Delito que indigna
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Ante un hecho como el que se produjo en la Escuela 2 de Abril, es lógico el reclamo por que los establecimientos escolares cuenten con mayores medidas de seguridad. Y también para que la vigilancia policial nocturna establezca algunas estrategias que permitan proteger los edificios y los valiosos elementos que contribuyen a una mejor formación de nuestros niños.
La Escuela 2 de Abril del barrio Roque Sáenz Peña fue víctima del robo de la mayoría de los elementos deportivos que los estudiantes utilizan en sus clases de educación física. La crónica policial señala que autor o autores aún ignorados, tras violentar una puerta de chapa que da hacia el patio del colegio, ingresaron a las instalaciones y se llevaron aros de básquet, flechas de arquería, pelotas de pingpong, también de softbol, tenis y vóley, guantes para softbol y conos, implementos que habían sido adquiridos con fondos de la cooperadora escolar y en algunos casos, con el aporte de los propios docentes.
La indignación y la impotencia que ha generado este delito en la comunidad escolar y también en el populoso barrio de "las 800" ha sido reflejada en las declaraciones del presidente del Centro Vecinal del sector. El dirigente Jorge Rinaudo dijo a este diario que "es muy lamentable, con este tema de la pandemia desconocemos cuándo ocurrió, si fue de día o de noche, como estos días no hubo actividad recién ahora cuando regresamos la directora y docentes se encontraron con lo ocurrido". Y agregó que "da mucha bronca que ocurra algo así, porque las cosas que se robaron eran para los estudiantes. Ver la cara de tristeza de los docentes te dan ganas de llorar por la gran impotencia".
En verdad, cualquier delito genera sensación de indefensión y sume a las víctimas en la impotencia. Luego de un corto lapso, la indignación es una emoción que se hace presente. Mucho más si la víctima es una escuela. Se supone que la sociedad toda valora su rol esencial en la construcción de los valores que cimentan la convivencia. Sin embargo, los hechos de vandalismo, roturas y robos en los colegios tienen un significado que va más allá del daño económico. Atacan el corazón de una barriada en este caso.
Porque dejan el mensaje absurdo, pero también peligroso, de que entre nosotros viven personas que no tienen ninguna noción de la importancia de la actividad de una escuela, que no valoran el esfuerzo que se hace en cada cooperadora o que llevan adelante los docentes y las familias agigantado por la actual situación de incertidumbre que generan las restricciones y el vaivén entre la presencialidad y la virtualidad. Y que, en definitiva, no comprenden lo que significa vivir en comunidad.
Ante un hecho como el que se produjo en la Escuela 2 de Abril, es lógico el reclamo por que los establecimientos escolares cuenten con mayores medidas de seguridad. Y también para que la vigilancia policial nocturna establezca algunas estrategias que permitan proteger los edificios y los valiosos elementos que contribuyen a una mejor formación de nuestros niños. Son
varios los edificios que no tienen ninguna vigilancia, ni tampoco cuentan con equipos de alarma que funcionen como disuasivos, por ejemplo. A esta altura, ninguna escuela debería carecer de estos elementos.
A la vez que se exige una investigación a fondo para dar con los responsables de un robo que encoleriza, es necesario acrecentar las medidas de seguridad en los edificios escolares. Porque verdaderamente son esenciales para una comunidad que pretenda seguir desarrollándose y porque representan valores fundantes de la vida social que, lamentablemente, no han aprendido quienes roban o vandalizan.
