Sociedad
El guardián de la memoria en el interior del interior
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Durante años, Jorge Alberto Pirazzini cargó con una historia que en Balnearia y Miramar de Ansenuza muchos conocían, pero pocos se animaban a contar en voz alta. En su libro reconstruyó las detenciones de Beatriz Casalis y Luis Casiano Dávila durante la dictadura, pero también rescató una forma de enseñar, de pensar y de vivir la escuela que fue violentamente interrumpida.
Por María Laura Ferrero | LVSJ
En los pueblos chicos suele repetirse una frase que a veces suena a consuelo y otras a negación: “acá nunca pasa nada”. Jorge Alberto Pirazzini supo, desde muy joven, que eso no era cierto. En Miramar y Balnearia, dos localidades del noreste cordobés que en aquellos años parecían quedar lejos de todo, también hubo miedo, persecución, denuncias, detenciones y silencios. También hubo vidas quebradas. También hubo docentes señalados y alumnos que aprendieron demasiado temprano que el terror podía instalarse incluso en las comunidades más pequeñas.
A esa trama le dedicó años de investigación, entrevistas, lecturas y memoria. El resultado fue Las horas robadas. Balnearia - Miramar, provincia de Córdoba (1974-1979), un libro en el que el autor puso en palabras una historia que lo atravesó como estudiante y como testigo. Pero el texto no se limitó a reconstruir hechos represivos: también recuperó la riqueza de una experiencia educativa singular, vital, apasionada, que marcó a generaciones enteras y que fue truncada por la violencia de aquellos años.
Pirazzini no se presentó como escritor profesional ni como historiador. Se definió, más bien, como alguien empujado por una necesidad ética. “Fue una necesidad”, dijo. “Alguna vez alguien lo tenía que decir”. En esa frase se condensó el espíritu de un libro que nació del compromiso con la verdad, con el recuerdo de sus profesores y con una comunidad educativa que durante mucho tiempo permaneció callada.
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Dos fura de serie
Para entender el corazón de esta historia, Pirazzini volvió primero a la escuela. O, más precisamente, a esa escuela que para muchos adolescentes de Miramar significaba más que asistir a clases. Como en la localidad no había secundario, los estudiantes debían trasladarse a Balnearia para continuar sus estudios. No era fácil: no existían ayudas estatales ni boletos educativos y muy pocos podían sostener ese esfuerzo.
Él eligió el Instituto Juan Bautista Alberdi, un bachillerato con fuerte formación humanística. Y allí conoció formalmente a dos figuras que, con el tiempo, quedarían grabadas en su vida: Beatriz Casalis, profesora de Historia nacida en San Francisco, y Luis Casiano Dávila, rector del colegio y también profesor de Filosofía y Lógica.
No eran docentes comunes. Pirazzini los recordó como educadores que no se encerraban en la formalidad del aula ni en los moldes tradicionales de la enseñanza. Dávila, según su relato, tenía una mirada abierta sobre la educación, sobre la comunidad y sobre el pensamiento. Había fundado un periódico escolar llamado Aspiraciones, impulsaba la participación de los estudiantes y promovía actividades que hoy resultarían excepcionales incluso en ámbitos considerados innovadores.
Casalis, por su parte, era sanfrancisqueña y viajaba a Balnearia para dar clases. Durante la semana se quedaba viviendo allí, en la casa de un familiar, para poder sostener su tarea docente en más de un establecimiento. Pirazzini la recordó como una profesora joven, apasionada y profundamente comprometida con sus alumnos.
Deslumbraba por su forma de enseñar Historia. “Nos tomaba pruebas con los apuntes en el banco”, recordó, todavía asombrado por el carácter revolucionario que eso tenía en la secundaria de mediados de los años setenta. Lejos del autoritarismo pedagógico, proponía una relación viva con el conocimiento. Sus alumnos no querían irse al recreo cuando tocaba Historia; se quedaban debatiendo, escuchando, pensando. No era solo una cuestión metodológica. Había en ambos una convicción profunda de que enseñar era despertar curiosidad, poner en movimiento la inteligencia, abrir preguntas, vincular la escuela con el territorio y con la realidad.
Las horas vividas
Antes de entrar al secundario, Pirazzini ya había tenido un acercamiento inesperado a ese universo. De niño participó de hallazgos de restos arqueológicos en terrenos cercanos a la laguna Mar Chiquita. Ese episodio llamó la atención y fue incorporado, siendo todavía muy chico, al grupo de arqueología ligado al colegio secundario y al Museo Aníbal Montes de Miramar.
Allí apareció por primera vez la figura de Beatriz Casalis. Ella coordinaba, junto a otros actores de la comunidad, una experiencia extracurricular que reunía a alumnos de diferentes años para realizar rescates arqueológicos, estudiar piezas, salir al campo, trabajar en cuadrículas y aprender a leer el territorio. Era una propuesta educativa anclada en la curiosidad, en el trabajo colectivo y en el vínculo entre saber y experiencia.
Esas prácticas no ocurrían dentro de una lógica burocrática. Eran, justamente, horas extraescolares. Tiempo regalado y a la vez profundamente apreciado. Tiempo elegido. Tiempo compartido entre alumnos y profesores que creían en una educación más amplia, más libre y más comprometida con el mundo que los rodeaba.
También estaban el teatro y la filosofía. Dávila dirigía puestas teatrales como parte de la formación de los estudiantes. Según Pirazzini, aquellas actividades tenían una intensidad especial: no eran un adorno, sino una parte esencial de la vida escolar. Incluso en tiempos de huelga docente, cuando las clases se suspendían, esas propuestas seguían funcionando como espacios de encuentro y crecimiento.
En el libro, el autor llamó a esa primera parte “Las horas vividas”. No era casual. Allí se concentró una vida escolar plena, atravesada por la libertad, la búsqueda y la construcción colectiva. Esas horas fueron, justamente, las que después la dictadura vino a robar.
Cuando el terror llegó al pueblo
La otra parte del libro, “las horas robadas”, avanzó sobre el quiebre. Pirazzini reconstruyó cómo el terrorismo de Estado también se desplegó en el interior profundo, lejos de las grandes ciudades y de los relatos más conocidos. En pueblos que apenas superaban los 5000 habitantes, el miedo también se organizó y la represión también encontró cómplices civiles, denuncias interesadas y mecanismos sistemáticos de disciplinamiento.
El autor explicó que quiso contextualizar lo ocurrido en Miramar y Balnearia dentro de lo que sucedía en la provincia, el país y en el mundo. No se trató, entonces, de una anécdota aislada ni de un hecho menor: fue el modo en que el horror nacional impactó en comunidades pequeñas, donde el control social y el silencio podían resultar todavía más eficaces.
Pirazzini sostuvo que en esas sociedades todos intuían o sabían lo que había ocurrido, pero que durante años casi nadie habló. El peso de las familias influyentes, los vínculos de parentesco y la permanencia del poder local operaron como una forma de censura prolongada. “La gente se calla”, resumió, al describir el modo en que el miedo siguió actuando incluso después de terminada la dictadura.
Según reconstruyó en su libro, las denuncias contra Casalis y Dávila se apoyaron en acusaciones absurdas, propias del delirio represivo de la época. Una de ellas sostenía que las salidas al campo para hacer arqueología eran, en realidad, entrenamientos para la guerrilla. Las cuadrículas utilizadas para extraer restos arqueológicos eran leídas, desde esa lógica persecutoria, como trincheras.
El disparate, sin embargo, tuvo consecuencias brutales.
El 7 de marzo de 1977
La detención de Beatriz Casalis ocurrió el 7 de marzo de 1977. Había viajado a Balnearia para tomar exámenes y, al regresar a San Francisco, fue detenida al bajar del colectivo en la terminal. Pirazzini recordó que todavía no habían comenzado las clases, pero que el impacto entre los alumnos fue inmediato. “Cuando tuvimos las horas de Historia, ahí nos cayó la ficha”, evocó.
La ausencia se volvió presencia dolorosa. Lo que hasta entonces parecía impensable ocurrió de golpe: una profesora admirada, joven, comprometida con sus estudiantes, había sido arrancada de su vida cotidiana por el aparato represivo.
Luis Casiano Dávila fue detenido en Balnearia. Pirazzini reconstruyó un operativo violento, con irrupción militar en su casa y la humillación de un hombre cuya única “peligrosidad” radicaba en pensar, enseñar y tener libros. En ese momento, Dávila tenía cuatro hijos pequeños: el menor apenas tenía siete meses y la mayor, nueve años. La escena, atravesada por el miedo y la presencia militar, dejó una marca imborrable en su familia. Entre los elementos que los represores consideraron sospechosos había libros de Marx, textos de filosofía y de pensamiento político diverso. En aquel contexto, poseer libros podía convertirse en una condena.
El libro sumó otra dimensión inquietante: la sospecha de que un matrimonio influyente de Balnearia habría mantenido contactos previos con autoridades militares de San Francisco antes de las detenciones. Pirazzini fue cuidadoso al abordar ese punto y, según contó, escribió asesorado legalmente, utilizando el potencial en los pasajes más delicados. Pero dejó clara la convicción de que no se trató de hechos casuales ni desordenados, sino de una trama organizada donde confluyeron poder local y estructura represiva.
Una nueva condena
Casalis pasó por la cárcel de San Francisco, la UP1 en Córdoba y luego Villa Devoto en Buenos Aires. El autor reconstruyó ese itinerario a partir de entrevistas, testimonios y recortes periodísticos guardados durante años. Contó que durante un tiempo su profesora estuvo detenida sin figurar oficialmente en ningún lado, en una situación de total indefensión. Recién más tarde, un año, pasó a quedar bajo disposición del Poder Ejecutivo Nacional.
Aun en esas condiciones extremas, Casalis siguió siendo, de algún modo, profesora. Según relató Pirazzini, les daba clases de Historia a otras detenidas para sostenerse y sostener. La escena resume buena parte de lo que este libro busca rescatar: incluso en el encierro y en la arbitrariedad, la educación seguía apareciendo como un gesto de dignidad.
También relató que en prisión la profesora convivió con otras mujeres perseguidas por razones políticas, entre ellas Sara Waitmán, profesora de Educación Física, a quien recordó como alguien que organizaba ejercicios físicos para levantar el ánimo de las presas.
Cuando finalmente Casalis recuperó la libertad y volvió a dar clases en 1979, sus alumnos notaron que algo en ella había cambiado. La experiencia del encierro, del miedo y del maltrato había dejado huellas emocionales profundas. Sin embargo, regresó con la misma línea de trabajo, con la misma pasión pedagógica.
Pero la persecución no había terminado. En las vacaciones de julio de 1979, tanto ella como Dávila recibieron un telegrama de despido. El argumento era brutal: no tenían “autoridad moral” para estar en el colegio porque habían estado presos. No bastó con detenerlos; también había que expulsarlos, estigmatizarlos, rematarlos en lo laboral y en lo simbólico.
Pirazzini nombró con ironía amarga el último capítulo de su libro: “1979, el regreso, el remate y el final”. La expresión condensa el sinsentido de una época en la que, aun después de sobrevivir, todavía quedaba por atravesar la humillación pública y la exclusión.
Otras víctimas, otros nombres
Aunque el eje central del libro estuvo puesto en Casalis y Dávila, la investigación también amplió el foco hacia otras detenciones ocurridas en la zona. Entre ellas, la de empleados del casino de Miramar, incluido un hermano del autor, acusados de financiar a la guerrilla.
Para Pirazzini, esa secuencia confirmó que no hubo hechos aislados, sino un mecanismo sistemático que se activó con regularidad en la región. Cada quince días, dijo, algo ocurría: nuevas detenciones, nuevas acusaciones, nuevas vidas alteradas por una maquinaria que avanzaba sobre cualquiera que quedara bajo sospecha.
Ese aspecto vuelve todavía más valiosa la tarea de reconstrucción. El libro no se quedó en una memoria individual ni en un homenaje íntimo. Se propuso devolverle espesor histórico a una trama colectiva, mostrar cómo la violencia del Terrorismo de Estado penetró en los vínculos cotidianos y cómo el silencio posterior ayudó a tapar lo sucedido.
Lo que de verdad quiso salvar
En el fondo, “Las horas robadas” no solo denunció una injusticia. También defendió un modelo de escuela, de docencia y de comunidad. Lo que Pirazzini quiso preservar no fueron únicamente datos o nombres, sino una experiencia humana. La de dos educadores que marcaron a sus alumnos por su inteligencia, su sensibilidad y su entrega. La de una adolescencia atravesada por la curiosidad, la lectura, el debate, la arqueología, el teatro y el pensamiento crítico. La de un tiempo en que la educación podía ser una aventura compartida.
Por eso el libro, y la historia que lo sostiene, dialogan también con el presente. No desde la estridencia, sino desde una convicción serena: la democracia debe ser cuidada todos los días, y ese cuidado requiere memoria, verdad, justicia y un Estado que no abandone a las personas. Requiere también defender la educación pública, la tarea de los docentes y el derecho de las comunidades a nombrar su pasado sin miedo.
Pirazzini lo dijo con claridad cuando explicó por qué escribió: lo hizo por compromiso, por reconocimiento y porque sintió que representaba el sentir de casi todos aquellos alumnos. No escribió desde la revancha. Escribió para que lo ocurrido no se disuelva. Para que el interior del interior también tenga su lugar en la memoria nacional.
En una época en la que ciertos discursos intentan banalizar el horror o sembrar confusión sobre lo sucedido durante la dictadura, su gesto adquiere todavía más valor. No porque busque imponerse como verdad única, sino porque nace del trabajo paciente de reunir voces, documentos, recuerdos y silencios.
En esos pueblos donde durante tanto tiempo pareció más cómodo callar, Jorge Alberto Pirazzini eligió hablar. Y al hacerlo se convirtió, sin grandilocuencias, en algo parecido a lo que su propio libro sugiere: un guardián de la memoria.
Final abierto
Quizás por eso la historia de Las horas robadas no terminó con la publicación del libro. Desde que lo presentó, Pirazzini fue invitado a escuelas y espacios de reflexión, sobre todo en torno al 24 de marzo. Su palabra siguió circulando allí donde la memoria necesita ser transmitida de generación en generación.
No se trató solo de contar lo que pasó, sino de ayudar a comprenderlo. De mostrar que la represión no fue un asunto exclusivo de las grandes ciudades. De recordar que detrás de cada docente perseguido hubo alumnos marcados para siempre. Y de advertir que en los pueblos pequeños, donde todos se conocen, el silencio también puede ser una forma de impunidad.
Años después, su libro sigue haciendo lo que se propuso desde el comienzo: reconstruir parte de ese pasado para entender mejor el presente y sostener la esperanza de un futuro más justo.
Porque si algo deja claro esta historia es que la memoria, incluso cuando tarda, encuentra siempre la manera de volver. Y cuando vuelve, ilumina.
