El Papa entre nosotros
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A casi cuatro décadas de las visitas de Juan Pablo II, la llegada de León XIV representa una oportunidad para reflexionar sobre las divisiones sociales, recuperar el diálogo y promover una cultura del encuentro. Su mensaje pastoral trasciende la fe y plantea un llamado a la unidad, la justicia social y el bien común.
La llegada del Papa León XIV es el motivo de una serie de acontecimientos multitudinarios que nos argentinos nos aprestamos a vivir en estos días. Su presencia entre nosotros es un acontecimiento único, que tuvo un par de escasos antecedentes ocurridos hace casi 4 décadas con las visitas de Juan Pablo II en 1982 y1987.
El primero de aquellos viajes del Pontífice hoy santo de la Iglesia se produjo en las tristes circunstancias de la guerra de Malvinas. Todavía hoy se analizan y discuten sus consecuencias. La segunda, cuando la Argentina ya había recuperado la vigencia de sus instituciones democráticas, fue estrictamente pastoral. Esta característica se repite hoy con León XIV como protagonista. Un personaje que conoce la América latina profunda y sabe de sus problemas y sus aspiraciones.
En abril de 1987, en esta columna, se dio la bienvenida periodística a un “peregrino de la paz” cuyo rol fue central para evitar un conflicto bélico con Chile y su llamamiento al cese de los combates en Malvinas incluía el reconocimiento de la dignidad de nuestro pueblo y de la existencia de un reclamo soberano que todavía persiste. En esa ocasión, por espacio de una semana, Juan Pablo II fue un verdadero pastor. Ese rol hoy le pertenece a León XIV. Dos personajes ligados por la misma responsabilidad de difundir y preservar la doctrina católica, pero en tiempos muy distintos.
No obstante, en ambos casos, el mensaje papal sigue poseyendo una fuerza moral que resuena en las estructuras sociales. Y también impacta en liderazgos políticos no acostumbrados a una prédica serena y humanista que promueve el diálogo fraterno incluso en ámbitos donde las tensiones prevalecen.
En este contexto, con una sociedad agrietada y que revela profundas desigualdades, la presencia del Papa entre nosotros es una oportunidad magnífica para reflexionar sobre la necesidad de deponer los antagonismos y evitar confrontaciones que a nada bueno conducen. Es ferviente en muchos espíritus el anhelo de que esta breve gira de León XIV por nuestro país sirva como catalizador de un proceso de reconstrucción del tejido social basado en el respeto a la dignidad de la persona, la vigencia de la justicia social y la búsqueda del bien común.
Por todo ello, la bienvenida al Sumo Pontífice no solo es un deber de buen anfitrión. Merece también ser brindada en lo más profundo de nuestros corazones. Porque su mensaje va mucho más allá de la fe o de la atención a las necesidades espirituales de una comunidad religiosa. Ojalá sus palabras, sus gestos, su sapiencia, su sensibilidad, su prudencia y su sentido de justicia sean receptados con humildad por quienes tienen liderazgo político o aspiran a tenerlo y ayuden a comprender la trascendencia social de la necesidad de recrear una verdadera cultura del encuentro.
