El camino de Gino
:format(webp):quality(60)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/10/gino_piovano.webp)
Gino Piovano Caceres tiene siete años, vive en Quebracho Herrado y juega en Barrio Cabrera. Viaja a dedo con su papá a San Francisco y lo acompaña a vender panificados antes de entrenar. Una historia de familia que también se cuenta lejos de la cancha.
Cuando ve a su papá con la caja llena, Gino se ofrece a bajar de la bicicleta. “Papi, no te bajes de la bici. Vos hablá y yo te golpeo las puertas”, le dice. Brian lleva el pan casero, las trenzas materas y las donas que prepara Micaela. Su hijo toca los timbres y lo deja hablar con los vecinos. A las seis tienen que estar en Barrio Cabrera: es hora de entrenar.
Gino Piovano Caceres tiene siete años, es categoría 2019 y vive en Quebracho Herrado. La charla con LA VOZ DE SAN JUSTO es en la cancha de Cabrera, una tarde nublada y ventosa. Está con su papá, con quien comparte los viajes a San Francisco y las recorridas de venta antes de encontrarse con sus compañeros.
Cuando le preguntan hace cuánto juega al fútbol, primero responde que desde hace un mes. Después, con ayuda de Brian, la cuenta se acomoda: son unos tres años, desde sus primeros pasos en Quebracho Herrado. Lo que más disfruta lo tiene claro: “Los partidos, los campeonatos”.
Últimamente viene haciendo goles y sus compañeros ya le encontraron un apodo: “Gino Prime”. No sabe explicar por qué lo llaman así. A la pregunta de si le gusta estar en Cabrera con los chicos, contesta que sí.
La llegada al club comenzó con una venta, a principios de año. Brian recorría San Francisco ofreciendo los productos que elaboran en su casa y llegó, sin saberlo, a la vivienda de uno de los profesores.
“Un día, en enero o febrero, estaba vendiendo pan casero, trenzas materas y donas, que es de lo que nosotros vivimos. En ese tiempo venía solamente a dedo”, recuerda. “Caí sin querer en la casa de uno de los profes, le conté un testimonio mío y nos invitó a acercarnos al club. Nos acercamos y ahí arrancó todo”.
:format(webp):quality(60)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/10/gino_piovano_caceres.webp)
Desde entonces, las visitas a la ciudad también tienen a Cabrera como destino. “De martes a domingos, generalmente venimos todos los días a dedo”, explica Brian. Los días de escuela, Gino cursa segundo grado por la mañana. Cuando sale, empieza la organización del viaje.
“Sale a la una, a la una y media estamos haciendo dedo para venir para acá. Llegamos entre las dos y media y las tres. Cuando llegamos, ni bien llegamos, agarramos las bicis”, detalla.
“Tenemos dos bicis ahora. Al principio nos manejábamos caminando, pero ahora tenemos dos bicis y golpeamos puerta por puerta para vender la panificación hasta las seis, que nos llegamos acá a la cancha”.
Las bicicletas quedan en San Francisco para la próxima visita. “Las dejamos acá en el club o en la casa de uno de los nenes que es amiguito de Gino”, cuenta. Con ellas salen a ofrecer la mercadería. La recorrida depende de cómo venga la tarde y no se limita a las calles cercanas a Cabrera.
“Andamos por toda la ciudad”, dice Brian. Enumera sectores de San Francisco, desde Brisas del Sur hasta los alrededores de la universidad y Rosario de Santa Fe. Gino lo acompaña y, cuando le preguntan si le gusta salir a vender con su papá, responde: “Sí”.
De las ventas también sale el dinero para regresar a Quebracho Herrado. Brian reconoce que no es fácil: “Está complicado, pero se puede vivir”. Apenas pueden, reservan lo necesario para los pasajes.
“Cuando venimos con la caja, ahí apartamos nuestro pasaje y nos vamos en el colectivo a las ocho y cuarenta y cinco”, explica. Algunas noches cuentan con la ayuda de Alejandro “Negro” Aguirre, de Estrella del Sur.
“Los martes y los miércoles nos hace el favor. Nos llegamos hasta Estrella y él nos lleva hasta Quebracho”, agradece Brian.
No siempre consiguen trasladarse tan rápido como necesitan. Cuando le preguntan si la gente se detiene para llevarlos, responde: “Hay días que sí, hay días que no, hay días que renegamos, pero generalmente sí”.
Recuerda un domingo en particular. Gino había ido a jugar y tenían reservado el dinero para volver, pero al nene le dio hambre.
“Habíamos traído solamente la plata para uno de los pasajes. Vinimos a dedo y teníamos solamente la plata del pasaje de vuelta. Le agarró hambre y gastamos la plata en sándwiches”, relata.
Después tuvieron que esperar a que alguien pudiera acercarlos. “Una vez esperamos tres horitas, tres horitas y media, un domingo”, cuenta sobre aquella jornada.
En Quebracho están Micaela y los otros dos chicos de la familia: Azul, de seis años, y Gaspar, de cuatro. Micaela es quien prepara los panificados que Brian lleva a vender. Cuando le preguntan cómo acompaña el fútbol de Gino, él habla de ese trabajo.
“Lo acompaña en todo momento. Es ella la que hace las cosas para que nosotros podamos venir a vender, ella es la que produce”, destaca.
La familia llegó a Quebracho Herrado hace tres años y medio. Antes vivía en Porteña, de donde se fue por un problema familiar. Al buscar un nuevo lugar, Brian y Micaela prefirieron una localidad cercana a San Francisco.
“Nosotros estamos más criados en el campo”, explica. Querían un entorno tranquilo para sus hijos y sabían que podían sostenerse con lo que elaboraban, aunque al principio no encontraran un empleo.
“Sabíamos que, si no había trabajo, nosotros somos capaces de producir para venir a vender, para fabricar el trabajo”, dice.
Brian recuerda cuánto tenían cuando llegaron y cómo fueron cambiando sus condiciones de vida: “Llegamos con 1.600 pesos en el bolsillo, sin garrafa, no teníamos heladera. Llegamos a vivir en una tapera, alquilábamos una tapera”.
“De ahí pasamos a otra casa más grande y ahora estamos viviendo en una casita de techo de losa, en una casita nueva. Gracias a Dios tenemos heladera, tenemos cocina industrial. Nos vamos armando de a poquito”.
Por esos años Gino empezó a jugar al fútbol. El gusto por la pelota lo compartía con Brian, a quien siempre quiso acompañar.
“De los tres, el que más pegado está, el que adonde voy yo va él”, lo describe su papá. “Yo siempre me giré en un entorno del fútbol, me gusta mucho mirar fútbol, vivo mirando fútbol”.
Cuando le preguntan si fue él quien lo impulsó a practicar, Brian responde: “Lo buscó él solo”. Y cuenta cómo ese interés empezó a ocupar también las conversaciones de su hijo.
“Le gustó eso y va siguiendo el camino del fútbol. Lo siente como un hincha más, lo siente mucho al fútbol. Todo el tiempo te está hablando de fútbol”.
En Cabrera se adaptó rápido. “Hace muchos amiguitos”, dice Brian. Al hablar de los compañeros que encontró, los describe como “buenitos, respetuosos, educados”. Gino escucha y confirma que está contento de jugar con ellos.
Es hincha de River y le gusta Lionel Messi. Sobre el futuro todavía no tiene demasiadas respuestas. Primero dice que no sabe qué le gustaría. Después, cuando le preguntan dónde quisiera jugar, se anima: “En River, Boca, en cualquier lado”.
Por ahora, su equipo es Barrio Cabrera y sus compañeros lo llaman “Gino Prime”. Para llegar hasta ellos hay escuela, un viaje a dedo y una recorrida en bicicleta con Brian. A las seis termina la venta y empieza el entrenamiento. Su papá ya está ahí para verlo jugar.
