Democracia “caníbal”
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Los dramáticos sucesos de Brasilia merecen el repudio generalizado. Sin medias tintas ni intentos de "arrimar agua al molino propio", como ha ocurrido parte de la dirigencia política argentina.
El 6 de enero de 2021, un espectáculo inédito recorrió las pantallas de todo el mundo. Una horda de fanáticos sediciosos, seguidores del ex presidente norteamericano Donald Trump, irrumpió violentamente en el Capitolio (sede del Congreso de los Estados Unidos) y provocó una de las revueltas más insólitas y violentas de las que se tenga memoria en la historia de la democracia. En el mismo mes de enero, dos años después, la maravillosa arquitectura de la capital brasileña fue el escenario de episodios bastante más graves de los que se produjeron en Washington.
Los militantes que responden al ex presidente Jair Bolsonaro, ante la mirada pasiva de las fuerzas de seguridad, invadieron y vandalizaron el Congreso Nacional, el edificio del Supremo Tribunal y el Palacio del Planalto, sede del Ejecutivo brasileño. Antes de esto, caminaron durante casi tres horas por avenidas importantes de Brasilia en dirección a las principales instituciones democráticas de la República, sin ningún tipo de impedimento.
Se calificó a la acción de esta turba como un intento de golpe de Estado. En efecto, se reclamaba la intervención de las fuerzas militares para terminar con el flamante gobierno del presidente Lula. Pero es mucho más que eso. Es una muestra del desprestigio que ha alcanzado la democracia en varias regiones del mundo, producto de la intolerancia, el autoritarismo y el sectarismo que han generado la ineficacia de la política para abandonar su mirada endogámico - narcisista y centrarse en atender los problemas de la población.
El Papa Francisco marcó otro elemento de esta realidad controversial, bien conocido por los argentinos. En su mensaje del lunes posterior al ataque en Brasilia, sostuvo que "en muchas áreas, una señal del debilitamiento de la democracia es una mayor polarización política y social, que no ayuda a resolver los problemas apremiantes de los ciudadanos". Por aquí, a este fenómeno se le llama grieta.
Los dramáticos sucesos de Brasilia merecen el repudio generalizado. Sin medias tintas ni intentos de "arrimar agua al molino propio", como ha ocurrido parte de la dirigencia política argentina. Además de rechazo, los graves episodios que pusieron en jaque a la democracia brasileña deberían ser analizados exhaustivamente por los principales actores de la vida política de nuestro país y de varios otros.
Porque se está frente a un fenómeno que trasciende fronteras. Que es resultado del fracaso del sistema para potenciar las bondades de la vida democrática, lo que ha generado la aparición de liderazgos autocráticos y mesiánicos, independientemente de la ideología que afirmen profesar. Se asoman al poder, entonces, personajes que aceptan solo a medias las reglas de juego, que niegan legitimidad a sus adversarios políticos, que -por consiguiente- exhiben niveles de intolerancia, que no desdeñan -fomentan, incluso- el uso la violencia y que, finalmente, atacan la idea de República y restringen las libertades civiles de todos los que no piensan como ellos.
En el mismo seno de las instituciones democráticas se "cocinan" estas disrupciones. Hierven en un océano de posverdad que inunda la discusión pública de operaciones, carpetazos e informaciones falsas o manipuladas. Se genera así la "disonancia cognitiva" social: solo se cree en lo que coincide con lo que de antemano ya se cree.
La conciencia democrática obliga a insistir en el repudio a los episodios de Brasil. Debe exigirse su esclarecimiento y el juzgamiento de sus responsables. Al mismo tiempo, impele a un análisis exhaustivo para encontrar antídotos a esta ola intolerante que se muestra con el disfraz y el discurso de respeto a las libertades y a las instituciones, pero que es capaz de devorarse desde adentro a la democracia si no logra saciar sus ansias de poder absoluto. Esta conducta "caníbal" es capaz de generar hechos graves y dolorosos como los del 8 de enero en Brasil, dejando al desnudo una cruda verdad: su desprecio por las normas democráticas y las reglas republicanas.
