Análisis
Datos que confirman lo sabido
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Argentina obtuvo una calificación de 36 puntos sobre 100 en el Índice de Percepción de la Corrupción. La única forma de empezar a sanar esta enfermedad es levantar la voz y erradicar la tolerancia frente a las prácticas corruptas.
Nuestro país obtuvo una calificación de 36 puntos sobre 100 en el Índice de Percepción de la Corrupción (CPI) elaborado todos los años por la ONG Transparencia Internacional. Este número es un punto menor a la registrada en 2024, por lo que la Argentina retrocedió cinco puestos en el ranking global, ubicándose en el puesto 104 entre 176 naciones.
El retroceso argentino en este índice supone la idea de que la ciudadanía percibe un país más corrupto que hace dos años. Pero también habilita la reflexión acerca de un tema que, en virtud de los vaivenes económicos y otras temáticas que afligen a la sociedad como la inseguridad, vuelve a instalarse en la agenda pública. La corrupción otra vez se instala como matriz de decadencia, debilitamiento de las instituciones y persistencia de prácticas que se contradicen con el discurso de los gobernantes.
No es sorprendente la ausencia de una conciencia colectiva y política frente a este fenómeno que erosiona las posibilidades de progreso, altera la convivencia y afecta a la democracia. Solo confirman lo que se sabe y se vivencia. Sin embargo, la experiencia indica que la gravedad del tema sigue acumulando frustraciones en un país que durante décadas romantizó y hasta alabó la “viveza” criolla, generando una suerte de cultura tolerante que relativizó la profunda significación moral que encierra la práctica de la corrupción, en todos los niveles sociales, pero especialmente en las altas esferas de la vida política. Es este el marco para que cobre vida una triste reflexión de la periodista y escritora española Nieves Concostrina: “Lo que para el común de los mortales es corrupción, para los corruptos es lo normal”.
La decadencia de la Argentina tiene en estas prácticas ilegales y en la falta de observación de las leyes que deberían regir la convivencia el germen de un mal endémico, cuyos actores siguen regodéandose ante la ineficiencia del actual gobierno en instalar disposiciones y políticas que cumplan con su promesa de modificar las estructuras y el funcionamiento de las prácticas que todos conocen, pocos denuncian y muchos protagonizan. Es más, las revelaciones sobre acciones oscuras en el seno de la actual administración acentúan la visión negativa que determinó el retroceso en el señalado índice.
Precisamente, Pablo Secchi, director de Poder Ciudadano, el capítulo local de Transparencia Internacional explicó que “las malas novedades para la Argentina en este índice están relacionadas con la ausencia total de interés por parte del Gobierno en impulsar políticas anticorrupción. Los casos de $LIBRA y de la Andis, no generaron una respuesta contundente por parte del Gobierno”.
Frente a esta realidad poco edificante, la mirada no puede ceñirse a ver la aguja en pajares de otros. Restablecer valores básicos y reflexionar comunitariamente sobre el tema es una responsabilidad que debería asumirse. La matriz perversa de la corrupción continúa gozando de buena salud. La única forma de empezar a sanar esta enfermedad es levantar la voz y erradicar la tolerancia frente a las prácticas corruptas.
