Eduardo Bonzano: testimonio de supervivencia
El bioquímico sanfrancisqueño al que "se lo tragó" la laguna Mar Chiquita habló con LA VOZ DE SAN JUSTO tras su emocionante rescate. Permaneció desaparecido durante 16 horas desesperantes para su familia, amigos y toda una comunidad conmocionada por la noticia.
"Me desorienté". Aunque le cuesta pensarse como un sobreviviente, su rostro reflejaba el alivio de sentirse a salvo y, a la vez, el cansancio lógico tras haber permanecido durante 16 horas pedido en la laguna Mar Chiquita, que le jugó una mala pasada.
Ya en nuestra ciudad y rodeado de su familia y amigos, el bioquímico Eduardo Bonzano se recupera del cuadro de hipotermia y deshidratación que le produjo el incidente cuando hacía kitesurf, deporte del que ya es un experimentado, pero que por primera vez practicaba en la laguna de Ansenuza, en jurisdicción de La Paquita, junto a un amigo, Carlos García Aresca, hermano del intendente sanfrancisqueño.
En una habitación de la Cínica de Especialidades Médicas "Enrique J. Carrá", Eduardo recibió a LA VOZ DE SAN JUSTO para contar su periplo que tuvo un final feliz, y también, para agradecer a ese "batallón" de gente que se preocupó por él y los buscaron durante tarde, noche y madrugada, por tierra, aire y agua denodadamente hasta hallarlo sano y salvo, en la costa este de la laguna, entre La Paquita y Brinkmann.
De la experiencia, rescata muchas anécdotas -que hoy se tornan hasta graciosas-, por ejemplo, que nunca olvidará las cinco letras de la patente del avión Pipper en el que viajaban los rescatistas que lo visualizaron primero; también quedará grabada en su memoria la imagen de todas esas personas que estaban allí, firmes, optimistas, cuando regresó al lugar donde comenzó todo.
"Lo primero que vi cuando bajé de la lancha que me trajo hasta la costa del pueblo, fue a los bomberos, a los efectivos policiales, al equipo del Gers (Grupo Especial de Rescate) y Salvamento, a los baquianos, a mis amigos, a mi familia, a todas esas personas que me buscaron. Fue muy emocionante. Nunca olvidaré esa postal", confiesa Bonzano, tras estar desaparecido luego de adentrarse en la laguna a bordo de su kite, tabla con la que se practica la disciplina acuática.
En primera persona
"A las 13, en la laguna Mar Chiquita, comenzamos a navegar tras dejar la camioneta estacionada en la Paquita. Yo navegué hasta cerca de las 16, luego salió Carlos por una hora y media", comienza su relato Bonzano.
"Es un equipo veloz, en diez minutos, cuando alcanzas a acomodarte, te das cuenta que ya recorriste hasta 7 o 8 kilómetros hacia adentro de la laguna, por lo que ves la costa muy pequeña, lejana. Después, volvés al lugar de partida. Pero cuando intenté hacerlo, en la última salida, hubo como un torbellino en el agua, intenté salir pero había perdido la orientación, ya no veía la camioneta roja a pesar de que Calos me hacía señas desde la costa".
"Empecé a navegar, iba y venía, en busca de la camioneta que era el punto de referencia, pero ya no la veía -continúa-. Comenzó a oscurecer, entonces, siguiendo el manual de procedimiento del kitesurf, busqué tierra firme. Cuando intenté arrimarme a la costa, me topo con un monte inundado, lo cual es un gran peligro, porque podés quedar atrapado entre las ramas. Entré, pero no podía acercarme a la costa. Estuve allí como tres horas, flotando, hasta que pude hacer pie en tierra, volteé el kite".
El deportista contó que desplegó el kite, empezó a caminar hacia el este, hasta la medianoche. "La costa es una ciénaga, en este caso, te obliga a caminar por el barro", asegura.

Un imprevisto con final feliz
"No tenía reloj, pero suponía que era la medianoche, porque la luna estaba bien arriba. El traje de neoprene, los guantes, las botas, el chaleco y el gorro me mantuvieron a salvo del frío, además de la vela del kite con la que me envolví, o sea que fue mi refugio durante toda la noche. Traté de dormir lo más que pude. Sabía que no podía estar muy lejos del lugar donde estaba la camioneta, solo que estaba desorientado", cuenta.
"Busqué un lugar abierto para descansar, porque eso te permite visualizar una agresión. Si bien no hay registro de ataques de felinos a humanos en ese pantano, había todas las huellas que uno puede imaginarse. Salió el sol y siguiendo el protocolo, apenas hubo luz empecé a caminar, hasta que alrededor de las 9.30, me localizó el avión en el que viajaban Adrián Walker (intendente de Miramar) y el comisario Marcos Derfler, del Gers. El pulgar de este último fue el mejor dedo que vi en mi vida, haciéndome el ok a través del vidrio -sigue Bonzano, esbozando muecas entre sonrisa y alivio-. Yo había extendido la vela sobre el agua, por sus colores fuertes, así podrían verla".
Y así sucedió. La avioneta hizo un giro y descendió muy cerca del bioquímico, un desaparecido hasta entonces. "Nunca olvidaré la matrícula de esa nave: LVFTA, plasmada en el ala".
Enseguida, a bordo de una lancha, efectivos del Gers fueron por él. El acceso al lugar era dificultoso.

Un deporte extremo, pero seguro
"Agradezco a todos los bomberos, de diferentes cuarteles de la región; al grupo Gers; a Carlos García Aresca y su hermano Ignacio, que se movilizaron; a los baquianos que me buscaron junto a los bomberos y efectivos policiales que pasaron toda la noche rastrillando la zona; a Martín Llaryora, que se puso a dispersión del operativo; a Adrián Walker; a mi familia; a mis amigos que no detuvieron la búsqueda. Especialmente, a Carlos, que empezó a resolver el problema y se movilizó para que yo apareciera pronto", expresa Bonzano.
Y junto a él, en la clínica, estaba Carlos, incondicional, para explicar un poco más sobre el kitesurf, el que practican hace unos cuatro años, llamado también kiteboarding o flysurfing. Es un deporte de deslizamiento que consiste en el uso de una cometa de tracción (kite, del inglés), que tira del deportista por cuatro o cinco líneas, dos fijas a la barra (de dirección), y las dos o tres restantes (de potencia) pasan por el centro de la barra y se sujetan al cuerpo mediante un arnés, permitiendo deslizarse sobre el agua mediante una tabla o un esquí diseñado para tal efecto.
"Se pueden practicar varias modalidades: saltos y maniobras (freestyle), también regatas entre boyas (race). La gente debe saber que es un deporte extremo pero no debe tener miedo, es seguro. Cuenta con los elementos de seguridad necesarios. Además, se practica siempre de a dos", se explaya García Aresca.
"En el caso de Eduardo, teníamos miedo de que se hubiese golpeado. Era la primera vez que practicábamos kitesurf en ese lugar", agrega.
Y Bonzano aporta: "Hasta lo sucedido, era toso una dicha, un lugar apto para este deporte y ¡a 87 kilómetros de San Francisco!, lo que implica que ya no tendríamos que ir tan lejos, a otras ciudades, a buscar un lago o laguna para practicarlo".
"Es u deporte muy atractivo; es ecológico. El récord en el mundo en cuanto a la velocidad alcanzada, está en 106 kilómetros por hora, entonces. Pero si perdés referencia de la costa, entonces estás complicado, como me sucedió a mí", añade el bioquímico, que no descarta el regreso a "las pistas" de agua, aunque ahora su prioridad es recurarse.
