El señor por el que suenan las campanas de la Catedral
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Tres hombres trabajaron en la automatización del sistema para que las campanas de la Catedral sonaran, pero en la inauguración solo dos fueron mencionados. Hoy el nombre de Ricardo Linares y la historia de ese proceso salen a la luz.
Por Ivana Acosta | LVSJ
En San Francisco siempre todo es polémica, si se saca, se quita, se cambia, llegan o se van. Todo es polémico, a veces también secreto, y la Catedral vaya que tiene de las dos, primero con la construcción que se hizo, después con lo sucedido con los restos de José Bernardo Iturraspe que estaban ahí y como parte de una trilogía "maldita" las campanas también esconden una historia poco conocida.
En general, todos podrán hacerse una idea de que cuando se colocaron en la nueva estructura las centenarias campanas se trató de un despliegue monumental de trabajo humano porque en aquel entonces las grúas de hoy no existían. Una de las personas que pusieron su buena voluntad para subirlas y que el sistema se automatizara fue don Ricardo Linares que tiene ahora 81 años y en esa época era un tornero reconocido en la ciudad.
El "cordobés" como lo llaman en Rosario, ciudad a la que se mudó hace 40 años, todavía recuerda lo sucedido aquel día, también los nombres de las dos personas con quienes trabajó para que la tecnología mejorara el sistema de toque de las campanas. En aquel momento, Ricardo trabajaba de ADAS fábrica de motores eléctricos y se unió al fallecido Raúl Gioino y el ingeniero Alberto para automatizar el sistema del campanario.
"Sucedió que a Raúl Gioino y al ingeniero Alberto nos plantearon la propuesta de hacer la parte de automatización de las campanas, ya tenían las torres hechas siguiendo el proyecto del arquitecto (Rafael) Macchieraldo. Nosotros teníamos que colocar las campanas viejas que las habían bajado antes de derrumbarla ahí con el nuevo sistema", contó con el recuerdo intacto.
Un joven Ricardo siempre bien vestido se preparó por si lo nombraban, pero solo sus compañeros fueron mencionados.
Trabajo de hormiga
En aquella época, salía de la fábrica y junto con Gioino trabajaban en el sistema del campanario, lo hacían con gran emoción porque su trabajo pasaría a la historia, aunque ellos no tomaban mucha dimensión de eso porque solo se valoraría con el tiempo. Fueron varios días de labor hasta que cuando les faltaba poco para terminar les avisaron que el obispo iba a inaugurar la colocación de las centenarias campanas aggiornadas a los tiempos que corrían.
Cuando esa noticia se confirmó fue que vino la ingratitud de los jerarcas de la época, que molesta a otros, pero a don Ricardo le dejó una anécdota que todavía le causa gracia y lo posiciona lejos del egocentrismo.
"El día que las pusieron e hicieron el acto aun no estaba terminada la automatización, tocabas un botón y sonaba, pero lo hicimos desde abajo, yo estaba escondido y le dimos marcha para que se bamboleara y sonara el péndulo. Nunca me lo voy a olvidar a eso", recordó.
"Vino el obispo de Córdoba que las inauguró, agradecieron a Raúl y el ingeniero, yo estaba ahí con mi mujer y mi hija que era chiquita. Gioino me dijo: 'negro te patearon el nido' porque no me nombraron a mí que había trabajado como loco ahí en esa parte. Quedó para siempre la anécdota", expresó riendo por los dichos de su amigo.

Don Ricardo sigue trabajando en su taller a los 81 años y no lo dice pero saca de apuros a grandes artistas del país.
El después
Durante mucho tiempo Ricardo trabajó con un "muchacho Salvagno que lo ayudaba" en el mantenimiento del sistema, hasta que decidió emigrar en busca de un mejor porvenir "porque en San Francisco la mayoría tenía talleres como él y aunque era una ciudad industrial no daba para todos" la ganancia.
"Siempre fui tornero, matricero, hice de todo. Viví en Córdoba y Arroyito y como tenía unos cuñados en Rosario vine acá. Acá tengo un taller donde hacemos mecánica de camiones. Tengo 81 años, me falta poquito para el 5 de enero que cumplo 82 años, pero estoy bien y trabajo, algo que hice desde muy chico cuando era boyero", subrayó.
Ese señor merecía su reconocimiento aquel día como sus otros dos colegas y amigos, quizás haya sido entre la multitud el muchacho mejor vestido porque se puso un traje por si las dudas alguien se acordaba de él, sin embargo, nadie escribió su nombre para el orador y ahora, 55 años después, llega la justa reivindicación porque no importa el tiempo, siempre es mejor que la verdad sea dicha.
