El 1º de Mayo según pasan los años
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Esteban Dómina, escritor, historiador y político argentino, realizó un repaso por los momentos históricos más importantes que marcaron esta fecha tan especial. También, utilizó su mirada crítica para reflexionar sobre la pandemia y la nueva normalidad en el ámbito laboral.
La celebración del 1º de mayo no siempre fue una fecha festiva, sino más bien lo contrario: como en el resto del mundo, aquí también la recordación de los mártires de Chicago comenzó siendo una jornada de lucha, que con frecuencia se teñía de sangre.
La conmemoración fue recreada por los inmigrantes que llegaron a la joven y promisoria República Argentina a fines del siglo 19. En esa primera hora del capitalismo criollo, cada 1º de mayo se convertía en una jornada de protesta y denuncia de la explotación laboral y marginación social que sufrían los trabajadores, el proletariado de entonces.
El 1° de mayo de 1909, la federación anarquista -la legendaria FORA- convocó en Plaza Lorea a numerosos trabajadores con sus familias, dispuestos a marchar por las calles de Buenos Aires con sus banderas rojinegras desplegadas. La represión policial que se desató, ordenada por Ramón Falcón, el jefe de Policía, dejó el penoso saldo de una docena de muertos y numerosos heridos. Las centrales obreras decretaron una huelga general por tiempo indeterminado y, tres días después, una gruesa columna portó los féretros hasta el cementerio de la Chacarita. La policía dispersó el cortejo, y los disturbios prosiguieron dentro y fuera de la necrópolis, causando nuevas muertes. Se clausuraron sindicatos y se asaltaron los talleres de los periódicos obreros La Vanguardia y La Protesta. Los presos se contaban por centenas y la ciudad estuvo virtualmente paralizada durante esos días que pasaron a la historia como la "Semana Roja". El lado "B" de la Argentina del Centenario.
En las décadas siguientes el país se fue democratizando y apaciguando lentamente, aunque se repitieron episodios violentos contra trabajadores, como la Semana Trágica de 1919, la feroz represión de los peones rurales en la lejana Patagonia y de La Forestal, en el Chaco, entre otros.
En 1930, el presidente Hipólito Yrigoyen dictó el decreto que introdujo un carácter diferente a la celebración: "Siendo universalmente tradicional consagrar el 1° de Mayo como descanso al trabajo, el Poder Ejecutivo de la Nación decreta: Declarase día de fiesta en todo el territorio de la República el 1° de Mayo".
Desde entonces, el sentido y contenido de la conmemoración de la fecha dejó de ser violento a la vez que fue incorporando los paradigmas asociados al trabajo como valor social. Durante buena parte del siglo 20, rigió la llamada "cultura del trabajo", un valor fuertemente arraigado en la mentalidad de los inmigrantes que trabajaban "de sol a sol". En todo ese tiempo, la percepción social mayoritaria era que toda persona debía trabajar para procurarse al menos su propio sustento, una adaptación ad hoc de la cita bíblica "ganarás el pan con el sudor de tu frente" que, en sentido amplio, aludía no solo al mandato de sobrevivir merced al esfuerzo, sino además a la realización personal y social de cada individuo. Desde esa perspectiva, la vida familiar y comunitaria giraba y se organizaba en torno del trabajo.
Durante la primera presidencia de Juan Domingo Perón se consolidó el carácter festivo de la celebración, impregnada de alto simbolismo como tributo a las conquistas laborales y la centralidad de los trabajadores en aquella Argentina. Cada año, se repetía el ritual que incluía números artísticos, desfile de carrozas, elección de la reina y discursos de Perón y Evita a la multitud congregada en Plaza de Mayo.
En los años que siguieron a 1955, la fecha estuvo condicionada por las circunstancias institucionales que asolaron al país y la alternancia de gobiernos civiles y dictaduras que solían prohibir actos públicos para conmemorarla. A partir de la restauración democrática de 1983, el 1º de Mayo recuperó el sentido de festividad y celebración del trabajo, pero sin el despliegue público de épocas pasadas.
En 1974, la ley 20.744 de Contrato de Trabajo consolidó la prevalencia del trabajo formal, "en blanco", amparándolo con normas insoslayables por las patronales. La fortaleza sindical y el rol proactivo del fuero laboral de la Justicia completaban el andamiaje protector del trabajador.
Sin embargo, esa realidad casi idílica del mundo laboral fue cambiando sustancialmente a partir de las últimas décadas del siglo pasado; la transformación continúa hasta hoy y lo seguirá haciendo con mayor vértigo aún. El sistema formal, arrasado por sucesivas crisis económicas que destruyeron miles de fuentes de trabajo, se redujo considerablemente y dejó de contener a una vasta legión de trabajadores que quedaron a la intemperie. En paralelo, aquella cultura del trabajo de antaño fue tornándose abstracta y perdiendo peso en la escala de valores. El mercado laboral se diversificó, incorporando modalidades variopintas de trabajo informal, cuentapropismo y precariedad que dieron lugar al surgimiento de los llamados movimientos sociales. La irrupción masiva de planes y asignaciones estatales y el crecimiento desmesurado del empleo público transformaron la matriz laboral, al punto de que en tiempos presentes el trabajo formal quedó en minoría y en el último año el desempleo trepó al 11,7 % según el Banco Mundial.
Los avances tecnológicos y la revolución digital introdujeron nuevas modalidades de contratación, entrenamiento y prestación de servicios que tornaron obsoletas muchas prácticas del pasado e instalaron la meneada flexibilización laboral en los hechos. De cara a la nueva realidad, diversos factores obligan a repensar la noción conceptual del trabajo: cambios generacionales, permanente revisión de la noción de productividad, desaparición sistemática de algunos oficios, sobre todo manuales, y surgimiento de otros, acordes a las circunstancias del presente.
En su libro "¡Sálvese quien pueda! El futuro del trabajo en la era de la automatización" (2018) el periodista Andrés Oppenheimer profetizaba que en las dos décadas siguientes casi la mitad de los trabajos serían reemplazados por computadoras con inteligencia artificial. La pandemia desatada en el 2020 aceleró este proceso, potenciando el teletrabajo y la robotización, entre otros fenómenos que alterarán aún más el mundo laboral conocido.
Lo cierto es que nada volverá a ser igual y todos deberemos adaptarnos a la nueva realidad y encontrar la mejor forma de seguir adelante.
Mientras tanto, ¡Feliz Día del Trabajo!
