El Tala, 80 años: el club que siempre estuvo ahí
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Nació en 1946 por iniciativa de un grupo de dirigentes y jugadores que soñaron con una institución propia. Ocho décadas después, El Tala ya no pertenece solamente a quienes lo fundaron ni a quienes alguna vez vistieron su camiseta. Su historia también es la de miles de sanfrancisqueños que encontraron entre sus paredes un lugar para crecer.
Por Leonela Zapata.
No recuerdo cuándo conocí El Tala. Simplemente recuerdo que siempre estuvo ahí.
De chica era la esquina de Avellaneda y Larrea por la que pasaba todos los días camino a la escuela. En aquel momento no conocía la historia del club ni sabía quiénes habían sido Arturo Lasso, Héctor Barovero o Humberto Gilabert. Era, simplemente, una esquina más del recorrido de todos los días. Con el tiempo entendí que no era una esquina cualquiera.
Después aparecieron los amigos que jugaban al básquet, el compañero de papá que jugaba la Regional, las chicas que hacían patín, el vóley que fue creciendo hasta convertirse en protagonista, las bochas, las primeras coberturas periodísticas y las incontables veces que volví a cruzar esas puertas para contar alguna historia.
Hace apenas unos meses, mientras el equipo femenino de vóley conseguía en San Juan el histórico ascenso a la Liga A2, el gimnasio del club estaba lleno de familias siguiendo la transmisión por una pantalla. El partido se jugaba a más de 700 kilómetros de distancia, pero el festejo fue en San Francisco. Mientras veía los abrazos, las lágrimas y la alegría de tanta gente, pensé que, probablemente, esa escena resumía mejor que cualquier discurso lo que El Tala significa para la ciudad.
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Y estoy convencida de que no fui la única.
Es difícil encontrar un sanfrancisqueño que no tenga alguna historia vinculada con el club. Siempre aparece un amigo que jugó al básquet, un vecino que pasó por el fútbol, una hermana que hizo patín, una hija que encontró en el vóley su lugar, un abuelo que pasó tardes enteras en la cancha de bochas o alguien que, sin haber practicado nunca un deporte, igualmente siente que El Tala forma parte de su vida.
Quizás por eso cumplir 80 años sea mucho más que celebrar una fecha.
Todo comenzó en 1946, cuando un grupo de jugadores y dirigentes de la Subcomisión de Básquet del Club Atlético San Isidro decidió iniciar un camino propio. Arturo Lasso, Héctor y Oscar Barovero, Horencio Ravetti, Armando Fiore, Juan Carlos Jacquenod, Humberto Gilabert, Dante "Chiche" Godoy y otros apasionados comenzaron a reunirse en una casa de calle Avellaneda con la intención de fundar una nueva institución. No tenían instalaciones, tampoco grandes recursos, pero sí una convicción que terminó siendo mucho más importante: construir un club que los representara.
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El 1 de julio de aquel año eligieron el nombre. El Tala fue la opción que obtuvo la mayor cantidad de votos. Según recordó años más tarde el profesor Humberto Gilabert, el árbol simbolizaba fortaleza y resistencia, dos características con las que aquellos pioneros pretendían identificar a la nueva institución.
Los primeros años estuvieron marcados por el esfuerzo. La compra del terreno, la afiliación a la Federación Cordobesa de Básquet, la construcción de la cancha, las tribunas y la obtención de la personería jurídica fueron pasos fundamentales para consolidar un proyecto que fue creciendo gracias al trabajo de dirigentes, socios y colaboradores que entendieron que un club se construye mucho más allá de los resultados deportivos.
Aunque el básquet fue el punto de partida, El Tala nunca quedó encerrado en una sola disciplina. Con el paso de las décadas fueron encontrando su espacio el fútbol, el vóley, el patín, las bochas y muchas otras actividades que ampliaron la vida institucional y permitieron que nuevas generaciones hicieran propio al club.
También llegaron los logros deportivos. Hubo equipos que marcaron una época, campeonatos que todavía se recuerdan, ascensos que quedaron grabados en la memoria colectiva y deportistas que llevaron el nombre de El Tala mucho más allá de San Francisco. Cada disciplina escribió sus propias páginas y fue aportando nuevos motivos de orgullo para una institución que nunca dejó de crecer.
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Treinta años después del histórico ascenso conseguido por el básquet en 1992, muchos de aquellos protagonistas volvieron a reunirse. Ya no había un partido por jugar ni un campeonato en disputa. Había abrazos, anécdotas y la alegría de comprobar que el tiempo había pasado, pero que el vínculo seguía intacto. Los resultados deportivos habían quedado en los libros; la amistad construida dentro del club seguía tan vigente como entonces.
Algo parecido ocurrió este año con el vóley femenino. El ascenso se consiguió en San Juan, pero la celebración fue en Avellaneda y Larrea . Como tantas otras veces, el club volvió a convertirse en un punto de encuentro donde distintas generaciones compartieron una misma alegría.
Hace veinte años, durante los festejos por el 60.º aniversario, Tito Lamberti, uno de los grandes referentes de la institución, dejó una frase que hoy adquiere un significado especial. "El Tala fue mi vida", dijo sin vueltas. No hablaba de un campeonato ni de una obra en particular. Hablaba de una forma de entender el club, de un sentido de pertenencia que solo se construye con el paso de los años.
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Probablemente haya muchos sanfrancisqueños que, sin haber dedicado una vida entera como Tito, entiendan perfectamente lo que quiso decir. Porque hay lugares que terminan formando parte de uno casi sin darse cuenta.
El Tala fue, para algunos, el club donde aprendieron a jugar. Para otros, el lugar donde hicieron sus mejores amigos. Hubo quienes encontraron allí una pasión, quienes descubrieron una vocación y quienes, simplemente, construyeron recuerdos que todavía hoy aparecen cada vez que pasan por esa esquina.
Hoy ya no paso por Avellaneda y Larrea para ir a la escuela. Paso para cubrir un partido, un campeonato o una historia. Hace unos meses fue el ascenso del vóley. Antes fueron finales de básquet. Otras veces, una entrevista o un simple entrenamiento.
Cada vez que vuelvo encuentro algo distinto. Cambiaron las tribunas, crecieron las disciplinas, se renovaron los protagonistas y las generaciones que hoy ocupan esos espacios ya son otras. Lo que nunca cambió fue la sensación de que detrás de esas puertas siempre está pasando algo.
Cuando termine de escribir esta nota voy a volver a pasar por esa esquina. Seguramente no piense en 1946, ni en los títulos, ni en los dirigentes que hicieron grande al club. Voy a pensar, simplemente, que hay lugares que terminan formando parte de la vida de uno sin pedir permiso. Y El Tala, desde hace mucho tiempo, es uno de ellos.
