El desafío del mensaje navideño
Llega la Nochebuena y la reunión de familia y amigos es el marco habitual de la celebración. Es la imagen primera de la tradición. Pero es también el festejo de un acontecimiento que marcó la vida del hombre, una fiesta de luz y renovadas esperanzas, un hecho que ilumina conciencias y brinda la oportunidad de fortalecer la esperanza en un mundo mejor, más humano, con más amor, más solidario y en paz.
Llega la Nochebuena y la reunión de familia y amigos es el marco habitual de la celebración. Es la imagen primera de la tradición. Pero es también el festejo de un acontecimiento que marcó la vida del hombre, una fiesta de luz y renovadas esperanzas, un hecho que ilumina conciencias y brinda la oportunidad de fortalecer la esperanza en un mundo mejor, más humano, con más amor, más solidario y en paz.
Este fue el mensaje que proclamó Jesús. Creyentes o no creyentes, todos hombres de buena voluntad, encuentran enseñanzas y símbolos que se adaptan a todos los tiempos y que realzan la condición humana, que son referencias ineludibles cuando se habla y se piensa en lo que verdaderamente hace a la existencia del ser humano.
Es verdad que la Navidad se vive de maneras muy diferentes. Los creyentes le otorgan el sentido religioso del nacimiento del Hijo de Dios como instancia crucial para la redención. Otros, también con la mejor intención, buscan reunirse con la familia y los amigos para así expresar sus buenos deseos. Algunos se enfrascan en el consumismo. Y hay, por cierto, quienes no le encuentran ningún sentido, aunque posiblemente sean los menos.
Pero aun en este abanico de comportamientos, es posible remarcar que la Navidad es un hecho crucial de la historia del hombre y un acontecimiento que permite reflexionar acerca del sentido de la vida y de imperiosa necesidad de acercarse al otro. En las respuestas que se encuentren a la primera reflexión estará la respuesta que cada persona dará a esta festividad. Sin embargo, es importante resaltar que la Navidad coloca al hombre nuevamente como el fin y no como un medio. Es, además de su contenido religioso, una fiesta esencialmente humana, en la que los deseos de paz y las conductas solidarias emanan por doquier y son el fundamento del optimismo en la posibilidad de conseguir una sociedad más pacífica, más humilde, más misericordiosa y más solidaria.
La imagen de la humildad y la misericordia encarnada en el pesebre perdura aún en este conflictivo comienzo del siglo XXI. En ella se asientan valores y principios esencialmente humanos, más allá de las luces, los adornos y las ofertas comerciales. Es verdad que por momentos la Navidad parece haberse convertido en una ocasión para el consumo desenfrenado. Pero ni aun así el mensaje del nacido en Belén ha caído en el olvido. Todo lo contrario, sigue distinguiendo a esta celebración en cada abrazo, en cada buen deseo, en cada apretón de manos y en cada sonrisa de un niño.
Es momento de reunión familiar, de compartir con amigos, de intercambiar mensajes bien intencionados, de que afloren los sentimientos más nobles, de que el egoísmo deje -al menos por algunos días- de estar presente, de que la esperanza renazca, de que el espíritu de unidad y confraternidad se eleve. Fantástico sería que estas actitudes sigan marcando la vida de cada ser humano más allá del brindis que se compartirá en esta Nochebuena. Es un desafío interesante que debiera ser asumido más allá de creencias religiosas o de posturas consumistas. Se trata, en definitiva, de ser verdaderamente humanos.
