El “Milagro” de Atlanta
:format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/07/seleccion_argeentina.webp)
Cuando la eliminación parecía inevitable, la Selección Argentina escribió una de las remontadas más emocionantes de la historia de los Mundiales. Crónica de una tarde que pasó de la desolación absoluta a la felicidad más grande.
Por Ignacio Omedes | enviado especial desde la Copa del Mundo 2026.
Quería dejar pasar unos días para escribir esto y poder relatar lo vivido en el “Milagro de Atlanta”, como lo titulé yo.
Sin lugar a dudas, lo que sucedió en los octavos de final de esta Copa del Mundo marcará un precedente en la historia de los Mundiales. ¿Y por qué? Por el simple hecho de que, a doce minutos de que el árbitro francés marcara el final del partido, estábamos afuera del torneo más importante del mundo, eliminados en la segunda instancia de mata-mata.
En la previa había otra sintonía, otra tónica. Parecía que por delante teníamos una misión mucho más sencilla que la de Cabo Verde, donde realmente sabíamos que iba a ser duro. Pero no, no fue así. No sé si Dios lo quiso de esa manera o si fue el propio fútbol. Y ojo, tampoco le quitemos mérito a Egipto, que hizo un gran partido.
Cuando los faraones marcaron el primer gol, no había demasiada preocupación porque los de Scaloni mostraban otra cara respecto a sus presentaciones anteriores. Sin embargo, había algo que empezaba a inquietar: llegábamos, generábamos situaciones, pero la pelota no entraba. Y encima, el arquero egipcio estaba teniendo una actuación descomunal.
Puede interesarte
En el segundo tiempo jugábamos bien, pero retrocedíamos mal. Menos mal, valga la redundancia, que el VAR nos salvó de un segundo mazazo apenas comenzado el complemento. Aunque esa advertencia no alcanzó. Volvimos a defender mal una contra y llegó el 2-0 de Egipto. Baldazo de agua fría. Derecha, izquierda y a la lona, dirían en el boxeo.
Aun así, vieron que la resiliencia marca a los argentinos. O, como a mí me gusta decir: insistir, resistir y nunca desistir. Creo que esa frase describe a la perfección lo que pasó con la Selección Argentina.
Acordémonos de algo: estábamos a catorce minutos de volvernos a casa con las manos vacías, apenas cuatro años después de haber sido campeones del mundo en Qatar 2022. El reinado parecía terminar demasiado pronto. Pero no. Messi, Paredes, Enzo Fernández y el Cuti Romero tenían otro plan: seguir en carrera.
Minuto 78. Gol del Cuti. Algarabía, sí, pero con cautela. Era la sensación de que, por fin, la pelota había decidido entrar.
Minuto 83. Después de una carambola dentro del área, el mejor de todos los tiempos —ni hace falta decir quién es; para los desprevenidos, Lionel Messi— fusiló al arquero para decretar el 2-2. Ahí apareció un llanto desgarrador, de esos que salen desde lo más profundo, cargados de emoción.
Y qué quieren que les diga. En el ambiente había algo distinto. Había aura. Había sensación de victoria. En otras palabras, sabíamos que lo íbamos a ganar. Pero todavía no. Había que sufrir un poquito más.
Otra contra de los egipcios. Sí, otra más. Y fue Leandro Paredes quien metió un cierre sensacional que provocó un grito de guerra en un estadio que se volvió ensordecedor.
Después, la Araña recuperó la pelota, metió un pase largo para Lautaro Martínez, llegó el centro teledirigido y apareció el cabezazo de Enzo Fernández.
Sí. Lo ganamos, carajo. Pasamos de estar eliminados a dar vuelta el partido en apenas quince minutos.
Ahí vinieron el llanto, los abrazos, la emoción, quedarse afónico y todo lo que uno pueda imaginar. Pasamos de la tristeza absoluta a una de las alegrías más grandes de los últimos tiempos en apenas un cuarto de hora. Eso es el fútbol.
Después de contar todo esto, es cuando uno se pone a pensar qué lindo que es este deporte. Qué lindo que es el fútbol. Y qué lindo que es ser argentino.
Por las dudas, se los recuerdo: estamos en cuartos de final. Y nunca den por muerta a la Selección Argentina, porque somos los campeones del mundo. Y hasta Nueva York no paramos.
