Historias de Liga
De Calchín al mundo y de vuelta al pueblo: la historia de Germán Martellotto
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Hace más de tres años que conduce a Alianza Carrilobo y sigue ligado al fútbol de la región con la misma pasión de siempre. Antes de convertirse en entrenador, Germán construyó una carrera que lo llevó de Calchín a Belgrano, a la selección argentina y al fútbol internacional. Pero detrás de todo eso hay una historia que nació en los baldíos del pueblo y que nunca dejó de pertenecer a esta zona.
Por Leonela Zapata.
Hace más de tres años que Germán Martellotto transita el día a día de Alianza Carrilobo y, a esta altura, ya no hace falta demasiada presentación en esa parte de la región. Encontró un lugar donde trabajar cómodo, donde siente respaldo y donde todavía disfruta de ese ritual que lo acompaña desde toda la vida: entrar a una cancha, pensar un partido, imaginar una semana de trabajo, convivir con un plantel y sostener la ilusión de pelear arriba. “Voy por el tercer año, tres años y medio creo que llevo. La verdad que se disfrutan las instalaciones, el trato de la gente y una apuesta linda desde lo deportivo para poder trascender y pelear siempre arriba”, resume Germán, que hoy mira el fútbol desde el banco pero conserva intacta la mirada de quien lo vivió desde adentro durante décadas.
Carrilobo es su presente, pero también una nueva estación en una historia mucho más larga, una de esas que se explican mejor cuando se entienden desde el origen. Porque antes de ser entrenador, antes de dirigir en distintos clubes y mucho antes de jugar en escenarios que cualquier futbolista sueña, Germán fue un chico de Calchín que pasaba las tardes corriendo atrás de una pelota. “Desde muy chiquito, cinco años, seis años, en el barrio, como la mayoría de los chicos del pueblo. En esa época había baldíos para elegir las canchas”, recuerda. No había grandes estructuras ni recorridos planificados. Había ganas de jugar, potrero, compañeros y esa lógica tan de pueblo donde el fútbol era parte natural de la vida cotidiana.
En Calchín, además, todo se daba bastante rápido. No existían las divisiones inferiores como hoy se las conoce y el salto hacia las categorías mayores llegaba casi sin aviso. “Acá en Calchín el club tenía reserva y primera nada más, así que a los 14, 15 me tocó jugar en reserva y un poquito más grande en primera”, cuenta. Ahí empezó a moldearse un futbolista que todavía no imaginaba la dimensión del camino que se le venía por delante. Su historia, de hecho, tuvo uno de esos giros inesperados que suelen aparecer en las vidas futboleras del interior, cuando una oportunidad se presenta casi de casualidad y cambia el rumbo.
Sus padres tenían panadería y despensa desde hacía décadas, y fue justamente en ese entorno donde apareció la posibilidad de salir del pueblo. “Pasaba toda la semana un viajante de Córdoba y un día me dice: ‘¿querés ir a jugar a Las Palmas?’… A los 20 días volvió y me dijo que ya estaba todo arreglado para que me fuera a probar”, recuerda Germán. Así fue como dejó Calchín para ir a Córdoba, donde lo recibió una experiencia que ya empezaba a parecerse al fútbol profesional. En Las Palmas lo dirigía la “Chiva” Altamirano y alcanzó con pocos meses para que se abriera otra puerta todavía más grande: Belgrano.
En el Pirata cordobés el salto también llegó en un contexto especial. Un conflicto con los profesionales derivó en una reestructuración y el club salió a buscar futbolistas del interior. Germán cayó justo en ese momento. “Coincidió con un parate de los jugadores profesionales… el club salió a buscar gente del interior, se armó prácticamente un plantel nuevo, dentro de los cuales me tocó caer ahí, a Belgrano”, cuenta. Y no fue un paso más. En Alberdi integró un equipo que dejó huella, que se ganó el reconocimiento del hincha y que consiguió el Regional. “El hincha nos acompañó mucho y se identificó con la manera de jugar… Y conseguimos ese campeonato regional”, recuerda.
Después vendrían otros capítulos. Rosario Central, donde las cosas no salieron como esperaba desde lo deportivo, aunque sí le dejaron enseñanzas personales. “No me fue muy bien desde lo futbolístico, pero sí desde lo humano. Las derrotas y ese tipo de cosas te fortalecen, te enseñan”, dice. Más tarde, una decisión firme y el respaldo familiar terminaron abriéndole otra gran oportunidad. “Mi papá me dijo: ‘quedate tranquilo, es una decisión que tomaste con tiempo’… y eso fue realmente muy importante”, cuenta Germán. A los pocos días apareció el llamado de Deportivo Español, y esa puerta lo devolvió a la alta competencia.
En esa etapa pasó por un gran equipo de Español y luego llegó la salida al exterior: Deportivo Cali, Monterrey, América y Pachuca. Una carrera enorme, construida lejos del ruido, con la naturalidad de quien todavía siente que lo suyo fue una mezcla de capacidad, trabajo y ese pequeño empujón que a veces da el destino. “Yo digo que siempre hay que tener una cuota de suerte”, reconoce. En México, especialmente, dejó una huella profunda. “Monterrey fue una experiencia muy linda… hasta el día de hoy tengo a mi hermano viviendo todavía allá, varias familias amigas con las cuales tenemos contacto”, cuenta. También pasó por América, un gigante del continente, y entendió en carne propia el peso de una camiseta enorme y de un fútbol que ya crecía a pasos acelerados.
En el medio de toda esa carrera llegó un premio inmenso: la selección argentina. “Fue un premio de esfuerzo”, define Germán sobre aquella convocatoria que lo llevó a una gira internacional y que le permitió jugar nada menos que en Wembley, ante Inglaterra. Con el tiempo entendió mejor la dimensión de ese momento. “Cuando pasa el tiempo, recién de alguna manera dimensionás lo ocurrido”, asegura. También guarda el recuerdo de nombres gigantes, de compañeros de concentración y de una etapa en la que el fútbol argentino seguía despertando admiración en cualquier parte del mundo.
Pero más allá de todo lo que vivió como futbolista, en su historia hay un hilo que nunca se corta: el regreso al interior. El final de la carrera no fue sencillo. “Me costó horrores porque tenía 17, 18 años enfocado pura y exclusivamente en función del jugador… me llevó varios meses adaptarme”, admite. Sin embargo, otra vez apareció el fútbol como refugio y como camino. Empujado por su esposa, hizo el curso de técnico y descubrió una nueva manera de sentir el juego. “Empecé a encontrarle el sentido… empecé a ver cómo de pronto se podía entrenar en una semana y que el domingo pudiese reflejarse lo que había hecho el equipo”, explica.
Desde entonces siguió ligado a clubes de la zona y de la provincia, hasta volver a instalarse definitivamente en una geografía que conoce como pocos. Dirigió en Calchín, Villa Rosario, Unión de Oncativo, Almafuerte y ahora en Carrilobo, siempre con la misma valoración por el fútbol del interior. “El nivel es muy competitivo, sumamente competitivo… la liga tiene cositas para ajustar, pero es una muy buena liga”, señala sobre la Regional. No lo dice por compromiso: lo dice alguien que jugó en grandes escenarios, que vistió la camiseta de la selección y que, aun así, sigue viendo en estas canchas una esencia difícil de reemplazar.
Tal vez por eso su historia encaja tanto en el espíritu de la región. Porque Germán Martelotto llegó lejos, muy lejos, pero nunca dejó de pertenecer a este fútbol. El de los pueblos, el de los viajes de cada domingo, el de los clubes que sostienen comunidad y memoria. El mismo que lo vio empezar entre baldíos en Calchín y el que hoy, desde Carrilobo, lo encuentra todavía aferrado a la pelota como si en el fondo nada hubiera cambiado tanto. Porque a veces el recorrido es inmenso, pero el corazón del futbolista sigue estando en el mismo lugar donde empezó todo.
