Educación y trabajo, las deudas pendientes de los adultos con autismo
:format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/Imagenes/Image9ae7e740e8f642408d85028546a9cb5d.jpeg)
El Día Mundial y Nacional de Concientización sobre el Autismo, los especialistas revelan que nuestro país está afrontando aún dificultades que van desde la concienciación hasta la inclusión.
Conseguir un trabajo o seguir educándose son algunas de las batallas cotidianas que los adultos con Trastorno del Espectro Autista (TEA) enfrentan junto a sus familias, mientras reclaman reproducir las experiencias que han sido exitosas para esta población, cuyo día mundial se conmemora el próximo 2 de abril.
"Es difícil pensar en el mercado laboral, no hay trabajo casi para los jóvenes, imaginate para ellos. Para los padres éste es un tema denso porque uno quiere que sean lo más independientes posibles porque sos consciente de que no va a estar siempre", asegura a Télam Karina Pietragalla, mamá de Matías (20 años) quien tiene autismo.
Matías fue diagnosticado a los 4 años con un cuadro leve, dos años después de que sus padres identificaran que "había algo extraño" y tras varios diagnósticos fallidos que incluyeron "problemas de audición". A partir de allí comenzó varios tratamientos y terapias.
Fue un sólo año a una escuela especial, el resto de la primaria y la secundaria lo hizo en educación común: "Hasta segundo año con integradora todo el tiempo, y luego sólo en las materias que le costaban", cuenta Karina quien además lo llevó desde chico a los Boy Scout de la Iglesia Santa Cruz.
Cuando terminó el secundario sobrevino nuevamente la incertidumbre: "Él entraba y salía del colegio como si fuera su casa. Sabemos que tiene potencial, que puede estudiar, pero la universidad nos pareció un mundo. Elegimos con él que hiciera capacitaciones más cortas", describe.
Así arrancó un curso de operador informático de office en el Centro de Formación Profesional 406 de La Tablada: "Hace dos semanas que empecé, no es mucho pero me siento bien", indica Matías, quien asegura que "no extraña la rutina del colegio" porque no le gusta madrugar.
Además del curso, el joven va al gimnasio y trabaja: "Llevo los papeles de un psicólogo a la obra social. Es un sueldo pobre", reprocha, y la mamá le arremete: "Es una sola vez por mes, ¿cuánto querés cobrar?".
La corriente de amor y complicidad entre madre e hijo se repite una y otra vez; Matías mira la mesa mientras ella habla. Pero cuando no está de acuerdo, la interrumpe: "Por suerte hace un mes que se rompió la play", expresó Karina quien combate el sedentarismo del joven, a lo que Matías sugiere "podrías entonces comprar la play 4".
Cuando Karina dice que "a muchas mamás les cuesta largarlos", el joven arremete: "A vos también". A lo que ella sonríe y acepta: "Es que son muchos años de ir juntos para todos lados".
La historia de Horacio Joffre Galibert es completamente diferente porque Ignacio, su hijo, tiene un tipo de autismo con características más severas: "No sólo no es autoválido como Matías, sino que carece de lenguaje, y durante algunos años se autolesionaba en forma severa", describe el hombre.
Joffre fue uno de los creadores de APAdeA (Asociación Argentina de Padres de Autistas) y su actual Presidente Honorario: "Nacho nació en 1982, y desde el principio con mi esposa nos dimos cuenta de que algo pasaba, pero nos llevó tiempo también dar con el diagnóstico. A los once años colapsó, comenzó con un nivel de autoagresión terrible y no encontrábamos respuesta".
Fue entonces que decidieron junto su mujer y otra mamá viajar a Estados Unidos en busca de terapias conductistas: "Logramos que el psicólogo del Borda que lo trataba aceptara utilizarlas y Nacho cambió radicalmente", recuerda Joffre de los inicios de las terapias cognitivo-conductuales que hoy realizan la mayoría de los niños con este diagnóstico.
"La salida laboral y la inclusión educativa son centrales dentro de las necesidades de los jóvenes con esta condición, pero también tenemos situaciones como la de Nacho, en donde las necesidades son otras", afirma.
Y a modo de ejemplo describe las "casas de respiro", que son "espacios donde puedan estar contenidos, con pares, en interacción con la comunidad y el barrio pero que les da cierta autonomía de los padres".
"Nosotros pensamos el empleo no desde el lugar de la persona con TEA como víctima, sino desde la posibilidad que tiene una empresa de incorporar a estos jóvenes que son verdaderos talentos y que por sus dificultades de interactuar no son contratados", concluye Joffre Galibert. (Télam)
