Análisis
El nuevo tiempo de Córdoba, liderado por un sanfrancisqueño
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Federalismo y progreso, claves de una etapa que será histórica para nuestra ciudad.
La Argentina es una república federal por varias razones. La primera, por su enorme extensión territorial que reclama la existencia de gobiernos regionales y gobiernos locales, bien definidos y autónomos. Pero fundamentalmente por la riqueza histórica expresada en la diversidad de identidades y pautas culturales en las provincias, que son anteriores al Estado Nacional.
La Constitución Nacional consagra el beneficio del principio federalista. Un valor que el puerto ha puesto entre paréntesis durante largos períodos de nuestra historia. Pero que se mantiene firme en la conciencia colectiva provinciana. ¿Qué duda cabe respeto de los beneficios de una Nación federal para el progreso de los pueblos? La visión centralista que se esparce desde Buenos Aires observa solo lo propio, expresa un egoísmo que se traduce en hechos concretos y hasta en el lenguaje. Sobran ejemplos históricos para retratar aquella miopía que solo ve lo inmediato e ignora la riqueza del interior profundo.
Si hay una jurisdicción en la que el reclamo por la vigencia del federalismo ha sido casi una constante, ésa es nuestra Córdoba. Desde los tiempos de Juan Bautista Bustos, la defensa de los intereses provinciales se mantuvo, con excepciones poco honrosas, casi siempre en la agenda de los gobernantes cordobeses. Presentándose como acérrimo defensor de este principio republicano esencial para la vida del país, un sanfrancisqueño asumirá hoy la gobernación de Córdoba. Martín Llaryora se convierte así en el primer hijo de nuestra ciudad que llega al máximo cargo provincial por el voto popular.
Es un momento histórico y trascendente para la vida de nuestra ciudad. La voluntad ciudadana determinó que Córdoba, la docta, la rebelde, la de la tonada particular que por aquí escasea, la de la producción y el trabajo, la que fue siempre reconocida como “el rostro anticipado del país”, sea gobernada por un dirigente que nació y vivió San Francisco. Alguien que caminó estas calles, que estudió en nuestras escuelas, que compartió la mayor parte de su vida con nosotros, que no oculta su adhesión al color verde de Sportivo Belgrano y que estuvo al frente de la municipalidad durante dos períodos. Merece resaltarse, entonces, que este rincón del este provincial haya proyectado a una figura que, desde hoy, regirá los destinos de la bendita tierra mediterránea. Gran responsabilidad afronta quien tendrá la misión de fortalecer el lugar destacado que nuestra provincia ha ganado sus pergaminos, por su cultura, por su evolución en el campo de la economía, por su gravitación social.
En este contexto, Llaryora eligió a San Francisco como el sitio donde se efectuará el traspaso del mando de la gobernación cordobesa. El gesto constituye un símbolo elocuente de la reivindicación del federalismo como eje central, como praxis permanente de gestión y no solo como pieza discursiva.
Nuestro San Francisco, caracterizado –según la pluma de Raúl G. Villafañe- por “el laborioso colmenar de las fábricas”, tendrá en el máximo sillón del “Panal” a un hijo dilecto que, es de esperar, se empeñe en el bien común, observe profundamente los problemas, encauce las aspiraciones de todas las comunidades de la provincia y, cuando las dificultades arrecien, recobre fuerzas en la pujanza e idiosincrasia de su terruño para defender con fervor y pasión los principios del verdadero federalismo.
Nuestra ciudad será hoy escenario del comienzo de un nuevo tiempo para Córdoba. Una etapa en la que San Francisco quizás adquiera un espacio preponderante cuando se escriba la historia de los años que vienen. Admitiendo las diferentes miradas sobre la realidad y ejerciendo la libertad para expresarlas, pero asumiendo el espíritu pujante que caracteriza a los sanfrancisqueños, expresemos, todos, el compromiso ciudadano para acompañar la gobernación “del Martín”. Uno de nosotros.
