El drama del “efecto helicóptero”
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El drama de la inseguridad que, esta vez, se cobró la vida de un colectivero, hizo aflorar la frustración en forma violenta. El drama y el desgarramiento social, consecuencia de la ineficacia de un Estado que quiere convencernos de una falacia afirmando que está presente, se verifica en este tipo de situaciones.
Quizás se transforme en un hecho bisagra la agresión que sufrió el ministro de Seguridad de Buenos Aires, Sergio Berni, cuando se acercó a una protesta de choferes de colectivos que reclamaban por más medidas de protección luego del asesinato de uno de sus colegas. El intento de capitalizar el descontento y mostrarse como un gestor efectivo resultó, por el contrario, un tiro por la culata.
La violencia con la que algunos trabajadores embistieron contra el funcionario bonaerense merece ser rechazada de plano. No es así como se resuelven los problemas que aqueja al país. Sin embargo, es el signo palpable del malestar social, de la impotencia y de la incertidumbre que se vive. Un fastidio que refleja el drama de grandes porciones de la población que se sienten abandonadas a su suerte, que viven con miedo y que, cada vez en mayor proporción, reniegan de una dirigencia que está a años luz de las vivencias que a diario vive la gente. Tanto es así que ya se perciben episodios en el que se vuelve a escuchar aquella sentencia que marcó a la crisis del 2001: "Que se vayan todos".
El histrionismo del ministro de Seguridad de Buenos Aires terminó sepultado bajo una lluvia de trompadas y piedras. El drama de la inseguridad que, esta vez, se cobró la vida de un colectivero, hizo aflorar la frustración en forma violenta. El drama y el desgarramiento social, consecuencia de la ineficacia de un Estado que quiere convencernos de una falacia afirmando que está presente, se verifica en este tipo de situaciones. En ese contexto, frente a la constatación del hartazgo, los gobernantes y buena parte de la dirigencia política se hunden en el mutismo, buscando preservarse.
El alejamiento de la realidad de la dirigencia dispara sucesos como el de la agresión a Berni. Ni siquiera un bravucón que se considera a sí mismo como la imagen del "justiciero" es capaz de sopesar el estado de ánimo de una sociedad cansada de vivir con el Dios en la boca. Mucho menos lo pueden hacer quienes, en este tiempo preelectoral, están mucho más preocupados por mostrarse como gestores eficientes a través de una profusa cadena propagandística que genera sonrisas forzadas, que origina millones de mensajes emanados de ejércitos de trolls rentados en las redes, que obliga a colocar el nombre del funcionario hasta en las macetas de las plazas y que determina la existencia de voceros de fervientes lisonjas al "líder", entre otras cosas.
Una sociedad angustiada asiste a este espectáculo, del que forma parte también la pelea callejera que terminó con Berni contra un paredón. Y que solo demuestra improvisación, falta de ideas y el menoscabo a la inteligencia de los ciudadanos. Hace ya tiempo, cuando el ministro hoy agredido sobrevoló una playa bonaerense a poca altura, provocando un caos entre los bañistas, el columnista Luciano Román, en La Nación, calificó como "efecto helicóptero" al drama que ahora se observa con mayor nitidez: "Desde arriba la realidad adquiere otras proporciones, las cosas se desdibujan y los ciudadanos parecen apenas puntos diminutos e insignificantes sobre un territorio amorfo. De tanto subirse a aviones y helicópteros, los funcionarios dejan de tener los pies sobre la tierra".
