se ve desde afuera. Es sostener un grupo, tomar decisiones bajo presión, convivir con la incertidumbre. Y en ese escenario, Acuña eligió una postura clara: “Trato de mantener los pies sobre la tierra”. Esa frase, sin vueltas, resume su forma de estar.
A pesar del presente, no se despega de su origen. Cuando habla del fútbol de la región lo hace con convicción. “La Liga de San Francisco es una de las mejores, se juega muy bien”, afirma, aunque también señala una limitación estructural: la falta de competencia federal que permita mostrar ese nivel. “Cuando se juegan esos torneos, el jugador se puede mostrar, si no es difícil”, explica.
Hoy, ya instalado en el fútbol profesional, su objetivo es claro. “Mi meta es mantenerme en este nivel, que es muy difícil”, reconoce. Porque llegar cuesta, pero sostenerse cuesta todavía más.
Y en medio de todo eso, hay algo que no cambia. Algo que sigue siendo igual que cuando entrenaba solo en una plaza. “El fútbol es mi vida”. No es una frase hecha. Es un resumen.
De lo que fue, de lo que es y de lo que sigue siendo. Porque la historia del “Toro” Acuña no es solo la de un técnico que llegó a Primera. Es la de un tipo del interior que hizo su camino desde abajo, que entendió el esfuerzo antes que nadie y que nunca dejó de creer. Una historia bien de acá, de las que todavía representan al fútbol en su estado más puro.
