El hombre que amaba los perros
:format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/Media/202103/Image26a1ccbc8eff4616a17f6d0e3214ce5b.jpg)
Un hombre cuida a un centenar de animales, alejado de la capital en la que antes, en otra vida, en otro gobierno, fue famoso. Los vecinos casi que ignoran su pasado. Para ellos es, simplemente, el veterinario.
Por Manuel Montali
Durante muchos años, a quienes preguntaban por él en cercanías de su casa en Ezeiza, los vecinos les replicaban:
-¿Cuál? ¿El veterinario?
Él, que había sido uno de los poetas más grandes del tango, que había heredado la lírica huérfana tras las partidas de Enrique Santos Discépolo y Homero Manzi, estaba por ese entonces confinado al cuidado de los animales... los suyos, que no eran pocos, y los que le llevaban los vecinos. Y cuando decimos por ese entonces, nos referimos al período de proscripción peronista post Revolución Libertadora. La diferencia con lo que le había sucedido a Jorge Luis Borges en la etapa previa, cuando por antiperonista lo habían mandado a inspeccionar animales de corral, era que este tanguero amaba los animales. De hecho, ya sin posibilidades de hacerse oír, de actuar como funcionario público o presidiendo Sadaic, había fundado el Movimiento Argentino para la Protección de Animales (Mapa). Y ahí andaba, en su casa, cuidando casi un centenar de perros, además de un par de decenas de gatos y dos corderos... llamados Juan y Domingo.
Cuenta la historia que su padre, José González Castillo, ya era un gran poeta. Cuando nació su hijo, un 6 de agosto de 1906, lo sacó desnudo al aire libre para que recibiera la bendición de la lluvia. Este hermoso gesto tuvo al pequeño al borde de la muerte durante unos cuatro meses. Luego, Pepe, que además de poeta era anarquista, quiso bautizarlo como Descanso Dominical, en homenaje a ese reciente triunfo obrero. No pudo; al parecer, el Registro Civil no compartía el tributo. Así que el niño recibió sus nombres de dos poetas latinos nacidos antes que Cristo.
La familia pasó algunos años en Chile, adonde el padre tuvo que exiliarse, por ideas que quizá no eran tan peligrosas como exponer a un recién nacido a la lluvia en invierno, pero que igual molestaban.
Cuando el pequeño creció, además de mostrar precocidad para la música, sacó a relucir buenas dotes para el box. Llegó a ser campeón argentino de peso pluma y hasta estuvo preseleccionado para ir a las Olimpíadas de Ámsterdam.
De los guantes pasó definitivamente al violín. Y ahí marcó sus mejores knockouts. Ya había empezado a ponerle música a muchas de las poesías del padre. "Organito de la tarde", "Aquella cantina de la ribera", "El circo se va", "Invocación al tango", "Papel picado"... Era tanta la devoción de él hacia don José, que prácticamente no firmó ninguna letra hasta su partida, en 1937. Después sí, desenfundó la pluma bendita por la lluvia y por sus dos nombres de poetas latinos, y le sacó brillo.
El sentir popular y obrero que le había infundado el padre lo terminó haciendo confluir en el peronismo. Y lo tuvo todo durante los primeros gobiernos justicialistas, llegando a ser director del Conservatorio Manuel de Falla, en el que daba clases desde la década del '30, y presidente de la Comisión Nacional de Cultura de la Nación, en 1953.
Dos años más tarde, Pedro Eugenio Aramburu de por medio, el todo se le hizo nada entre los dedos. Entonces, el autor de "Caserón de tejas", "Tinta roja", "Desencuentro" y "La última curda", por mencionar unas pocas, se puso a cuidar mascotas.
Y a la gente que en Ezeiza lo buscaba, que preguntaba a los vecinos por el tanguero Cátulo Castillo, uno de los mejores compositores del género, además de superviviente, campeón argentino de box y director de conservatorio, la recibían siempre con asombro:
-¿Cuál Castillo? ¿El veterinario?
