El orgullo de haber sido y de seguir siendo
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Argentina no pudo defender el título mundial, pero el legado de este equipo va mucho más allá de una final perdida. Una reflexión sobre una selección que volvió a emocionar a todo un país.
Por Fernando Quaglia
Hay derrotas que no empequeñecen. Hay derrotas que confirman la grandeza. Y esta fue una de ellas.
Duele. Claro que duele. Nadie juega una final del mundo para perderla. Menos si viste la celeste y blanca. Durante un instante volvió la ilusión de que la historia pudiera repetirse. Como aquel gol de Caniggia a Brasil en el Mundial de 1990, cuando la lógica pareció rendirse ante el coraje. Ayer, pese a la superioridad española y al desgaste físico argentino, la esperanza encontró dos oportunidades en el final. No alcanzó. España fue un legítimo campeón.
Durante unas horas prevalecieron el silencio, la frustración y la sensación de que faltó un paso para repetir la hazaña de Qatar. Pero es preciso desconfiar de las emociones en este instante. Son malas consejeras para hacer una reflexión sobre una obra que excede el resultado de un partido.
Para nada hay vergüenza de haber sido. Y con los días, tampoco habrá dolor de ya no ser. La selección no fue un invitado ocasional al partido más importante del Mundial. El cierre no fue el mejor, pero eso no borra el recorrido.
Un camino en el que se cosecharon dos Copas América, una Finalísima, un Campeonato Mundial y un subcampeonato. Podrá afirmarse que fueron los títulos los que generaron la hoy férrea identificación de los argentinos con su selección. Ayudaron, sí. Sin embargo, la conexión que demostraron los jugadores con la gente es un ejemplo de lo que podemos ser, porque como la letra del tango de Le Pera, ellos lo daban todo y en cada vuelta dejaban pedazos de corazón. En cada partido, en la final también, fue impresionante la entrega.
Las finales no siempre premian el coraje y el esfuerzo. Ayer la ganó el mejor equipo. La mirada debe, entonces, remitirse a todo lo vivido. Y proyectarla para que ese ejemplo continúe. Las conmovedoras lágrimas de los dos Lionel son un punto y seguido. Quizás ya sin ellos, pero con la misma convicción del mejor futbolista de la historia y de su más que íntegro director técnico, el fútbol nos brindará muchas más alegrías.
Gardel cantaba que "cuesta abajo en mi rodada". Esta selección eligió otro camino. Perdió una final, sí. No ha rodado. Dejó todo. Por eso, es en vano soñar con un pasado añorado. Porque el futuro seguirá mostrando ese smoking soñado que Julio Cortázar pintó en su poema La Patria cuando escribió que somos "vicecampeones del mundo en cualquier cosa".
En fútbol lo somos. Y estamos orgullosos.
