El Día del Libro en tiempos de pantallas
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Los nuevos dispositivos electrónicos de lectura albergan en su seno la misma génesis con la que el libro se impuso a lo largo de los tiempos. Esto es, textos que permiten abrir la mente, imaginar, conocer, aprender. Textos que estimulan la esperanza, calman el desasosiego y ayudan a encontrar el criterio para entender la realidad. Si esto ocurre en el papel o en el soporte electrónico es una discusión vana e insulsa
El Día Mundial del Libro y del Derecho de Autor fue fijado por la Unesco en 1995. Y es que justo alrededor de esta fecha, el 23 de abril, murieron tres grandes de la literatura universal. Miguel de Cervantes (murió el 22 de abril y fue enterrado el día 23), William Shakespeare y el Inca Garcilaso de la Vega. En la Argentina, como recuerdo a otro gigante de las letras como Leopoldo Lugones, el Libro tiene su festividad el 15 de junio, pero ello no obsta para que la celebración internacional de hoy no merezca alguna reflexión.
La virtualidad se ha impuesto en el último año. La pandemia así lo ha determinado en los más variados campos de la actividad humana. La cultura de las pantallas y de la imagen parece dejar atrás una era en la que el papel dominó como soporte de la comunicación y la letra impresa tenía preponderancia. En este marco, hoy parece no reconocerse en el libro a la herramienta más adecuada para el acceso a la información y al conocimiento.
Si ya se verificaba el fenómeno de que las nuevas generaciones se habían apartado de la lectura tal como se practicó durante siglos, la suspensión de la presencialidad en las escuelas quizás haya alejado aún más del libro a los niños y adolescentes. La información hoy se busca en Internet. Al parecer quedó el libro arrumbado en un rincón a la espera de que los más "veteranos" lo desempolven. En algunos hogares, incluso en bibliotecas, se los considera objetos en desuso, destinados al museo. Sin embargo, y pese a todo, sea en papel o en uno de los múltiples formatos digitales, el libro continúa siendo una herramienta poderosa y esencial en la incorporación de conocimientos.
Es que los nuevos dispositivos electrónicos de lectura albergan en su seno la misma génesis con la que el libro se impuso a lo largo de los tiempos. Esto es, textos que permiten abrir la mente, imaginar, conocer, aprender. Textos que estimulan la esperanza, calman el desasosiego y ayudan a encontrar el criterio para entender la realidad. Si esto ocurre en el papel o en el soporte electrónico es una discusión vana e insulsa. Porque, en definitiva, no se trata del soporte en el que se sustenten los textos, sino de su contenido, de su belleza y su profundidad.
La hipertextualidad, la multimedialidad y la posibilidad de personalizar los contenidos que se reciben son ventajas que, bien utilizadas, profundizan la posibilidad de abordar todas las temáticas, disfrutar de las mejores obras literarias y adquirir conocimientos.
El investigador español J. L. Zárraga, autor del Informe de la Juventud en ese país, un trabajo que marcó una época allá por la década de los años 80, ratificó en una frase la vigencia de la palabra escrita en tiempos de las pantallas: "Internet, contra lo que parece pensarse a veces, representa más bien una 'contrarrevolución' del texto escrito frente a la 'revolución icónica' que representaron TV y Video. Internet no es un clavo más en el ataúd de Gutenberg, sino más bien su resurrección 'en cuerpo glorioso' (esto es, virtual)".
