El regreso del padre Mario Ludueña a la ciudad “Encuentro a la gente muy sola”
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El párroco de Cristo Rey y administrador de San José Obrero, llegó a San Francisco después de más de dos décadas de ausencia. En la última iglesia fue que encontró su vocación y donde guarda grandes recuerdos de sus primeros pasos en el sacerdocio.
Por Ivana Acosta
La última vez que vi al padre Mario Ludueña (58) yo era una niña, y él ya un adulto que aceptó un nuevo desafío parroquial para irse a ser sacerdote en Luque. La vida nos llevó por distintos caminos pero el sacerdote siempre quedó grabado en mi memoria como uno que le ponía alegría a las misas a las que asistía.
Ahora, el destino - o el Señor como dice él - nos volvió a juntar en distintos roles y con diferentes trayectos. Obviamente él no me recuerda pero yo sí a él. Estamos frente a frente en su casa, no la de Dios, sino la que le provee la parroquia Cristo Rey adonde ahora fue designado.
El padre Mario tiene la misma mirada de siempre y la alegría sigue estando ahí latente, excepto cuando le pregunté sobre cómo encontró la ciudad ya que pasaron más de dos décadas de que partió.
Ahí sus ojos adquirieron el brillo de la gente cuando se emociona y siente cierta congoja en su interior que solo puede expresarse con una lágrima o la pesadumbre. En ese instante no tuvo ninguna duda y le dijo a LA VOZ DE SAN JUSTO: "Veo a la gente muy sola".
Ludueña, ese padre que era joven cuando se fue hace alrededor de 21 años, volvió más maduro pero con el espíritu intacto. Encontró una ciudad diferente, claro que mucho más grande pero socialmente distante de aquel recuerdo que guardaba cuando era el sacerdote de la parroquia San José Obrero (SJO).
Entre todo ese contexto de emoción y reencuentro con la ciudad donde tiene a su familia, volvió para ejercer el sacerdocio en la parroquia Cristo Rey y además, fue designado como administrador parroquial en San José Obrero, donde supo estar hace más de dos décadas y también fue scout siendo adolescente.
El llamado de Dios
Atilio Ludueña, el padre de Mario, fue uno de los fundadores del grupo scout "San José Obrero", su hijo no dudó en enrolarse en las actividades, se crió a la par de la parroquia homónima.
Ya en la adolescencia, sintió el llamado de Dios. "Hace 29 años que soy sacerdote, cuando lo descubrí comencé un proceso que fue desde la resistencia hasta la aceptación y discernimiento", contó en la cocina de su casa.

Fiel servidor de Dios, el padre sintió "tristeza y gozo" al abandonar las parroquias que estaba atendiendo en la región
Sin embargo, las cosas no sucedieron rápidamente como se podría imaginar. Pasaron algunos años hasta que se marchó al seminario. Primero terminó de estudiar y trabajó un tiempo en la fábrica Godeco e hizo el Servicio Militar Obligatorio en la Fábrica de nuestra ciudad.
"Ingresé al seminario en 1980, en un año mariano. Luego en 1989 me ordenaron como diácono y estuve en la (iglesia) Catedral - relató pausadamente- hasta que el 18 de marzo de 1990, en vísperas de San José fui ordenado sacerdote por monseñor Baldomero Martini".
Pasó dos años más en la parroquia San Francisco de Asís y después le dieron un nuevo destino, La Francia, donde compartió el oficio con el padre Gabriel Camusso. "En aquel momento atendíamos también a Colonia San Bartolomé, El Tío y Villa Concepción del Tío, creo que tengo muchas millas sumadas en este tiempo", bromeó.
Yendo de un lugar a otro aprendió varias cosas, pero la principal fue entender que cada comunidad es única y existen "diferencias culturales de un pueblo a otro, realidades marcadas por el desarrollo y visión cristiana, la matriz cultural, en definitiva".
Dos décadas lejos
Durante la década del '90, Mario pasó por distintos destinos, incluso algunos en la ciudad. "San José para mí es muy especial porque siempre me acompañó - se ordenó un día antes de su recordatoria - y la parroquia SJO también es importante para mí y siempre la quise".
Un día la iglesia le pidió que fuera a trabajar a Luque y ya no se lo vio más por estos lares al padre, pero su huella, imborrable para los feligreses siguió latente en la comunidad. De aquel llamado para continuar viaje pasó mucho tiempo, tanto como dos décadas. "El otro día con el padre Gustavo charlábamos y sacamos la cuenta que pasaron alrededor de 21 años que dejé la ciudad".
A lo largo de todo este tiempo, el padre y nuestra ciudad cambiaron. Uno maduró, la otra creció. La sociedad misma es totalmente, de cierta forma la matriz cultural no es tan similar a como la recordaba Ludueña.
"Es otro San Francisco, no es el que dejé cuando me fui de SJO a Luque. Estos días voy despacito, observo y digo 'qué cambiado' está". En el medio de repente se emociona y siguió diciendo: "Veo muy mucha gente sola, muy mucha gente sola".
Esa soledad de la que habla no es de compañía, sino referente al individualismo, el vacío espiritual. "Tenemos que ir al encuentro de los más lejanos de quienes están en la periferia pero no geográfica sino de espíritu", agregó un poco más adelante en la charla.
Esa vocación que le surge es parte también de su deber como sacerdote de hacer partícipes a todos en la familia que es la parroquia. "Sumarlos y llevar la buena noticia de Dios es un desafío que tenemos", afirmó ya repuesto de su emoción por el impacto de lo que nota.
Dos parroquias
A Ludueña lo atan dos sentimientos profundos. El de su familia y la vocación sacerdotal. Aunque hubo un poco de "tristeza y gozo" al mismo tiempo está feliz con su nuevo destino, pero más aun con poder llevar en su oficio el "encargo del Señor".
Llegó en una época complicada para la iglesia, pero también en la ciudad. Él volvió y dos padres se fueron. Vino a ser párroco de Cristo Rey, pero también designado como administrador parroquial de SJO.
Otra vez, esa parroquia que frecuentó cuando era joven y que tenía el grupo scout que ayudó a formar don Atilio Ludueña se cruzó en su camino: "La reapertura del grupo Scout (se reactivó después de 20 años) creo que es una gracia que Dios concede a través de mi papá que descansa en los brazos del señor".
Volver a ese lugar es como hacerlo a una comunidad donde siempre se sintió feliz y cómodo. Así se siente Mario, y así hace sentir a la gente que por alguna razón se lo cruza. Como todos los sacerdotes en este tiempo tiene una misión difícil, atraer a esa gente sola al calor de la palabra, de la confortabilidad, "a la buena nueva" de la que tanto habla.
