Análisis
El fuego político no calienta, quema
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Si convierten en un incendio voraz cada tema que se plantea, la fogosidad y la pasión no cumplen su cometido en la acción política.
Mucha discusión genera en los medios y en los ámbitos específicos la tesis que plantea que la dirigencia política en general no interpreta el real sentir de la sociedad y, por ende, se mantiene alejada de los verdaderos intereses de la población. Que se mira el ombligo permanentemente y que su discurso y su acción se dirige, principalmente, a mantener adhesiones, a ocupar posiciones de cierto poder y a no eludir cualquier polémica que procure desajustar el panorama.
Este último aspecto remite a la grieta ideológica que vive la Argentina desde hace mucho tiempo. Mucho más que las últimas dos décadas. Basta repasar la historia política nacional para tomar nota de las divisiones y fracturas que se produjeron en cada tiempo. Y que originaron –siguen originando- disputas por momentos casi irracionales, tanto en el oficialismo como en la oposición.
Este es un rasgo innegable de la dirigencia. En especial la que milita en las dos principales coaliciones. Conductas que acomodan el discurso de acuerdo a los vaivenes en la relación entre los principales líderes, contradicciones evidentes en los mensajes y mechas que se encienden ante el más mínimo “desliz” que un tuit puede provocar suscitan situaciones de estrépito que sacuden las estanterías casi nunca acomodadas.
Mientras sufre las calamidades de una crisis socioeconómica de magnitud que ha deteriorado la vida de la población en prácticamente todos los órdenes, los entredichos de la política se cuecen más de la cuenta. La táctica y la estrategia políticas adquieren la condición de inescrutables e inentendibles para el ciudadano común. El raciocinio con el que se espera actúen los líderes queda sepultado frente a las emociones. La conflictividad es acumulativa. No ya entre facciones distintas, sino que tiene como protagonistas a bandos enfrentados dentro de agrupaciones que, se supone, deberían compartir visiones similares de la realidad.
El ejemplo más cabal de lo que se acaba de afirmar se encuentra en las actitudes de algunos dirigentes de la fuerza de oposición con más posibilidades de derrotar al actual oficialismo. Mientras las Paso se acercan, la división se acrecienta. Ni siquiera un triunfo electoral importante en una provincia amilana la capacidad de destrucción que detentan los más exaltados. La incapacidad de diálogo y de búsqueda de consensos se diluye. Parece no entenderse que sin que importen las causas de las discusiones, los cruces permanentes solo llevan agua al molino contrario.
Por cierto, no se pretende que exista una única visión sobre cómo resolver los problemas reales del país. Pero la riqueza y fortaleza de una verdadera democracia consiste en que la posibilidad del diálogo exista aun en la divergencia. La búsqueda del poder no se comprende desde la visión ciudadana si no adquiere su verdadero sentido. Que no es otro que el servicio. Es decir, el esfuerzo por interpretar las demandas populares que deberían ser el cimiento de toda acción política.
La pretensión de ser elegido por la ciudadanía para exige el cumplimiento de esta premisa. El camino hacia el poder exige actitudes de estadistas, lo que excluye los frecuentes altercados de conventillo a los que se asiste en estas semanas. Si convierten en un incendio voraz cada tema que se plantea, la fogosidad y la pasión no cumplen su cometido en la acción política.
Pese a este panorama quemante, todavía hay esperanza en que, a la hora del voto, los ciudadanos apliquen el sentido común que su dirigencia no demuestra. La sabiduría del Martín Fierro ha de recordar que “para hacer bien el trabajo, el fuego pa’ calentar debe ir siempre desde abajo”.
