Del aula a una política pública: el proyecto que busca cambiar el camino al trabajo
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Estudiantes de la Tecnicatura Superior en Higiene y Seguridad en el Trabajo de la Escuela Normal Superior “Dr. Nicolás Avellaneda” investigaron los siniestros que sufren los trabajadores cuando van o vuelven de sus empleos en el Parque Industrial. La propuesta representará a San Francisco en la instancia provincial de la Feria de Ciencias.
Por María Laura Ferrero | LVSJ
Todos los días, a la hora del ingreso y la salida de las fábricas, el Parque Industrial San Francisco parece una ciudad dentro de otra. Se forman largas filas y las motos se multiplican entre autos, bicicletas y camiones. Allí circulan trabajadores que salen de sus casas para cumplir una jornada laboral y familias que esperan que regresen sanos.
Sobre ese recorrido puso la mirada un grupo de segundo año de la Tecnicatura Superior en Higiene y Seguridad en el Trabajo de la Escuela Normal Superior “Dr. Nicolás Avellaneda”. “El trayecto que puede cambiar vidas” aborda los accidentes in itinere: aquellos que una persona sufre cuando va desde su casa al trabajo o regresa, sin desviar el recorrido por motivos ajenos a la actividad laboral.
La investigación, desarrollada en Proyecto Integrador y coordinada por Gerardo Venica, superó la instancia regional y representará a San Francisco en la instancia provincial de la 58ª Feria de Ciencias, Tecnologías, Artes, Movimiento e Innovación “Alberto Maiztegui”. Pero su alcance ya desbordó la competencia escolar: aquello que comenzó con la idea de crear una campaña podría convertirse en una herramienta estable para la ciudad.
El equipo está integrado por Sol Ceballos, Ada Leiva, Abigail Carrizo, Malen Archelasqui, Guillermina Vallejo, Paola Ramúa, Juan Yensen, Elías Pardini, Gonzalo Cerutti y Marcelo Zalazar. También acompañaron el proceso los profesores Rodrigo Ortega y Guillermo Cuffia.
La urgencia
El tema no surgió por azar. El año anterior, estudiantes de la carrera habían investigado la seguridad dentro de las empresas y varias firmas manifestaron su preocupación por los accidentes durante el traslado del personal. El nuevo grupo continuó aquella línea, pero extendió la mirada más allá de las puertas de cada establecimiento.
Mientras el grupo definía el proyecto, un hecho trágico confirmó su urgencia. En marzo de 2026, una trabajadora que circulaba en motocicleta perdió la vida al chocar con un camión de gran porte dentro del predio. Su muerte se convirtió en el doloroso punto de partida para preguntarse qué podía hacerse antes de que ocurriera otro siniestro.
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“El hecho disparador fue el accidente fatal que hubo en el Parque Industrial al principio del año”, recordó Ada Leiva. El episodio reforzó una preocupación que ya existía y le dio otra dimensión al trabajo: no se trataba solamente de cumplir con una materia, sino de estudiar una realidad capaz de afectar muchas vidas.
El profesor Gerardo Venica señaló que el grupo quiso “ir más allá de los límites tradicionales de la prevención”. La seguridad laboral suele pensarse desde la puerta de la empresa hacia adentro, pero el trabajador también está expuesto durante el camino. “La propuesta curricular nos pide buscar problemáticas reales del sector socioproductivo, traerlas al aula y abordarlas de manera colaborativa”, explicó.
Mirar la calle
La primera tarea fue salir a observar. Los estudiantes relevaron los accesos y las calles internas del Parque Industrial, especialmente General Savio y 9 de Septiembre, en los horarios de mayor circulación: de 7.30 a 8.30 y de 15 a 16.
Allí registraron acciones inseguras e infracciones que, de tanto repetirse, corren el riesgo de naturalizarse: motociclistas sin casco o con el casco desabrochado, cruces con el semáforo en rojo, uso del celular al conducir, giros indebidos y motos que remolcaban bicicletas tomando al ciclista del brazo. También advirtieron una diferencia entre el ingreso matutino, cuando los controles favorecían el uso del casco, y la salida de la tarde, cuando esa conducta disminuía.
Abigail Carrizo contó que las infracciones aparecieron en todos los puntos observados, aunque la concentración de vehículos era mayor en la intersección de General Savio y 9 de Septiembre. “Lo que más nos llamó la atención fueron los motociclistas que remolcaban bicicletas del brazo”, indicó. Más que señalar individualmente a quienes circulaban, el objetivo fue reconocer conductas reiteradas sobre las cuales se podía intervenir.
Para interpretar lo observado, el equipo recurrió a la pirámide de Heinrich, que relaciona los accidentes graves con una base amplia de incidentes, lesiones menores y desvíos cotidianos. Desde esa perspectiva, antes de una muerte vial existieron numerosas señales y prácticas riesgosas que pudieron corregirse.
También aplicaron el modelo del queso suizo: un accidente ocurre cuando se alinean, como los agujeros de distintas fetas, varias fallas que las barreras de prevención no lograron detener.
“Si trabajamos en la base y en esos desvíos conductuales, podríamos evitar el accidente fatal”, sintetizaron los estudiantes. Esa fue una de las principales conclusiones del proyecto: detrás de cada número colocado en una matriz de riesgo existe una persona que debe volver sana a su casa.
Datos separados
Entre mayo y junio, el curso organizó jornadas y reuniones con la Superintendencia de Riesgos del Trabajo de Córdoba, el Colegio Profesional de Higiene y Seguridad de Córdoba, el Parque Industrial, Bomberos Voluntarios, UCEMED, el Hospital J. B. Iturraspe, el Observatorio Vial Municipal, la Dirección de Prevención y Movilidad Urbana y El Norte Seguros.
Cada encuentro aportó una mirada. Emergencias conocía los lugares con más intervenciones; el municipio disponía de registros y cámaras; las aseguradoras analizaban los siniestros; las empresas y profesionales conocían el mundo laboral. Al reunir esas voces apareció el principal hallazgo: todos estaban preocupados, pero trabajaban por separado.
Las empresas registraban la seguridad dentro de sus establecimientos. Salud y el municipio contabilizaban los choques como hechos viales, sin identificar necesariamente si la persona iba o volvía de trabajar. San Francisco no contaba así con datos unificados para medir la dimensión laboral de esos siniestros.
“Todas las organizaciones se preocupaban por los accidentes in itinere, pero no trabajaban juntas. Cada una lo hacía de manera aislada”, explicó Venica. Las reuniones mostraron voluntad de colaborar, aunque faltaba un espacio común que organizara la información y transformara la preocupación en acciones.
Sol Ceballos destacó la predisposición de los organismos. Prevención y Movilidad Urbana, por ejemplo, les ofreció observar las cámaras y seguir puntos críticos. “Todos se mostraron muy predispuestos para ayudarnos y para aportar a la solución de la problemática”, valoró.
Una puerta
En un primer momento, el curso pensó encuestar a los trabajadores y promover una campaña. Para distribuir el formulario, solicitó los canales oficiales del Parque Industrial. La gerencia advirtió que experiencias anteriores habían tenido poca respuesta y recomendó concentrarse en el relevamiento y las capacitaciones.
La devolución fue recibida como una puerta que se cerraba. Habían reunido mucha información, pero no encontraban cómo convertirla en una intervención concreta. La dificultad los obligó a revisar el planteo y abrió una posibilidad más ambiciosa.
“Fue como una luz en el camino. Esa puerta que se cerró nos abrió un montón de otras”, expresó Abigail. La posibilidad de reunir a los sectores que hasta entonces actuaban de manera independiente comenzó a tomar forma después de los intercambios con el municipio y la aseguradora. La campaña seguía siendo necesaria, pero ya no alcanzaba con producir mensajes de prevención: hacía falta crear una estructura capaz de sostener el trabajo en el tiempo.
Así nació la propuesta de un Equipo Intersectorial de Seguridad Vial Laboral que reúna al municipio, la Tecnicatura, emergencias, profesionales, aseguradoras, el Parque Industrial y empresas. El objetivo será compartir datos, definir prioridades y diseñar acciones graduales.
Ada Leiva remarcó que el proyecto les permitió pasar de los conceptos estudiados a una práctica vinculada con su futuro profesional. “Es aplicar lo que vemos en el día a día. Las experiencias nos van sumando mucha más información”, afirmó. El proceso también fortaleció al curso: las reuniones fuera del horario de clases, la distribución de responsabilidades y la preparación para la feria consolidaron un grupo que sus integrantes describieron como unido y comprometido.
Dejar un legado
La primera etapa concluyó con las voluntades alineadas. En la segunda mitad del año, el proyecto continuará desde las Prácticas Profesionalizantes. Los estudiantes buscarán consolidar el equipo y plantear que la Municipalidad de San Francisco asuma su coordinación, con la Tecnicatura como uno de sus actores.
Ese paso puede transformar una investigación educativa en una política de interés público. Si el municipio lidera el espacio y los organismos comparten registros, la ciudad podría construir información sobre accidentes in itinere, detectar puntos críticos, planificar capacitaciones y evaluar resultados.
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Para Venica, el propósito es que el hallazgo “le sirva a la comunidad y deje un legado”. La carpeta no debería quedar guardada después de la feria, sino funcionar como una herramienta de intervención. “Si se puede evitar un accidente fatal, es un golazo”, resumió.
Mientras se preparan con talleres de oratoria para la instancia provincial, los estudiantes ya lograron algo que no depende de un premio: que instituciones que observaban fragmentos de un mismo problema comenzaran a reconocerse como partes de una solución. La carpeta de campo puede consultarse en Instagram: @hys.enaccion.
“El trayecto que puede cambiar vidas” nació de una pregunta académica y creció en la calle. Mostró que la prevención continúa fuera de las fábricas y convirtió una campaña en el primer paso hacia un compromiso colectivo. Su verdadero destino no está solamente en la instancia provincial: está en cada trabajador que pueda regresar a su casa.
