Análisis
El partido que rompió la lógica de San Isidro
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San Isidro sufrió en Lanús una derrota inesperadamente amplia y mostró una versión desconocida en estos playoffs. Qué cambió en el juego, por qué el equipo perdió su identidad y cuáles son los motivos para creer en una nueva reacción del “Rojo” en la final.
La derrota de San Isidro en el tercer juego de la final de la Liga Argentina dejó mucho más que un 88-61 en el marcador. Lo que ocurrió en el Antonio Rotili fue, probablemente, la primera vez en toda esta postemporada en la que el equipo de Sebastián Porta dejó verdaderamente de competir durante largos pasajes del partido. Y eso, justamente, es lo que más llama la atención.
Porque hasta acá San Isidro había construido su camino desde otro lugar. Había atravesado series complejas, físicas y desgastantes, pero siempre sosteniendo algo que parecía innegociable: la capacidad de competir. Contra Salta Basket, frente a Deportivo Viedma y también en la semifinal ante La Unión de Colón, el equipo pudo sufrir, quedar incómodo o atravesar momentos adversos, pero nunca había sido superado de manera tan amplia y sostenida como ocurrió en Buenos Aires.
La diferencia final de 27 puntos termina siendo impactante justamente por eso. No solamente por lo amplia, sino porque rompe con una constante que San Isidro había mostrado durante todos los playoffs: mantenerse siempre cerca, aun en sus noches más irregulares.
Lanús logró sacar al conjunto sanfrancisqueño completamente de eje desde el inicio. Lo llevó a jugar incómodo, acelerado y errático. Y una vez que el partido entró en ese terreno, el local encontró cada vez más espacios para dominar.
Las estadísticas terminan reflejando con claridad esa superioridad. San Isidro perdió 18 pelotas y muchas de ellas se transformaron en puntos rápidos del Granate. Además, el equipo nunca encontró fluidez ofensiva y cerró la noche con apenas 11 asistencias, un número demasiado bajo para un conjunto que necesita circulación, ritmo y dinámica colectiva para funcionar.
Lanús, en cambio, jugó con enorme claridad. Terminó con 20 asistencias, lanzó con 52% de cancha y necesitó incluso menos tiros para anotar mucho más. El equipo bonaerense encontró siempre respuestas, movió bien la pelota y castigó constantemente cada desajuste defensivo de San Isidro.
La diferencia física también fue notoria. El Granate ganó los rebotes 37 a 27, tomó 11 ofensivos y dominó prácticamente cada pelota dividida. Ahí también se percibió algo poco habitual en estos playoffs: San Isidro perdió intensidad defensiva, justamente uno de los rasgos que lo había sostenido incluso en sus partidos más complicados.
Y quizá uno de los datos que mejor explica lo que pasó aparece en el desarrollo mismo del juego. Lanús ganó los cuatro parciales de la noche y nunca permitió que Sani construyera una reacción real. El primer cuarto terminó 29-15, el entretiempo llegó con una diferencia de 20 puntos y el tercer período terminó de romper definitivamente el partido: San Isidro anotó apenas 6 puntos en esos diez minutos y el local llegó a sacar una máxima de 32.
La sensación visual fue todavía más fuerte que los números. Porque el problema no pasó solamente por el goleo o la efectividad. Lo que más llamó la atención fue ver a un San Isidro sin estabilidad, sin energía y sin respuestas sostenidas dentro del juego. Algo que no había ocurrido en ninguna de las series anteriores.
Pero también hay otro dato imposible de ignorar en esta final: este mismo equipo ya respondió de la mejor manera después de un golpe fuerte. Tras perder el primer juego en San Francisco por un punto, San Isidro salió al segundo partido con otra agresividad, otra energía y otra concentración para terminar imponiéndose con claridad por 90 a 72 y empatar la serie mostrando una versión totalmente distinta.
Ese antecedente reciente modifica inevitablemente la lectura de lo ocurrido en Lanús. Porque si bien el tercer punto fue ampliamente favorable al Granate, la final ya demostró que San Isidro tiene capacidad para corregir rápido, reinventarse de un partido a otro y volver a competir en un nivel mucho más alto.
Además, en playoffs las derrotas no se arrastran. Y una caída por 27 puntos termina teniendo exactamente el mismo valor que perder por uno. Lo único que realmente importa ahora es la respuesta que pueda mostrar el equipo en el cuarto juego.
Ahí aparece quizás el principal motivo de esperanza para Sani. Porque durante toda esta postemporada el equipo de Porta construyó su identidad justamente desde la reacción, el carácter y la capacidad para levantarse en escenarios complejos. Ya lo hizo más de una vez. Y ahora necesitará volver a demostrarlo en el momento más importante de la temporada.
