El alejamiento de sacerdotes que dejaron el ministerio en la iglesia católica por distintas causas en nuestra ciudad y la diócesis puso en el tapete el debate sobre la necesidad realizar cambios.
En una semana, la iglesia de San Francisco perdió a dos de sus curas: primero fue la decisión del párroco de la Iglesia Santa Rita, Marcio Peironi, de dejar los hábitos para asumir la paternidad de un bebé en camino; luego el padre Adrián Taranzano, vicario en la iglesia Cristo Rey, pidió una licencia temporal, decisión que podría no ser definitiva, argumentando razones personales.
En la diócesis San Francisco, en la última década, se ordenaron diez jóvenes sacerdotes, de los cuales en los últimos años, tres decidieron dejar el ministerio. A continuación compartimos la fragmentos del texto redactado por los curas:
"El día de nuestra ordenación sacerdotal somos recibidos en una comunidad-familia que es el presbiterio. Ser parte de un presbiterio, en
comunión con nuestro obispo, es una nota esencial de nuestro ser
sacerdotes.
Esta realidad de fe nos presenta el
desafío de vivir entre nosotros, los curas, la fraternidad, don que
pedimos a Dios y que buscamos cultivar gestando vínculos de cercanía y
corresponsabilidad.
Esto hace que cada situación por la
que atraviesa un hermano sacerdote la sentimos como nuestra. Sentimos que se
transforma parte de todos. Es por ello que, queremos compartir con nuestras
comunidades, cómo el amor de hermanos nos impulsa al acompañamiento y cercanía entre
nosotros, mucho más cuando vivimos momentos de dificultad. Creemos que luego de toda
crisis, salimos todos fortalecidos, si nos abrimos a la gracia de Dios y a la
ayuda de los hermanos.
Hechos recientes, protagonizados por
algunos hermanos sacerdotes, han despertado diversas reacciones, dentro y fuera
de la comunidad cristiana. Diversos sentimientos, emociones y opiniones. En
algunos casos, miradas críticas, aunque lúcidas; en otros, generalizaciones indebidas y juicios apresurados.
Incluso, la curiosidad o el comentario que no respetan el derecho a la
intimidad y la buena fama.
Creemos comprender estas reacciones.
Por encima de todo, intentamos escuchar, en este ir y venir de voces, la voz
del Señor que nos interpela. En los momentos difíciles, no es extraño dejarse
ganar por sentimientos negativos que nublan la mirada, confunden y llevan
tristeza al corazón. Más que nunca, los discípulos de Jesús, suplicamos la docilidad al Espíritu Santo para discernir, en todo
esto, lo que Dios nos está pidiendo. Lo hacemos también como presbiterio: orando, escuchando juntos la palabra y escuchándonos unos
a otros.
Este momento que vivimos como Iglesia
diocesana nos debe llevar a una profunda reflexión de cara a Jesús y pedirle
que, nos de su luz, para discernir, entre todos, lo queÉl nos está pidiendo.
No creemos en las respuestas precipitadas
y rígidas, ni en soluciones rápidas y livianas, ni aquellas que surgen de un corazón que huela
a venganza o busque descalificar. Esa no es la manera de aportar soluciones en
ningúnámbito de la vida.
Ese estar cara a cara con Jesús en esta
Navidad, nos anima con serena valentía a pedir perdón por nuestras incoherencias y tibiezas en la entrega pastoral
cotidiana, en la comunión y la falta de ardor misionero.
Estamos convencidos que Jesús nos está pidiendo
una mayor entrega y generosidad en nuestro ministerio.
Pero también Jesús nos pide a todos los bautizados,
pueblo de Dios, volver a lo fundamental de su seguimiento. Para ello, pastores
y fieles, necesitamos entrar decididamente en la dinámica de la conversión pastoral
misionera en nuestras comunidades y animarnos a cambiar todo aquello que nos
dificulte el anuncio de Jesús.
'El celibato no es un dogma de fe, es una regla de vida, que yo
aprecio mucho y creo que es un don para la Iglesia', decía hace poco el Papa Francisco.
Nos descubrimos llamados a vivir
nuestro celibato como una opción libre y queremos manifestar, con realismo, que es expresión de
nuestro amor por el Señor Jesús, su Iglesia, los pobres y vulnerables. El celibato nos da la
posibilidad de una entrega generosa que plenifica nuestra vida en servicio del
pueblo de Dios.
El celibato no es un tema prohibido en
la Iglesia: con franqueza y libertad, hoy se habla, se escribe, se reflexiona y
se comparte mucho sobre esta forma de vida, sus valores y también las
dificultades que conlleva abrazarlo con convicción.
Estamos convencidos que el fin del
celibato no resolverá todos los problemas y crisis que atravesamos los curas".