El barro político casi sin límites
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Esta lamentable circunstancia refleja la desconexión con la realidad de los ciudadanos que exhibe buena parte de la dirigencia política. Muchos legisladores, funcionarios y líderes opositores no parecen comprender la gravedad de esta situación. No parecen asumir que son mandatarios. Entienden que la disputa política e ideológica está por sobre cualquier otra acción.
Dos madres que perdieron a sus hijos en hechos que pueden ser considerados de violencia institucional reprendieron por sus actitudes a varios diputados de la Nación, mientras se desarrollaba una videoconferencia en la que ambas daban su testimonio sobre la muerte de sus hijos. Lo hicieron cuando, de manera insólita, varios legisladores nacionales se trenzaron en las habituales rencillas verbales que a nada conducen pero que permiten descargar culpas sobre todos los temas.
La madre de Fernando Astudillo y la del cordobés Blas Correas les advirtieron a los diputados por su falta de respeto frente a la exposición que estaban haciendo en una reunión de comisión en la que se trataba un proyecto sobre la violencia institucional. Mientras una de ellas hablaba, dirigentes del oficialismo y de la oposición comenzaron una discusión plagada de acusaciones cruzadas, propias del lodazal en el que, por momentos, se convierte la política en nuestro país.
Fue así que, cuando apenas se calmó la discusión, estos legisladores debieron escuchar la admonición de las dos madres que, con respeto, sin levantar la voz y con la autoridad que les otorga el haber atravesado circunstancias tan dolorosas, anunciaron su retiro de la reunión. "Es muy triste lo que ha pasado -lamentó la madre de Fernando Astudillo cuando se le dio la palabra-. Estamos hablando de violencia institucional y ver estos arranques de violencia, ver que no dejan por un segundo la bandera política de lado, duele. Duele porque estamos hablando de víctimas, de seres humanos. De personas. Duele saber que estas son las personas que nos representan", espetó.
Por su parte, la madre de Blas Correas, Soledad Laciar, tuvo palabras similares cuando pidió retirarse: "Tengo a mis hijos que esperan que les haga de comer, un marido que no trabajó hoy para cuidarlos porque me parecía muy importante estar hoy acá para que ustedes nos escuchen. Pero lo que acaba de pasar es una falta de respeto para nosotros -reprochó-. De verdad lo digo. No tienen idea del dolor que estamos pasando. Estar acá y escuchar como pelean, si son de un partido o de otro, no me importa; esto me convence que nunca participaría en política. Porque ver esto... sentí que nuestra presencia importaba poco".
El hecho no tuvo gran repercusión. Pero marca con nitidez el barro en el que se mueve la política argentina actual. Dirigentes enfrentados hasta el encono personal tan solo porque piensan distinto ni siquiera reparan en el respeto que deben tener hacia los ciudadanos que le dieron, con su voto, la responsabilidad de legislar. Dos madres que sufrieron la pérdida de sus hijos en hechos confusos que deben ser esclarecidos y por los que deben ser sancionados sus responsables tuvieron que encargarse de ponerlos en su lugar.
Esta lamentable circunstancia refleja la desconexión con la realidad de los ciudadanos que exhibe buena parte de la dirigencia política. Muchos legisladores, funcionarios y líderes opositores no parecen comprender la gravedad de esta situación. No parecen asumir que son mandatarios. Entienden que la disputa política e ideológica está por sobre cualquier otra acción. Y se introducen en la ciénaga de la verborragia y la chicana sin sentido. Algunos, incluso, no conocen el significado de la palabra bochorno.
