Historias de Liga
El fútbol le cambió hasta el nombre
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Mateo Eladio Rodríguez empezó a jugar a los 5 años en Estudiantes Sport Club, debutó a los 16 en Sportivo Belgrano, fue campeón, recorrió ligas y clubes de la región, pasó por San Lorenzo, Newell’s y Talleres y siguió jugando hasta los 72. A los 87, repasa en su casa una vida atravesada por la pelota, el trabajo, los viajes, los recuerdos y una identidad que el fútbol terminó moldeando para siempre.
Por Leonela Zapata.
A Mateo Eladio Rodríguez casi nadie le dice Mateo. Para los periodistas de Córdoba, para los rivales de otras ligas, para los compañeros de distintas épocas y para buena parte del ambiente futbolero de San Francisco, siempre fue simplemente Eladio Rodríguez. Así lo nombraban las crónicas deportivas y así terminó quedando para siempre. Con el tiempo, incluso en su propia ciudad muchos empezaron a llamarlo de la misma manera. Como si el fútbol, además de darle una vida entera, le hubiera regalado también otra identidad. “Los periodistas de Córdoba se quedaron con Eladio Rodríguez y nunca más me pusieron Mateo”, cuenta, entre risas, sentado en el living de su casa.
Tiene 87 años. Habla con memoria, con soltura y con esa naturalidad de los que no sienten que están contando una historia extraordinaria, aunque en realidad lo estén haciendo. A su lado está Savina, su compañera de toda la vida, que escucha, se ríe, corrige una fecha, completa un viaje, recuerda una mudanza o pone en palabras algún detalle que a él se le escapa. La charla se extiende durante dos horas, pero podría durar mucho más. Porque cuando Eladio empieza a tirar del hilo de sus recuerdos, aparecen barrios, canchas, trenes, bicicletas, vestuarios, campeonatos, viajes a otras provincias, amistades, injusticias arbitrales, apodos, goles y escenas de una época en la que el fútbol se jugaba de otra manera.
Hay una frase que resume todo. “Empecé a jugar a los 5 años y jugué hasta los 72”, dice. Dicho así, parece apenas un dato. Pero no lo es. Son 67 años dentro de una cancha. Sesenta y siete años corriendo detrás de una pelota, viajando para jugar, entrenando después del trabajo, poniéndose una camiseta detrás de otra, enlazando generaciones y sosteniendo una pasión que, en su caso, no fue un pasatiempo ni una costumbre: fue una forma de vivir.
Rodríguez nació en Santa Rosa de Río Primero, aunque llegó a San Francisco cuando tenía apenas unos años. “Nosotros somos de Santa Rosa del Río Primero. Yo a los dos años vine a San Francisco”, recuerda. Por eso su historia es, en esencia, una historia profundamente sanfrancisqueña. Su infancia, sus primeras corridas, sus primeras camisetas y sus primeros sueños futboleros tuvieron como escenario esta ciudad. Más precisamente, el barrio Sarmiento y Estudiantes Sport Club, el lugar donde empezó todo.
Allí se fue formando desde chico. Primero en esos torneos de baby fútbol que se jugaban en verano en la cancha del Ferrocarril Mitre, en una época en la que esos campeonatos eran una verdadera fiesta barrial. “Primero hicimos el baby. El baby era allá en la cancha de Mitre. Se jugaba nada más que en enero, pero todos los años”, cuenta. Después vendría la Liga Amateur, y más tarde el salto a la Primera. Lo que para muchos era una meta lejana, para él llegó temprano: “Yo creo que a los 14 o 15 años ya estaba jugando en la Primera”, dice sobre sus comienzos en Estudiantes.
Siempre de ocho. Nunca necesitó pensarlo demasiado. Ese fue su lugar natural en la cancha. “Jugué siempre de ocho”, resume. Desde ahí corría, armaba, metía, llegaba, convertía. No era solo un volante de traslado ni uno de esos mediocampistas que pasan inadvertidos en el engranaje. Tenía presencia, físico, despliegue y también gol. Por algo todavía recuerda con orgullo un registro que lo pinta de cuerpo entero: “Tengo el récord de la Liga Cordobesa: en 18 partidos hice 24 goles”. La cifra es descomunal para un jugador de su puesto y funciona como una prueba más de la clase de futbolista que fue.
Pero antes de esas marcas, antes de los grandes escenarios, antes de los homenajes y los recuerdos, hubo un chico del barrio que ya no podía vivir sin la pelota. Y hubo también una época en la que el fútbol regional era tan intenso como itinerante. Porque mientras seguía jugando en Estudiantes, Rodríguez empezó a sumar experiencias en otras ligas. Con apenas 15 años, por ejemplo, ya viajaba los domingos a jugar a la Liga de San Martín de las Escobas. “Jugaba el sábado acá y después el domingo iba a jugar allá”, recuerda. Iba con los hermanos Cabrera, en una rutina feroz y hermosa a la vez: partido en San Francisco, viaje y nuevo partido al día siguiente.
Era otro fútbol. No había contratos blindados, representantes, nutricionistas ni estructuras profesionales como las actuales. Se viajaba como se podía, se jugaba donde tocaba, muchas veces se volvía el mismo día y al lunes siguiente había que seguir con la vida. Pero en ese sacrificio también había un encanto. El fútbol era una mezcla de vocación, pertenencia y coraje. Y Eladio lo abrazó por completo desde muy joven.
El salto a Sportivo Belgrano llegó de la mano de un amigo de Estudiantes, que lo acercó para una prueba. Lo vieron, les gustó y se quedó. Tenía 16 años. “Me llevó un amigo de Estudiantes, me probaron ahí y me quedé”, resume. El pibe del barrio Sarmiento se metía así en uno de los clubes más importantes de la ciudad. Y su debut en Primera fue tan inolvidable como accidentado: lo echaron.
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Lo cuenta ahora entre risas, casi como una travesura de juventud. “El primer partido que jugué en Primera me echaron”, dice. Fue fuerte a una pelota, el árbitro no dudó y roja directa. Debut y expulsión. Sin embargo, aquel arranque brusco no marcó una tendencia sino todo lo contrario. “Gracias a Dios, después nunca más”, aclara con orgullo. Esa primera roja quedó como una anécdota perfecta para contar años después, ya sin bronca, convertida en una de esas historias que el tiempo vuelve simpáticas.
En Sportivo Belgrano viviría momentos fundamentales de su carrera. Allí terminó de afirmarse como jugador y allí fue parte de equipos que dejaron una huella. El club, además, sería una estación decisiva para proyectarlo a escenarios mayores. Eladio recuerda aquellos años con una mezcla de orgullo y nostalgia, pero también con una cuota de dolor. No por lo vivido, sino por la sensación de que a veces el reconocimiento no llega con la claridad que debería.
No habla desde el resentimiento. Habla desde la conciencia de quien fue protagonista y siente que ciertas memorias del fútbol local merecen un lugar más visible. En sus palabras aparece una mezcla de orgullo, recuerdos y una sensación difícil de explicar cuando el paso del tiempo empieza a dejar algunas historias en segundo plano. “Uno ha dejado cosas”, dice casi al pasar. Pero en el fondo está señalando algo más profundo: las ciudades muchas veces celebran con más facilidad lo reciente que lo fundacional. Y en esa tensión entre memoria y olvido aparece también la figura de Mateo Eladio, como una leyenda viva de un fútbol que ya no existe en los mismos términos, pero que todavía respira en tipos como él.
Su apodo era “Caballo”. No hacía falta mucha explicación. Lo apodaron así por su potencia, por su forma de jugar, por esa manera de ir y venir, de meter y sostener, de bancarse partidos ásperos, rivales duros y canchas pesadas. “Me decían Caballo”, cuenta con naturalidad. Primero le cambió el nombre. Después le dio un apodo. Al final, todo en su vida parece haber pasado por la pelota.
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Con el tiempo llegaron experiencias fuera de San Francisco. San Lorenzo, Newell’s y Talleres forman parte de un recorrido que lo llevó a vivir otras realidades, conocer otros ambientes y medirse en otro nivel. También ahí aparece Savina, inseparable en el relato, recordando mudanzas, hoteles, casas que les daban los clubes, ciudades nuevas y una vida armada a pulmón, siguiendo los movimientos que proponía la carrera futbolística de su marido.
De aquellos años también conserva algunas fotos que resumen la dimensión de su recorrido. En su casa guarda imágenes junto a grandes figuras del fútbol de otras épocas. En una aparece con Pelé, a quien enfrentó en un amistoso. En otras se lo ve junto a nombres históricos del fútbol argentino como Roberto Perfumo y José Sanfilippo. Son postales de un tiempo en el que los caminos del fútbol podían cruzar a jugadores del interior con las máximas estrellas del deporte. Fotografías que hoy funcionan como testimonio de que Eladio también fue parte de ese mundo.
Cuando recuerda esa época, Eladio no romantiza de más. No dice que todo fue perfecto ni construye una épica falsa. Al contrario: hay bastante realismo en su relato. Deja claro que el fútbol de entonces no se parecía al de hoy, sobre todo en lo económico. “No gané un peso”, dice. Y la frase no suena a queja vacía. Suena a descripción de época. Porque los jugadores de su generación solían complementar el fútbol con otros trabajos, y él no fue la excepción.
Una vida entre la fábrica y la cancha
Durante 25 años trabajó en la Fábrica Militar de San Francisco. Se levantaba de madrugada, entraba a las cinco y media, salía cerca de las dos de la tarde, almorzaba en su casa y después se iba a entrenar o a jugar. Volvía de noche. Muchas veces en bicicleta. “Entraba a las cinco y media, salía a las dos, venía a comer y después me iba a la cancha. Ya no volvía hasta la noche”, recuerda. Todo eso mientras seguía sosteniendo una carrera que lo llevaba de una cancha a otra, de una liga a otra, de un vestuario a otro.
Ahí aparece otra de las claves de su historia: Mateo Eladio no fue solamente un futbolista. Fue también un hombre de trabajo. Un obrero, un padre de familia, un marido, un vecino, un tipo de barrio que llevaba una vida intensa y a la vez muy concreta. Quizás por eso su historia conmueve más. Porque no es solo la del jugador talentoso, sino la del hombre común que hizo del fútbol una pasión sin abandonar nunca la realidad.
Además de Sportivo y de su paso por clubes más grandes, su recorrido incluye varios mojones del fútbol regional. Jugó en Unión de Alicia, donde salió campeón invicto. “En Unión salimos campeones e invictos”, recuerda. También siguió vinculado a ligas del interior cordobés y santafesino, en una época en la que los pueblos armaban equipos fuertes y las canchas hervían de gente. Rodríguez recuerda esa etapa como un tiempo de enorme competitividad. Había roce, había ambiente, había viaje, había gente en la cancha y había una pertenencia muy marcada. Jugar en esos pueblos no era una excursión menor: era meterse en un mundo en el que se vivía el fútbol con una intensidad total.
Y ese fútbol de los pueblos también tenía su folclore. Eladio lo recuerda entre risas. En algunas canchas, mientras se jugaba, desde la tribuna tiraban piedras con gomera. “Mientras jugábamos en la Zona Sur en varios partidos nos pasó de estar jugando y que nos tiraran piedras a las piernas con gomeras”, cuenta. Y lo dice divertido, como quien recuerda una travesura más de aquellos partidos calientes del interior donde parecía que valía todo.
Pero su historia con el fútbol no se terminó cuando dejó de jugar. La pelota siguió marcando el ritmo de sus días, ahora desde otro lugar. Porque si su carrera como futbolista ya había sido larguísima, su vida posterior siguió unida al deporte. Fue director técnico en distintos clubes de la zona. Menciona pasos por El Arañado, Devoto, Frontera y también su trabajo con chicos, como cuando dirigió en Barrio Jardín. “Hasta los 80 años estuve dirigiendo”, dice. Es decir, casi toda su vida adulta y aun parte de su vejez tuvieron a una cancha en el horizonte.
Y cuando ya no dirigía, todavía aparecían los partidos de veteranos, los encuentros amistosos, las invitaciones para despuntar el vicio un rato más. “En cualquier lado. Donde hubiera una pelota, iba”, resume. Lo pasaban a buscar y se iba. Como si nunca hubiera existido un punto final posible.
Por eso, cuando se le pregunta qué fue el fútbol para él, no necesita pensar demasiado. La respuesta no sale armada para la ocasión ni adornada con palabras grandes. Sale limpia, directa, verdadera. “El fútbol fue mi vida”, dice. Y enseguida amplía: “No solamente jugar al fútbol, sino la gente que uno conoció, los recuerdos que quedan”. No solo por lo que hizo dentro de la cancha, sino por los amigos que le dejó, los viajes, las historias compartidas y esa clase de felicidad simple que solo entienden quienes encuentran su lugar en algo y lo sostienen durante décadas.
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En ese living, con Savina al lado, la escena termina de cerrarse sola. Ella completa historias, él se ríe, aparece una foto, un recuerdo de un viaje, una mención a los hijos, a los nietos, a los años compartidos, a la casa levantada con esfuerzo. Y de pronto se entiende que esta no es solo la historia de un exjugador. Es la historia de una vida entera organizada alrededor de una pasión.
Mateo Eladio no necesita exagerar nada para resultar extraordinario. Le alcanza con decir que empezó a los 5 y terminó a los 72. Le alcanza con recordar que jugó en Estudiantes, que a los 16 debutó en Sportivo, que fue campeón, que pasó por clubes grandes, que trabajó 25 años en la Fábrica Militar, que dirigió hasta los 80, que nunca tuvo problemas en ningún club y que todavía hoy, a los 87, el fútbol sigue siendo el idioma en el que mejor se reconoce.
A Mateo Eladio Rodríguez casi nadie le dice Mateo. El fútbol le cambió hasta el nombre.
Pero en realidad le cambió mucho más que eso.
Le dio un lugar en la memoria de San Francisco, le construyó una identidad, le dejó amigos, viajes, cicatrices, orgullo y una historia que todavía merece ser contada una y otra vez. Porque en tiempos de estadísticas frías y urgencias pasajeras, escuchar a un hombre que pasó 67 años dentro de una cancha es volver a una dimensión más profunda del deporte: esa en la que el fútbol no es apenas competencia, sino también barrio, sacrificio, pertenencia, trabajo, familia y memoria.
Y en esa memoria, la de las canchas de antes, la de los pueblos, la de los viajes, la de los goles, la de los tipos que jugaban porque no sabían vivir de otra manera, Eladio Rodríguez ocupa un lugar imposible de discutir.
No solo porque jugó mucho.
Sino porque fue bueno de verdad.
De esos que marcan una época en cada cancha donde pisan.
