Fútbol
Del arco de La Milka a Estudiantes: el nuevo desafío de Lautaro Flores
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Dejó el fútbol de la Liga Regional y comenzó una nueva etapa en Río Cuarto, donde fue confirmado tras una prueba y ya entrena en las formativas del “León”.
Lautaro Flores tiene 18 años y es arquero desde que tiene uso de razón. No es una exageración ni una frase armada: a los 3 años ya estaba debajo de los tres palos en el baby fútbol, casi como una continuidad natural de su vida familiar. En su casa el fútbol siempre fue parte del día a día. Su papá Luis fue técnico, su hermano mayor también arquero y la cancha fue, desde temprano, un lugar de pertenencia. “Nunca salí del arco”, dice hoy, con la naturalidad de quien no concibe otra manera de jugar.
Sus primeros pasos en el fútbol los dio en el Baby de Los Andes. Luego pasó por Los Albos y, a los 6 años, llegó a Barrio Jardín, donde permaneció hasta los 8. A esa misma edad desembarcó en Sportivo Belgrano, el club que marcaría gran parte de su camino.
Allí comenzó a formarse en un entorno cada vez más competitivo, sumando horas de entrenamiento y partidos que terminaron de definir su vínculo con un puesto tan particular como exigente. El arco, ese espacio solitario donde el error no tiene margen y la concentración es una obligación permanente, fue siempre su lugar.
En Sportivo Belgrano realizó prácticamente toda su formación futbolística. Compitió en la Liga Regional y en torneos de AFA en divisiones inferiores, siempre como arquero, hasta alcanzar la quinta división juvenil. Fue un proceso largo, atravesado por la exigencia, la competencia interna y el aprendizaje constante. “Sportivo para mí era como mi casa. Estuve muchísimos años ahí y le tengo un cariño enorme”, reconoce. No fue solo una etapa deportiva: fue el lugar donde creció como futbolista y también como persona.
Sin embargo, al momento de pensar en el futuro, Lautaro entendió que necesitaba un cambio. Y ese cambio no podía ser a cualquier lugar. La decisión lo llevó a La Milka, el club de su barrio, el club de su familia, el club al que su papá estuvo ligado desde siempre. En 2024 se sumó a la institución y alternó entre juvenil y reserva, en un contexto que lo marcó profundamente. “Más que un club es una familia. Si a alguien le pasa algo, el club está. Eso se nota mucho”, afirma, al describir un ambiente donde el compañerismo y la solidaridad exceden lo estrictamente futbolístico.
Atajar en La Milka fue, además, cumplir un recuerdo de infancia. “Cuando era chico iba a la cancha a ver a los arqueros y hoy poder estar ahí fue algo muy lindo”, cuenta. La adaptación fue inmediata, tanto por la camiseta como por el grupo humano que encontró. También destaca un rasgo que identifica al club: la gente. “Para ser un club de barrio, mueve muchísima gente. No solo de local, también cuando juega afuera”, remarca.
La oportunidad de dar un salto apareció de la manera menos pensada. Sin representante, sin intermediarios y sin contactos directos, Lautaro vio una convocatoria a prueba publicada en redes sociales. La mostró en su casa, lo habló con sus padres y decidió intentarlo. No había garantías ni promesas, solo la chance de mostrarse. Viajó a Río Cuarto junto a su mamá para realizar la prueba en Estudiantes. Fueron dos días de evaluación que se extendieron a una semana más de entrenamientos y, finalmente, a la confirmación para quedarse. “No tenía nada asegurado. Fui a probar y a dar lo mejor”, resume.
Hoy entrena en Estudiantes de Río Cuarto, con cuarta y quinta división. En su categoría hay tres arqueros peleando por un solo puesto, una competencia típica del puesto más ingrato del fútbol, donde sólo juega uno y los otros deben esperar. “No me prometieron nada. Es pelearla, como tiene que ser”, dice, con los pies sobre la tierra. La pretemporada es intensa, con entrenamientos matutinos, jornadas largas y amistosos de preparación, a la espera del inicio del torneo de AFA, previsto para marzo.
La adaptación al nuevo escenario no es solo deportiva. Lautaro vive solo, se aloja de manera provisoria mientras gestiona un departamento y aprende a manejarse lejos de su familia. El club no cuenta con pensión, por lo que el acompañamiento familiar resulta fundamental. Su papá es albañil y su mamá tiene una lavandería en el barrio, y ambos sostienen un proceso que implica esfuerzo económico y emocional. “Sin mi familia no podría estar acá”, reconoce, sin rodeos.
El cambio fue grande. Pasar del fútbol de Liga Regional a un club que está en Primera, mudarse y adaptarse a nuevas rutinas no es sencillo para un juvenil de 18 años. Lautaro lo sabe y lo asume con madurez. “Hoy estoy mucho más tranquilo que antes. Entreno, me preparo y espero mi momento”, afirma.
Para este año, el objetivo es claro y concreto: sumar minutos y tener continuidad. Sabe que el camino es largo y que nada está garantizado, pero también entiende que la oportunidad llegó y hay que aprovecharla. En paralelo, evalúa iniciar la carrera de Abogacía en la Universidad de Río Cuarto, con la idea de compatibilizar el estudio con el fútbol y construir un proyecto de vida integral.
Cuando se le pregunta qué significa el fútbol en su vida, la respuesta no admite vueltas ni adornos: “Es todo. Es mi vida. Desde que nací estoy en una cancha”.
