Análisis
El tablero mundial vuelve a tensarse
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El mundo está en vilo. Las recientes acciones militares y la crisis abierta en Irán vuelven a tensionar el escenario internacional y ponen en duda la promesa de una política exterior orientada a evitar nuevos conflictos.
Apenas ganó las elecciones de 2024, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, aseguró que el rasgo distintivo de su política exterior iba a centrarse en “detener guerras”. En ese tiempo, su vicepresidente, J. D. Vance, publicó una nota de opinión en The Wall Street Journal, titulada , “¿La mejor política exterior de Trump? No iniciar ninguna guerra”. En ese texto se presentaba a la no intervención en asuntos de otros países o regiones como una virtud estratégica.
La contradicción con lo que actualmente ocurre es evidente: al fracaso en detener la guerra de Ucrania, le siguieron bombardeos en varios países, la intervención en Venezuela y la operación “Furia Épica” que descabezó al tétrico régimen islamista de Irán. A un mensaje que recogía el anhelo de una sociedad hastiada de conflictos, le siguieron acciones que desmintieron aquella promesa antibelicista.
Lo que devino de la acción militar que terminó con la vida del líder iraní Alí Jamenei es una coyuntura de imprevisibles derivaciones, tanto por las diferentes perspectivas del presidente estadounidense y del primer ministro israelí, como por la inestabilidad política que se abrió en el régimen de Teherán. Netanyahu no tiene otro objetivo que terminar con cualquier amenaza de Irán, mientras Trump -como ocurrió en Venezuela- podría conformarse con un Irán debilitado, con escasa capacidad de negociación.
Esta posible diferencia de miradas se enfrenta a varias incógnitas que, pasada una semana, todavía no se despejan. Por caso, no está claro el potencial de resistencia de lo que queda del régimen iraní, ni tampoco qué escenario interno se presenta. En este último punto, los especialistas oscilan entre extremos que van desde la fragmentación racial y territorial hasta una mayor radicalización de la nueva jerarquía, pasando por las brutales alteraciones económicas que surgen de la inestabilidad que afecta a la producción y el comercio de petróleo.
En palabras del prestigioso columnista norteamericano Thomas Friedman, “el régimen enfrenta cuatro grandes disyuntivas: la soledad regional e internacional, ya que apenas cuentan con apoyos reales en el exterior; la fragilidad mostrada ante los sorprendentes ataques de Israel y Estados Unidos; la tensión y el descontento social , que se ha derivado en multitudinarias protestas en los últimos meses; y la sucesión en el poder de Teherán, puesto que con la muerte del ayatolá Alí Jameneí no queda claro qué corriente interna se puede imponer y marcar las prioridades de los iraníes”.
En verdad, la caída del régimen de los ayatolas es lamentada solo por algunos nostálgicos pregones de ideologías extremas y portadores de un antisemitismo inconcebible. Pero se ha abierto una etapa signada por la imprevisibilidad y varios riesgos vinculados más con la política y la geopolítica que con lo estrictamente militar. El desafío pasará por encontrar el modo para evitar que esta guerra termine profundizando la inestabilidad regional y global. Por eso, el mundo está en vilo.
