Análisis
El sable corvo de San Martín, un símbolo fundacional atrapado en la grieta
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Resulta triste que, a esta altura de los tiempos, estemos otra vez tironeando el sable del Libertador. Es hora de entender que ninguna facción y ningún gobernante puede disponer arbitrariamente de los símbolos que siempre estarán por encima de las disputas y las mezquindades de las luchas ideológicas.
“El enemigo aparecía a mis pies seguramente a no más de cien yardas. Su bandera flameaba alegremente, sus tambores y pitos tocaban marcha redoblada, cuando en un instante y a toda brida los dos escuadrones desembocaron por atrás del convento y flanqueando al enemigo por las dos alas, comenzaron con sus lucientes sables la matanza, que fue instantánea y espantosa. Las tropas de San Martín recibieron una descarga solamente, pero desatinada, del enemigo; porque, cerca de él, como estaba la caballería, sólo cinco hombres cayeron en la embestida contra los marinos. Todo lo demás fue derrota, estrago y espanto entre aquel desdichado cuerpo. La persecución y el triunfo siguieron al asalto de las tropas de Buenos Aires. La suerte de la batalla, aun para un ojo inexperto como el mío, no estuvo indecisa tres minutos”.
El relato del combate de San Lorenzo, del que se cumplieron esta semana 213 años, pertenece al comerciante inglés G. P. Robertson, quien fue espectador de la batalla al encontrarse de modo fortuito en cercanías del convento donde los granaderos de San Martín aguardaban a los españoles. Esta porción de la crónica que hizo de esta refriega clave en la lucha por la independencia nacional cobra pertinencia como introducción de una polémica que recobró inusitada vigencia y que tiene como protagonista al sable corvo del Padre de la Patria.
Desafortunadamente, el arma que acompañó a San Martín durante su genial trayectoria militar se convirtió, en las últimas décadas, en presa de la lucha ideológica que agrietó a la Argentina. Los descendientes del general donaron el arma a la Nación. Durante mucho tiempo fue expuesto en el Museo Histórico Nacional. Pero en la década de los años 60, grupos de la Juventud Peronista pretendieron apropiárselo y lo tomaron como un símbolo político de la resistencia. Lo robaron en dos ocasiones y luego lo devolvieron. Luego de estos episodios, se decretó que su custodia pase al Regimiento de Granaderos a Caballo en 1967. En 2015, el sable corvo fue depositado otra vez en una vitrina del Museo. Se trató de un acto en el que el kirchnerismo buscó recrear la épica sesentista y devolverle el peso simbólico que la JP le había conferido en aquellos años tumultuosos. Ahora, el gobierno nacional lo devuelve a los granaderos en lo que se presenta como un gesto de restitución y hasta de desagravio a la formación creada por el propio San Martín.
Como era de esperar, la polémica se expandió con rapidez. Los que defienden la decisión del Ejecutivo sostienen que se trata de una reparación histórica, puesto que el sable corvo perteneció al creador del Regimiento de Granaderos a Caballo y, por lo tanto, debía estar bajo su custodia. También se argumentó que el regimiento cuenta con protocolos de seguridad adecuados y que el gesto refuerza valores de tradición, identidad nacional y respeto por las instituciones militares. Por el contrario, algunos historiadores, dirigentes políticos opositores y organizaciones culturales cuestionaron la decisión por considerar que el sable es patrimonio de toda la sociedad. Señalaron que los museos garantizan conservación profesional y acceso ciudadano y también hubo posturas que reafirmaron su rechazo a cualquier reivindicación de nuestras Fuerzas Armadas. También hubo críticas al carácter unilateral de la medida y a la falta de consulta a organismos especializados.
Salvo los extremos, ambas posturas tienen argumentos razonables que podrían converger en una solución que a todos satisfaga. Sin embargo, triste resulta constatar que, a esta altura de los tiempos, nos encontremos otra vez tironeando el sable del Libertador, un objeto fundacional de la Nación que fue propiedad de quien tuvo siempre como prioridad evitar las divisiones y los enfrentamientos que todavía hoy contaminan el ambiente político nacional. Es hora de entender que ninguna facción y ningún gobernante puede disponer arbitrariamente de los símbolos que siempre estarán por encima de las disputas y las mezquindades de las luchas ideológicas.
